Ser el urinario de Marcel Duchamp

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No sabía mucho acerca de Leopoldo Pomés, y menos aún sabía de Karin Leiz. Viendo el programa de Albert Om, El convidat, entro en la casa del publicista y fotógrafo —mirador, según él mismo— y me bastan veinte minutos para formarme una opinión. Es lo bueno y lo malo de la televisión. Alrededor de Leopoldo destaco tres figuras femeninas que me despiertan la curiosidad: la primera, su ayudante, quien abre la puerta de su casa; la segunda, Karin, su ex esposa, de quien se declara divorciado pero no separado; y Lidia, su actual pareja, a la que conocemos hacia el final.
Cuando Leopoldo habla de Karin, lo hace con cariño, elegancia… devoción, diría. Compañera, madre de sus hijos, musa y esposa, Karin es una mujer que sonríe y acepta con agrado ser la acompañante de un hombre como Leopoldo. Habla de sus cualidades y también de cómo cuando alguien necesita una vida sosegada y su marido le ofrece una más activa y estimulante, debe quedarse a un lado. Eso es lo que comprendo: que Leopoldo vivía en la cresta de la ola, y Karin con los pies en el suelo. Está bien: él es el artista, ella la mujer del artista. Albert Om pregunta cómo lo lleva y hablan de las burbujas Freixenet, uno de los trabajos más importantes, y entonces Leopoldo dice algo que me deja estupefacta: que la idea —habla como si apenas lo recordara— fue quizá más de Karin que suya. Lo dice orgulloso, reconociéndole el mérito: miradla, fue ella, miradme, soy capaz de reconocerlo en público. Él se llevó los aplausos pero la compañía era de ambos y la creatividad de Karin estaba a la altura de la suya. Me sorprende porque Karin está presente y no se molesta en corregirlo ni matizarlo: no sé si es ella la que inventó la burbuja Freixenet o no. Y parece que a ella no le importa. Me admira que no le importe, y me entristece que no le importe.

Marcel_Duchamp

El urinario de Marcel Duchamp
Entonces leo ¿Y si fuera ella?, un artículo de Rosa Olivares en el que habla de la autoría, o supuesta autoría, del urinario de Marcel Duchamp. Resulta que no cuadra: que Duchamp no compró el urinario, que no aparecía en el listado de obras presentadas, que el urinario era mucho más lógico dentro de la trayectoria de Elsa von Freytag-Loringhoven.
«Elsa era una activa feminista amiga de Marcel. Y es el propio Marcel Duchamp en una carta a su hermana Suzanne dice “una de mis amigas, bajo el seudónimo masculino de Richard Mutt, ha mandado un urinario de porcelana como escultura” a la exposición anual de la Asociación de Artistas independientes. De hecho no figura el nombre de Duchamp en ningún lugar en el envío de obras de ese año 1917. La obra fue rechazada, y poco después fue reconocida como la primera obra conceptual del arte moderno. Es considerada como una de las obras más influyentes del siglo XX. En 1983 se empieza a dudar de la autoría de Marcel Duchamp, más aún cuando su historia de dónde y cuándo lo adquirió se vio desmontada al descubrirse que la tienda donde él dijo haberlo comprado nunca vendieron ese tipo de elementos. Sin embargo con la baronesa von Freytag la cosa es más evidente, ella era reconocida como una poeta de los objetos, y su utilización del urinario tenía una clara intención antimilitarista y antimachista… algo que a la historia oficial no le interesa. Duchamp en 1950 ya había asumido la autoría de la pieza y había realizado 17 copias que hoy están en los mejores museos del mundo.»
Rosa Olivares también habla de Rodin y Camille Claudel y de la posibilidad de que las esculturas no fueran del todo idea del artista. El miércoles, en El Periódico, hablaré de la figura de Zenobia Camprubí y de las mujeres de los artistas; el texto está escrito antes de ver El convidat y antes de leer el artículo de Rosa Olivares, y vuelvo a ella mentalmente. Los artículos y las biografías la recuerdan como traductora, secretaria, agente de Juan Ramón Jiménez. En un artículo de Yaiza Santos leo incluso cómo Zenobia colaboraba con su esposo hasta el punto de condicionarlo como artista. «Corresponde a los expertos dilucidar, si es que se puede, en qué medida influyó Zenobia en la poesía de Juan Ramón Jiménez; si es cierto, como aventura Nemes, que fue por Zenobia que Juan Ramón fue depurando su estilo hasta llegar al concepto de poesía desnuda.»

