Un cuarto propio

La primera vez que leí “Un cuarto propio”, de Virginia Woolf, tenía dieciocho o diecinueve años. Lo leí en los trayectos de tren hacia la facultad. Después de leer “La señora Dalloway”, lo compré. Cinco o seis años más tarde, vuelvo a leer el libro, pero ahora por trabajo. La diferencia del motivo por el cual he leído el mismo libro me hace pensar que, bueno, no lo he hecho del todo mal, que Virginia podría darme una palmadita en la espalda. Entonces yo iba a la universidad de letras y primero decía que quería ser profesora de literatura y después decía que ni hablar, y dije que ni hablar a todo, la carrera de filología incluida. Ahora leo el libro por trabajo. Aquella y esta vez sólo se parecen en algo: una vez leída la última página, he sentido unas enormes ganas de ponerme a escribir. Cuando leí el libro con dieciocho, las enormes ganas de ponerme a escribir tenían mucho que ver con una sensación muy concreta: quería hacer algo importante de mí misma a través de la escritura. Hoy no soy tan osada y sólo quiero escribir con franqueza sobre este libro. Diré que ambas veces he tenido ganas de escribir, y que eso es más de lo que muchos libros, hombres y mujeres han hecho por mí. Que quede solemne y grave esta afirmación, no pretendo otra cosa.  Dicho esto, me veo en la obligación de abrir un debate —abierto— conmigo misma sobre este texto de Woolf que ha hecho por mí lo que tan pocos libros, hombres y mujeres.
Sí, es verdad: Virginia Woolf era una persona privilegiada, una burguesa culta que podía permitirse toda una mañana de investigación, un buen almuerzo, escribir un libro como éste, tener junto a su marido una editorial. ¿Y qué? En la relectura he estado muy atenta a esto, a si en algún momento la escritora hablaba como escritora o como mujer o como culta o como persona que tiene la vida solucionada gracias a la renta-herencia de una tía. No, Virginia Woolf se está dirigiendo a un auditorio lleno de mujeres, se está dirigiendo a un grupo selecto de mujeres absolutamente privilegiadas por el simple hecho de estar recibiendo el discurso de una escritora que pretende hablar de mujeres y novelas. Es verdad, Woolf era un ser privilegiado y no era precisamente un buen ejemplo de persona a la que deben dar un discurso: por eso puede darlo ella misma.

 
En este pequeño ensayo Virginia Woolf sostiene que una mujer —de hecho, una persona, pero al hombre no se le presupone ningún impedimento para ello— necesita un cuarto propio y quinientas libras esterlinas para poder escribir. Veamos: ¿todas las mujeres?, no; ¿es definitivo?, no pero sí importante, casi indispensable; ¿una mujer con dinero y habitación propia escribirá grandes obras?, siempre que tenga talento; ¿una mujer con talento escribirá grandes obras?, siempre que tenga un lugar para hacerlo, la tranquilidad para hacerlo, el dinero para hacerlo. Entonces no vayamos tan rápido: no, no cualquier mujer necesita un cuarto propio. Es más, la mayoría de mujeres, y también hombres, no sabrían qué hacer en una habitación propia. Pensaba en cuando mi hermana y yo vivíamos en casa de mis padres y compartíamos cuarto. Mi hermano, siendo el único chico, gozaba de uno para él solo. En general mi hermana y yo no estábamos descontentas con la repartición porque nos gustaba estar juntas, pero había momentos en los que se nos hacía indisipensable estar solas. Por ejemplo, cuando a mí empezaron a irme bien sus camisetas: le habría gustado que, si tenía que robarle ropa, al menos me supusiera un esfuerzo. Pero entonces no necesitábamos un cuarto propio en la manera que lo sugiere Virginia Woolf. Una gran parte de las mujeres todavía querrían un cuarto propio para eso: espejos, zapateros, cómoda. Entonces, ni ahora ni en la época en que se escribió este libro, la afirmación valía para todas: pero sí para algunas. El problema no era que la mujer no tuviera uno propio, sino que las mujeres que podían sacarle buen partido no lo tendrían jamás a menos que cambiaran, como cambiaron, los tiempos. Virginia Woolf no es un ejemplo de ello, pero por eso —insisto— es Virginia Woolf quien escribe el libro.
Hay una recopilación de textos de Clarice Lispector titulada “Sólo para mujeres” y que compré por curiosidad. En él hay artículos que la misma Clarice escribió para una revista, si mal no recuerdo, con seudónimo. Pensé que sería un libro profundamente femenino y sí pero no: era un libro profundamente crítico con el género femenino. En los artículos aleccionaba a las mujeres que leerían aquella revista para que se esforzaran por ser únicas, y que lo que las iba a hacer únicas no eran ni mucho menos los vestidos, el peinado o la laca de uñas. Aquel tono del libro me gustó, porque pensé que el título era una manera de apartarnos nosotras mismas, desde dentro: no lo necesitamos. El auditorio femenino que recibió a Virginia Woolf para “Un cuarto propio” no sé qué esperaba, porque se trataba de hablar de las mujeres y la novela, y lo que hizo la escritora, igual que la brasileña, fue hablar con cierta agresividad: ¡despertad! En ambos casos, la dureza no es más que algo así como un instinto maternal dirigido hacia sus semejantes. No es ni mucho menos una regañina, ni siquiera me parece un canto al feminismo. En el final de “Un cuarto propio”, Virginia Woolf dice que las mujeres, por norma, desagradan a las mujeres, pero que a ella le gusta la mujer y que, además, está cansada de la palabra mujer: se vuelve desagradable con la única intención de que esas mujeres comprendan cuán afortunadas son. Y, cuidado, en ningún momento Woolf se excluye de esa fortuna. Ella mejor que nadie reconoce los beneficios de los que disfruta por el dinero que le dejó su tía, y el provecho que le está sacando. En una ocasión llega a decir que por las mismas fechas llegó el voto a la mujer y la muerte de su tía, y que ella, de ambos provilegios, se queda con el dinero de su tía más que con el voto. Como mujer-individuo, le sacó mucho más partido a su renta de por vida, a su cuarto propio de por vida. Cuando Clarice o Virginia tratan a las mujeres con aspereza, no lo hacen desde la experiencia, porque son mujeres privilegiadas que gozan de inteligencia, ingresos y talento. Pero qué importa: para mí, el mensaje no pierde fuerza. No me alentaría más si supiera que Virginia viene de una clase media-baja, o que tuvo que hacer trabajos de fuerza para llegar hasta donde llegó. Agradezco que Virginia gozara de sus privilegios, porque de otro modo no habría sido tan lúcida en su búsqueda por aclarar los misterios de las mujeres y la novela, el sexo en la literatura: no habría tenido ni los medios ni el tiempo.

