Más lolitas que Lolita

¿En qué piensan si les digo los nombres Gillian Brauer o Leticia Valle? ¿Y si les digo Lolita? Bien, si les digo Lolita pueden perfectamente imaginarse que el hombre que está leyendo en albornoz en el fotograma está admirando a la adolescente mientras juega, y que si ese hombre maduro está apartando la mirada del libro que tiene entre manos para dedicarle unos minutos al cuerpo de la niña contonearse con el aro, es porque la desea. En ese caso, les diré que la muchacha bien podría ser Gillian Brauer, Leticia Valle o la niña sin nombre que aparece en “El amante”. Estos tres personajes literarios femeninos que pertenecen a Rosa Chacel, Joyce Carol Oates y Marguerite Duras, respectivamente, no han pasado a la historia con la misma fuerza que el de Nabokov; sin embargo, estas tres Lolitas no tienen nada que envidiarle. El caso más claro, quizá porque Duras es más sensual y explícita que Oates o Chacel, es el de la niña que se enamoró del amante de la China del Norte.

Podría engañarme, creer que soy hermosa como las mujeres hermosas, como las mujeres miradas, porque realmente me miran mucho. Pero sé que no es cuestión de belleza sino de otra cosa, por ejemplo, sí, de otra cosa, por ejemplo, de carácter. [1]

Ese carácter del que habla Marguerite Duras, eso que sin ser necesariamente hermosa provoque la mirada de los hombres, eso que en cualquier edad podría ser simple coqueteo, cuando se da en una nínfula, que es así como las llama Humbert, hemos pasado a llamarlo Lolita. Hoy todos sabemos qué significa ser una Lolita, aunque no hayamos leído el libro ni visto la película. Ser una Lolita significa ser joven, muy joven, y seducir con una supuesta inocencia, haciendo esa inocencia incompatible con la intencionalidad o la culpabilidad del desastre que podría ser que el hombre sucumbiera a los encantos de la muchacha. Aun así, socialmente la Lolita carga con la culpa. ¿Tendrá algo que ver la maestría con que Nabokov perfila a Humbert? 
Hoy en día entendemos que si un hombre maduro y racional cae rendido ante la provocación de una joven, ha sido sólo una víctima. En el caso de Gillian, Leticia y Marguerite (para no seguir refiriéndome a ella como la niña sin nombre), la historia está explicada desde la niña, y aun así parece que la culpa, la intención, la premeditación corre a cargo de la joven. El hombre no es más que un ser hechizado que no ha podido defenderse a tiempo de esa enfermedad llamada Lolita. No escribo esto desde la crítica ni emitiendo juicio alguno: efectivamente, en “Memorias de Leticia Valle”, “Bestias” y “El amante”, la niña, unas veces más consciente y otras menos, se hace cargo de su poder y lo usa.
Algunas alumnas se reían nerviosamente. También habían entendido. El poeta nos transmitía la deliciosa intimidad, la verdad sensual e inefable de que el cuerpo femenino aloja una belleza inesperada, que debemos sentir orgullo, no vergüenza, de nuestros cuerpos. [2]
El profesor Harrow tiene completamente embelesadas a todas sus alumnas. Lee un poema de D.H. Lawrence que habla de un melocotón, y rápidamente todas esas lolitas entienden que el verdadero tema del poema es el cuerpo de la mujer; es decir, sus cuerpos. Las adolescentes que asisten a las clases del Sr. Harrow cumplen otro de los tópicos que envuelve a la mujer, ya no tanto a la Lolita, en general: cuando un hombre intelectual y maduro despliega toda su sabiduría, se vuelve atractivo. El profesor que vuelve locas a todas sus jóvenes alumnas podría ser otro de los casos de la lolitez. Tanto Leticia Valle como Gillian Brauer pertenecen a este grupo: ambas quedan admiradas por todo lo que esos hombres apuestos, maduros e inteligentes pueden enseñarles. Lo que pueden enseñar ellas es todavía más interesante para sus profesores, así que el intercambio es, digamos, justo. En ambos casos parece que hay un juego en el que ambas partes son muy conscientes de los riesgos que están corriendo, y los asumen. Pero nada más lejos de la realidad: si algo tiene la Lolita, además de juventud, es la presunción de inocencia (al menos en sus mentes; socialmente es otro tema). Tanto Leticia como Gillian no se dan cuenta del todo, o así quieren hacérnoslo ver Chacel y Oates, del poder que están ejerciendo sobre esos hombres a los que están seduciendo. Gillian sí sabe de su deseo, pero Leticia ni siquiera eso. Por tanto, es más difícil comprender en “Memorias de Leticia Valle” que se trata de una novela de seducción, primero intelectual y después carnal, porque es Leticia quien cuenta su versión, con sus lagunas, con todo lo que ella creyó que no existía, a falta de no verlo o de no saberlo interpretar.