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La hermana de Shakespeare
Voy de Camprubí a Elsa y paso por Leiz y me acuerdo de Virginia Woolf y de la posible hermana de Shakespeare. Extraído de Un cuarto propio, cito: «Hubiera sido imposible, completa y enteramente imposible, que una mujer compusiera las piezas de Shakespeare en el tiempo de Shakespeare. Imaginemos, ya que los hechos son tan difíciles de atrapar, qué hubiera sucedido si Shakespeare hubiera tenido una hermana, maravillosamente dotada, llamada Judith, supongamos. Shakespeare iba, es muy probable —su madre era una heredera—, a un liceo, donde aprendería latín —Ovidio, Virgilio y Horacio— y los elementos de la gramática y la lógica. Era, quien no lo sabe, un muchacho travieso que robaba conejos, tal vez mató un ciervo, y tuvo, antes de lo debido, que casarse con una mujer de la vecindad, que le dio un hijo, también antes de lo debido. Esa aventura lo llevó a Londres a buscar fortuna. Tenía, parece, inclinación por el teatro; empezó cuidando caballos en la puerta.
»Pronto consiguió trabajo en el teatro, tuvo éxito como actor, y vivió en el centro del universo, frecuentando a todo el mundo, conociendo a todo el mundo, ejerciendo su arte en las tablas, ejercitando su agudeza en las calles, y haciéndose admitir hasta en el palacio real. Mientras tanto, su bien dotada hermana, supongamos, se quedaba en casa. Era tan audaz, tan imaginativa, tan impaciente de ver el mundo como él. Pero no la mandaron a la escuela. No tuvo oportunidad de aprender gramática y lógica, menos aún de leer a Virgilio y Horacio. Hojeaba de vez en cuando un libro, uno de su hermano, quizá, y leía unas cuantas páginas. Pero entonces, venían los padres y le decían que fuera a zurcir las medias o atendiera el guiso y no malgastara su tiempo con libros y papeles. Le hablaría claro pero bondadosamente, porque eran personas de peso que sabían las condiciones de vida propias de una mujer y querían a su hija. En verdad, lo más verosímil es que la adorara su padre.
»Quizá garabateó algunas páginas a escondidas, en el desván de las manzanas, pero tuvo buen cuidado de esconderlas o prenderles fuego. Sin embargo, antes de los veinte años, decidieron comprometerla con el hijo de un vecino clasificador de lana. Dijo a gritos que odiaba el matrimonio, y su padre la azotó severamente. Entonces dejó de reírla. Le rogó que no lo disgustara y no lo avergonzara en aquel asunto del casamiento. Le daría un collar de cuentas y una linda enagua, le dijo; y tenía lágrimas en los ojos. ¿Cómo desobedecerlo? ¿Cómo partirle el corazón? La fuerza de su vocación la impulsó. Hizo un atadito de sus cosas, se deslizó una noche de verano por una cuerda y tomó el camino de Londres. No había cumplido aún diecisiete años. Los pájaros que cantaban en los cercos eran más musicales. Tenía la más pronta imaginación, un don como su hermano para la música de las palabras. Como él, tenía inclinación por el teatro. Se paró en la puerta del teatro; dijo que quería representar. Los hombres se le rieron en la cara. El empresario —un hombre gordo de labio caído— soltó la carcajada. Rezongó algo sobre perros bailando y mujeres representando. No hay mujer, dijo, que pueda ser actriz. Insinuó… lo que ustedes imaginan. Ella no tenía dónde aprender. ¿Podía acaso buscar su comida en una taberna o rondar las calles a medianoche?
»Sin embargo, su inclinación era novelística y quería alimentarse infinitamente de vidas de hombre y de mujeres y del estudio de sus modos de ser. Al fin —porque era muy joven, muy parecida de rostro a Shakespeare el poeta, con los mismos ojos grises y las cejas arqueadas— al fin Nick Greene el empresario se apiadó de ella; un buen día, se encontró encinta y entonces —¿quién medirá el calor y la violencia de un corazón de poeta, arraigado y envuelto en el cuerpo de una mujer?— se mató una noche de invierno y yace enterrada en alguna encrucijada donde ahora se detienen los ómnibus frente al Elefante y la Torre.
»Así, más o menos, hubiera sido la historia, me parece, si una mujer en tiempo de Shakespeare, hubiera tenido el genio de Shakespeare. Porque genios como el de Shakespeare no florecen entre los trabajadores, los incultos, los sirvientes. No florecieron en Inglaterra entre los sajones ni entre los britanos. No florecen hoy en las clases obreras. ¿Cómo, pues, hubieran podido florecer entre las mujeres, que empezaban a trabajar, según el profesor Trevelyan, apenas fuera del cuidado de sus niñeras, que se veían forzadas a ello por sus padres y el poder de la ley y las costumbres? Sin embargo, debe de haber existido un genio de alguna clase entre las mujeres, del mismo modo que debe de haber existido en las clases obreras. De vez en cuando resplandece una Emily Brönte o un Robert Burns y revela su existencia. Pero nunca dejó su huella en el papel. Sin embargo, cuando leemos algo sobre una bruja zambullida en agua, una mujer poseída de los demonios, una sabia mujer que vendía hierbas o incluso un hombre muy notable que tenía una madre, nos hallamos, Una habitación propiacreo, sobre la pista de una novelista malograda, una poetisa reprimida, alguna Jane Austen muda y desconocida, alguna Emily Brontë que se machacó los sesos en los páramos o anduvo haciendo muecas por las carreteras, enloquecida por la tortura en que su don la hacía vivir.»