¿Qué es lo que ha provocado tanta desigualdad a lo largo del tiempo? Que hoy en día, y desde hace décadas, acabemos ensalzando a mujeres que no son brillantes, pero sí destacan entre el resto de mujeres. Es decir, a un hombre le exigimos que dé el máximo, mientras que a una mujer le pedimos, simplemente, que no sea mediocre. Eso es otra forma de violencia. El problema no es que no haya mujeres que puedan ser brillantes, que las hay, por supuesto, sino que han pasado gran parte de su tradición luchando para ser consideradas dignas. Sólo dignas. Durante años y años y años, la mujer no tenía derecho a voto, a independencia económica, no tenía voz, no debía opinar a menos que le preguntaran, no sabía desempeñar ningún trabajo —excepto el doméstico—, no podía divorciarse, no podía acudir a según qué sitios sin la presencia de un hombre. Todo ese lastre ha ido desapareciendo y hoy en día parece tan lejano, que cuando se habla de violencia hacia la mujer a menudo se cae en el feminismo, en los extremos, en lo absurdo. De la misma manera que una escritora de la época de Virginia era tratada de feminista por decir que los hombres eran unos snobs, quejarse de la desigualdad hoy en día te posiciona en el otro lado, cuando de lo que se trata es de hacer desaparecer los lados. Bueno, lo que quiero decir es que el repaso que da Virginia sobre las mujeres y los hombres y el mundo culto, intelectual y artístico, tienen principios muy distantes entre sí. Cuando la mujer empieza, el hombre lleva tanta ventaja que todavía arrastramos un poco de aquella memoria. No, no es una queja, aparten sus prejuicios. Cuando el hombre ya trataba la literatura como objeto de arte, la mujer empezaba a tratarla como instrumento de autoexpresión: esa descompensación ha creado la rivalidad entre sexos desde que la mujer dio el puño en la mesa y se puso manos a la obra. Pero hasta que las manos llegaron a la obra, pasó mucho tiempo: pasaron años, libros, mujeres, leyes, derechos.
Más que feminista, “Un cuarto propio” me parece un canto a la esperanza. En ningún momento busca la superioridad de la mujer, porque para la superioridad siempre se necesita de la inferioridad ajena. No, lo que busca Virginia es una provocación. Señoras, no sé ustedes, pero yo me aprovecharía de todo lo que han luchado, sufrido y reclamado nuestras ya difuntas compañeras. A mí Woolf me convence, por eso entonces quise hacer algo importante y me puse a escribir —en serio— y ahora estoy escribiendo este texto de agradecimiento por lo que es una herencia, una enseñanza, un precioso canto de una mujer que tuvo lujos y supo en qué emplearlos porque tenía las herramientas y el talento.
Es una tontería: ni el dinero ni el cuarto propio son la solución si no hay antes un talento que moldear. Es verdad. Y Woolf habla, en el último capítulo, sobre este asunto. No nos quedemos en esa parte superficial y material: el dinero y el cuarto son sólo símbolos. Tampoco es una manera de desprestigiar al hombre en esta nueva andadura de la mujer: simplemente el hombre siempre pudo tener voto, dinero, tiempo y cuartos propios. Lo que quiere Woolf no es quitarle al hombre todo lo que tiene y que le fue dado sin esfuerzo, sino que la mujer también goce de esos privilegios, y que también le sean dados sin esfuerzo. O con esfuerzo, da lo mismo. Y no, no a cualquier mujer, de la misma manera que no todos los hombres son brillantes y son imprescindibles para la Historia y la Literatura y todas esas palabritas con la mayúscula subida para demostrar que son más importantes que las demás.
Por mi parte, sólo quiero dejar constancia de que Virginia, con este libro, ha hecho más por mí que la mayoría de libros, hombres y mujeres. Como a día de hoy el cuarto propio y el dinero son difíciles para todos pero no inaccesibles por sexo, lo que necesitamos es el talento y que alguien nos diga al otro lado: señoritas, ya no hay más excusas.
No las hay. Ahora, a trabajar.