Leticia está recitando un poema en público. Un poema de Zorrilla. El poema habla de dos caballos, de cómo ambos tiran hacia su lado, el del bien y el del mal. Unos días antes, se encuentran frente a un cuadro del patrón de San Daniel rodeado de leones, y es Don Daniel, el hombre al que está seduciendo Leticia, quien le advierte de que en su caso los leones sí le comerán. Leticia, en sus (des)memorias, nos hace creer que no sabe a qué se refiere, o que lo intuye pero no lo comprende, y sin embargo cuando está en público recitando a Zorrilla se siente así:
Señalé a un sitio en la primera fila de espectadores con la mano abierta, como si tocase algo con la punta de los dedos, como si descorriese un velo que descubriese el misterio. Y desde allí, desde la tribuna misma, sentí latir su corazón. [3]
Días después, cuando Don Daniel se echa a su cuello gritando que la va a matar, Leticia, que es una buena Lolita, tal como la entendemos hoy, no comprende nada. Sabe, recordando a aquel chico que cantó para ella y que supo que podría pedirle lo que quisiera porque él obedecería, que algo está pasando, pero no puede interpretarlo porque sólo tiene doce años. No muchos más debe de tener Marguerite cuando sabe que el chino hará, también, todo lo que ella pida, y por eso anda con el sombrero, los labios pintados y exhibiendo eso que no es la belleza y es el carácter, eso que es la Lolita. Gillian compite con todas las alumnas del Sr. Harrow para ser su preferida, y cuando es el momento de escribir sus propios poemas, no escatima en detalles, dejándole entrever a su profesor que ha tenido amantes. Cuando esos tres hombres caen rendidos a los pies de estas lolitas que lo son más que la propia Lolita, se desata una buena tormenta. O bien porque estaban jugando a un juego del que desconocían reglas, o bien porque ni siquiera tenían la sensación de que estaban jugando a un juego, o bien porque el deseo del hombre maduro sobrepasa unas fronteras de las que nadie las ha avisado, fronteras que desconocían cuando jugaban a ser lolitas. En cualquier caso, Leticia, Gillian y Marguerite consiguen su propósito: enloquecerlos.
¿Sabe el hombre cuál es el poder de la Lolita por la que se está dejando engañar? ¿Sabía Don Daniel que Leticia Valle no era consciente? ¿El Sr. Harrow era víctima o verdugo de todas sus alumnas, incluida la pobre Gillian Brauer? ¿El amante de la China del Norte sabía que enamorarse de Marguerite Duras le iba a suponer tantísimo dolor? ¿Socialmente, son estas Lolitas las culpables? ¿Socialmente, son estos hombres maduros unos pervertidos? ¿Y también, socialmente, el hecho de que estas novelas en que la niña y el hombre se unen a pesar de la diferencia de edad sean escritas por un hombre o una mujer, cambia algo?

10 pensamientos en “Más lolitas que Lolita

  1. [1] EL AMANTE, Marguerite Duras.
    [2] BESTIAS, Joyce Carol Oates.
    [3] MEMORIAS DE LETICIA VALLE, Rosa Chacel.

