No lo llamarías amor

Artículo publicado en el #14 de G&R
De tantos como había encontrado mentalmente, buscaba el nexo común entre las protagonistas de Claribel Alegría (en “El detén”) y Joyce Carol Oates (en “El primer amor”) y la lujuria, y esa conexión vino de la mano de Josie, la voz que adopta Joyce Carol Oates en su cuento gótico: No lo llamarías amor si tuvieras otro nombre, otro nombre para ello. Pero ni Karen ni Josie tenían otra palabra para nombrarlo. 
EL DETÉN, Claribel Alegría 
“El detén” es un título -y un libro- que podría pasarse por alto sin problema: ¿qué es un detén, quién es esa niña de la portada, Claribel Alegría escribe novelas? Pero uno, con esa edición de Lumen, vieja, gastada, comprada en un mercado de viejo, sabe que está ante una pequeña obra maestra. Es una historia breve y sencilla dentro de toda esa compresión de sentimientos que la hace profunda y amplísima. Karen, un personaje que físicamente sólo me ha acompañado tres días y tres viajes, se ha grabado a fuego en mi mente: se esconde en mi cuerpo, huele como mi piel, se ríe en las bocas de la gente y se atreve con lo que no debe contarse, que es casi todo. Karen inventa y vive lo mismo que sufre y camufla: se encuentra en un colegio interno de monjas porque su madre, que se marchó con un tipo llamado Mark, no la llevaba a clase y la tenía totalmente dejada, obligándola a rozarse con lo más oscuro, con historias que después Karen explota una y ensancha para poder dormir por las noches. Se convierte en una niña envidiablemente descarada y precoz, una rebelde rodeada de niñas dispuestas a ser monjas de mayor y sacrificar todo lo que tengan para dárselo a Dios. Karen elige a una de las hermanas como consejera espiritual y la pervierte con la única arma que puede tener una adolescente: la imaginación, la palabra, su cuerpo. La lleva y la trae como hace con el lector, acercando su pasado como si fueran escenas sacadas de una película morbosa. Claribel Alegría tiene una voz exquisita en esta novela y sabe cómo encoger el corazón de Karen que todos tenemos dentro, latiendo bajito, ensordecedor a veces. ¿Que qué es un detén? Un escapulario que silencioso dice: detente, Satanás, detente. 
EL PRIMER AMOR, Joyce Carol Oates 
Josie sólo tiene once años, pero tiene una memoria salvaje y animal que le permite recordar incluso lo que no ha vivido. Su madre se acaba de divorciar y ella apenas logra decir la palabra papá: un poco por miedo, un poco por respeto a esa mujer desconocida que a veces es brusca y otras, tierna. Se han escapado juntas y viven en casa de unos familiares: Josie tiene problemas para adaptarse en el colegio y su madre desaparece para ir a la ciudad sin avisarla, sin contarle qué es eso importante que las separa. En la nueva casa apenas se puede respirar, y su tía sólo hace que censurarla, y su madre sólo hace que decirle que debe portarse bien, entendiendo ella que las de su condición (ratas de iglesia, Josie, y ésta es nuestra iglesia) deben esforzarse para comportarse como es debido. Sin embargo, Jared júnior, el primo lejano de su madre y de ella misma, que pasa allí una temporada estudiando para entrar en el seminario, le produce una gran curiosidad, y es saciándola como Josie amplía esa memoria salvaje y animal, es así como Josie sigue sin saberse comportar, sin adaptarse nunca del todo a esa nueva vida a la que la ha empujado su madre, pero al menos la mantiene ocupada, en compañía y, sobre todo, la obliga a crecer una fuerza brutal ajena, a alejarse de los ojos inocentes y las trenzas largas y algo despeinadas. Con las ausencias de su madre, y pesar de que la tía se cree capaz de supervisarlo todo, nadie va a notar que Josie ya no tiene la misma edad interior. En una ocasión su madre dice que una niña de once años apenas si existe, y, a juzgar por cómo queda abandonada a la suerte de la vida y los caprichos de su primo Jared, así lo parece. 
NO LO LLAMARÍAS AMOR si tuvieras otro nombre 
En Granite and Rainbow tenemos ese nombre, y es nada más y nada menos que el encargado de dar unión a todo este número de junio: lujuria. Si Josie o Karen hubieran tenido otro nombre, no lo hubieran llamado amor. En el caso de Karen, Mark, que es el marido de su madre (que no es su padre), abusa de ella. Borracho y violento, provoca juegos donde el contacto físico con la niña roza las fronteras sexuales y permitidas de una manera asombrosa. Pero Claribel Alegría muestra estas escenas con maestría, provocando que el lector no sienta rechazo, sino tanta curiosidad como Karen (y también mucho miedo). La diferencia entre Karen y Josie es que la pequeña de “El detén” ha conseguido ponerse a salvo; vive con su padre y todos los recuerdos se le vienen tozudos por las noches, donde ella, con una imaginación privilegiada, les da voz, espacio y un lugar donde vivir. Josie, en cambio, habla en pasado, pero nada hace pensar, por la intensidad con que relata su propia historia, que queda ya atrás, sino que