VirginiaWoolf

Tener dinero y una habitación propia (y que no sirva de nada)
De acuerdo: pensemos en todas las mujeres que no han tenido la oportunidad de formarse intelectualmente por ser mujeres: aquellas que no pudieron ser ni Woolf ni Camprubí ni Elsa. Mi mente se vuelve hacia Mujercitas. A Louisa May Alcott su padre le ofreció todo lo que estaba a su alcance, pero nadie la avisó de que después todos aquellos conocimientos no los podría usar, puesto que la mujer estaba únicamente dirigida hacia el hombre: satisfacer al padre, al hermano, al marido y, por último, al hijo. Dejemos a un lado a todas aquellas mujeres que no tuvieron formación y centrémonos en las que sí la tuvieron: la supuesta hermana de Shakespeare, Zenobia Camprubí la Americanita, Elsa von Freytag-Loringhoven o Karin Leiz. ¿Qué pasa con ellas? ¿Basta con la habitación propia y el dinero, basta la formación, basta el talento? ¿Sirve de algo todo eso si no naciste en la época adecuada? ¿Cuál es la época adecuada? ¿Cuánto esfuerzo y cuántos años deben pasar para que una mujer reciba el reconocimiento que merece? ¿Por cuántos seudónimos masculinos más hay que pasar? ¿Estamos ahora preparadas para afirmar que hay igualdad en la cultura? ¿Que las mujeres tengan su autoría en la actualidad es suficiente? ¿Cómo serían las vidas de las artistas si Camprubí hubiera dedicado todos sus esfuerzos a sí misma y no a Juan Ramón Jiménez, si Elsa von Freytag-Loringhoven fuera oficialmente la autora del urinario o si Karin Leiz fuera la creadora de las burbujas Freixenet? ¿Serían más fáciles, habría menos obstáculos heredados de educaciones anteriores? Como se pregunta Rosa Olivares: ¿y si hubieran sido ellas?

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