    Como me ha gustado tanto la entrada que escribió Tongoy sobre Lolita (que enlacé en la entrada anterior), ayer subí el artículo que escribí para el número dedicado a la lujuria. He seguido los comentarios de la entrada tongoyera y me ha dado envidia, así que he sacado a estas tres lolitas más lolitas que Lolita.

  2. Vengo del hilo de Tongoy, a la vista del interés de tus aportaciones allí y me ha resultado sugerente la página, que visitaré más veces, seguro.

    En cuanto al tema de las lolitas. Planteas una situación que, copio y pego “…si un hombre maduro y racional cae rendido ante la provocación de una joven” encierra el propio argumento que pretendes rebatir, asumiendo que el hombre maduro “cae rendido” y la joven es la que realiza “la provocación”.

    Sigo pensando que en el libro de Nabokov (y en la película de Kubrick, porque no soy capaz de distinguir mis recuerdos), Humbert Humbert descubre su propia debilidad al quedar atrapado en una obsesiva fascinación por una niña que, inocente, no es consciente (al principio) de la convulsión que produce.

    Más tarde (demasiado) descubre los intentos de seducción a los que (ella) se ve sometida.

    Creo que la otra interpretación, la de una jovencita malévola y provocadora es torticera y enfermiza.

    Y no me quiero enrollar más, siendo mi primera aparición.

    Saludos

  3. Otro caso de literatura sobre lolitas sería Ceniza en los ojos, de Jean Forton. Se trata quizá de una antilolita, porque esta vez es el hombre el que seduce a la adolescente, pero es muy interesante ese punto de vista. Os la recomiendo.
    ALEJANDRO GARCÍA

  4. Bienvenido entonces, Alberto.
    Planteo esa situación porque, efectivamente, en estos tres libros es la joven quien provoca. También en estos tres libros, a diferencia de “Lolita”, la historia está contada (1) por mujeres y (2) desde la perspectiva de la niña. Hay puntos a tener en cuenta para hablar del tema: si hablamos de literatura, depende mucho de lo que el autor nos quiera transmitir; si hablamos socialmente, depende mucho de lo generosos que sean los que juzgan… o la niña será una zorrita o el viejo un pervertido; es difícil el punto medio. Por eso es tan contradictorio y la figura de la Lolita es según se vea. En el caso de Nabokov, es un hombre enfermo. Su obsesión es Lolita, pero empieza la novela hablando de todas esas nínfulas por las que se ha sentido atraído. Que las niñas-lolitas sean o no conscientes ya no es un tema para generalizar: las habrá que sí (Marguerite Duras) y las habrá que no (en principio, Leticia Valle). Lo que está claro es que el que más información y conocimiento de la situación tiene es el hombre. Pero bueno, lo que yo quería destacar eran los personajes femeninos de estos tres libros lolitescos que pasarán desapercibidos al lado de la gran Lolita. Incluso es un tema complicado cuando la figura no es una niña, sino una mujer… siguen habiendo muchos prejuicios, y ayer le recordé a Tongoy la historia de “El túnel”, donde María, a ratos, siendo el lector cómplice de los pensamientos del protagonista, también parece una provocadora y una lianta.
    Un saludo.

  5. Hola, Alejandro.
    No conozco la novela, pero sí, creo que puede ser interesante una antilolita. Lo que pasa es que la historia de un hombre seduciendo a una niña no es tan pícara como a la inversa. Incluso si es el hombre el que seduce, me parece que la Lolita sigue llevando el control de la situación.
    Gracias por pasarte.
    Un saludo.

  6. Veo la fotografía con la que abres la entrada, con Sue Lyon (aparentando desgana, mientras juega al hoola-hop) dando la espalda a un James Mason que, ha bajado el libro, para poner una siniestra sonrisa en la que se pueden intuir sus intenciones.

    Pero contemplo el sobrio vestuario (masculino) de Sue que contrasta con el albornoz de James, abierto, mostrando las piernas cruzadas, dejando colgar una de sus pantuflas en un gesto femenino.

    Es posible que yo también tenga una mente enfermiza…

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