hace sentir al lector que todo está pasando en esos momentos, lo que provoca un sentimiento más terrorífico, porque la pequeña de once años todavía no ha sido puesta a salvo. El primo Jared júnior, además de estudiar para un seminario, tiene algo especial que llama mucho la atención de Josie. Quizá que se pase todo el día estudiando temas teológicos, o que apenas les hace caso a las dos nuevas inquilinas de la casa, o quizá que la tía ha insistido tanto en que no debe molestarle (y él se deja molestar, y molesta a su vez). En cualquier caso, desde el momento en que se encuentran en el río y empiezan a tener una relación extraña, la curiosidad sigue creciendo en Josie, que no es consciente de que está sufriendo abusos sexuales por parte del que ella considera, equivocada y dulcemente, su primer amor. Por eso ninguna de ellas debía conocer otra palabra que amor para organizar sus propias emociones, por eso si hubieran tenido lujuria o incluso curiosidad, se habrían sentido, con el tiempo, menos desamparadas.  
No lo llamarías amor si tuvieras otro nombre, otro nombre para ello. A veces cierro mis ojos hasta el aturdimiento, el vértigo, hasta el extremo de una excitación y un miedo insoportables. Y lo veo a él, a mi primo Jared júnior. Muchos años después. Lo veo como una llama vertical, una figura, no una persona. Si intento concitar el recuerdo de su cara, el sonido de su voz y la sensación que tuve en el estómago cuando él me tocó, como una llave que girara en la cerradura, se me desvanece todo
“El primer amor”, de Joyce Carol Oates 
Resulta extraño (o no tanto) cómo estas dos chiquillas son fascinantemente despiertas y rápidas, cómo desarrollan sus emociones, cómo las describen y cómo, en un olvido raro, se dejan caer, placenteramente se diría, sobre las manos del que será, cuando empiecen a adquirir esas palabras que sustituirán al amor, su enemigo. Escuchando (porque es como si las escucharas, a ambas) sus descripciones, cómo gestionan sus pequeñas vidas interiores, las creerías capaces de cualquier cosa… y ahí están, ante Mark y Jared, tan indefensas, tan que se entregan al juego desconociendo las reglas. Y eso ha sido lo que ha provocado que compare estas dos novelas cortas; eso, cómo se camufla la lujuria en la ingenuidad y candidez, es lo verdaderamente lujurioso de ambas historias: la incomprensión por parte del lector al ver que se está cometiendo un exceso y la tranquilidad con que la inocencia los cubre con tanta naturalidad. Existe la lujuria, que es el tema que nos ocupa, en estos personajes de Claribel Alegría y Joyce Carol Oates, pero no existe la lujuria en la forma como se narran ambas historias, precisamente porque Josie y Karen no conocen otras palabras, o no las identifican con lo que les está ocurriendo, y todo está teñido de normalidad y encanto. También de miedo, porque ambas temen la mano que les sugiere vida y es infierno, pero también mucha curiosidad, mucho querer saber. 
NADA MÁS ERÓTICO que una preadolescente 
Ésas son las palabras de Mark, el padrastro de Karen, en “El detén”. Es muy probable que, hasta llegar a este punto en el que la niña, hablando en su mente con su madre y pronunciando estas palabras, el lector se lo haya tomado todo como un juego. Por eso le advierto de que, si busca una lujuria consciente y con un protagonismo, se va a llevar una desilusión. Karen juega con la realidad y la ficción, y ni las personas que la rodean en su vida (la hermana que le hace de consejera espiritual y su padre) ni nosotros mismos seremos capaces de diferenciar entre ficción y no ficción. Pero no puede resistirlo todo, tanta tensión, tanto recuerdo, y finalmente ella explica: 
«Nada más erótico que una preadolescente» decía Mark mientras me arreglaba el pelo y rozaba mis senos con su brazo. 
-¿Por qué nunca me dijiste? 
-Porque me gustaba, era una sensación de miedo y curiosidad que me atraía y no quería que me lo prohibieras, pero ahora soy una frígida, parezco un leño con todos, me doy asco y siento miedo. 
“El detén”, de Claribel Alegría 
Probablemente éste sea el único discurso claro de Karen en toda la novela. Josie, en cambio, sigue confusa y habla de miedo y de curiosidad, también, pero parece como si todavía no se hubiera podido desentender de la palabra amor y quisiera conservarla: quizá ésa sea su propia salvación, quizá ese escondite es mucho más fiable que el de sentir asco. Y ésa sería otra de las muchas palabras, junto con lujuria, que podrían describir a Jared, que utiliza todos sus conocimientos sobre Dios para los juegos obscenos, sucios y terribles a los que somete a su prima lejana. En ambos casos la iglesia queda como un ambiente donde la corrupción y el erotismo encuentran lugar entre secretos y falsas apariencias. Y es así como Josie y Karen, que confunden lujuria con amor, quedan atrapadas en un lugar oscuro y lleno de amenazas.

2 pensamientos en “No lo llamarías amor

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