12 thoughts on “Un cuarto propio

  1. Coincido con vos en que una burguesa culta que puede permitirse toda una mañana de investigación, un buen almuerzo, escribir un libro como éste, tener junto a su marido una editorial, no se transforma necesariamente en Virginia Woolf. He leído a Martin Gaite porque me gusta eso de ti eso que transforma a ciertos libros en una tabla de salvación (gracias Clarice!).
    Y leeré este libro por lo mismo (y porque además me gustó mucho Orlando)
    Pienso que si vos creés que te salvan, creo que me pueden salvar a mí.
    Un abrazo

  2. Muchas gracias a ti, Fusa, por salvarme de nuevo. A veces no alcanzo a entender cómo una cosa me lleva a la otra, acabo aquí o en Belfondo y de repente todo vuelve a tener sentido.

    Deberías saber, y no es una exageración, que leerte también hace más por mi que tantos libros, hombres y mujeres.

    Mandarinas.

  3. El cuarto propio y el dinero no son nada si uno no sabe cómo usarlos. Y por fortuna Woolf sí supo. Hay una parte muy buena en el libro, en que la mujer ha sufrido un cambio y Virginia lo detecta. Empieza a leer a una contemporánea y se da cuenta de que no escribe mejor que Austen, por ejemplo, pero lo hace con libertad. En la novela, una mujer desea a otra mujer. Eso, poder escribirlo… o directamente poder escribir sobre lo que sea, pero más sobre ese sentimiento, es lo que quiere V.W. para las mujeres. Cuando se acerca el final del libro, consigue emocionarme. Es como cuando vas corriendo y ves la meta y no llegas, no llegas, no llegas y pam, cruzas. Yo creo que sí, Marcelona, que a ti también te puede salvar…
    Un abrazo MUY grande.

  4. Me lo creo porque también hay libros y personas que hacen por mí, sin saberlo, más que muchos… así que me lo creo si me lo dices, y además me sonrojo, que una cosa no quita la otra. Muchas gracias, Ainhoa, por decírmelo… y por la foto. Me das una alegría, de verdad.
    Mandarinas… jaja, es ya un símbolo. Un besazo.

  5. Has escrito un texto muy interesante porque, además de que nos ilustras, lo que escribes se presta a la interpretación y a la opinión.
    Mientras te leía un pensamiento sobrevolaba sobre lo demás y en parte lo has contestado en tu primera respuesta (… si no sabemos usarlo), pero quería añadir que yo no veo el cuarto propio necesariamente físico, aunque recuerdo que yo desde pequeña para jugar me rodeaba de sillas para crearlo. Luego son los cambios en la vida los que te permiten tenerlo o no. Pero el otro, el interior, es nuestro y encuentro imprescindible crearlo poco a poco. A ese espacio interior me remito, porque si somos capaces de preservarlo, reafirmarnos en él, fomentar la concentración en lo que queremos, incluso para pensar y escribir rodeada de gentes o con aparatos, pocas violencias podrán con él.

    He oído muchas veces a mujeres que se les cae la casa encima y por regla general se les cae la física y la psíquica. Nuestra casa propia, esa interior que nos acompaña siempre es donde tenemos que habitar agusto y por eso hay que luchar toda la vida.

    Yo me alegro mucho de que V.W. tuviera todo lo que tuvo porque facilitó que pudiéramos disfrutar su escritura. Como disfruto siempre de la tuya, querida Jenn.
    Un fuerte abrazo.

  6. Pues imagínate yo, al releer la dedicatoria, cuando una cosa me ha llevado a la otra y viendo que tenía en la mano a Virginia (lo acabo de terminar) y tu entrada de hoy era justo eso y además en la columna de la derecha hay una etiqueta que se llama equilibrio y… Bueno, a veces no hace falta más que eso, el olor de las mandarinas para saber que todo vuelve a estar en su sitio.
    Sí, ya es un símbolo. Y me encanta! Jejeje…
    Besazos

  7. Cuando leí Un cuarto propio tenía 17 años (ahora tengo 19, no ha pasado tanto tiempo) y cambió mi visión de la literatura.
    En primer lugar, me trajo un interés voraz por las escritoras del siglo XX y, en segundo lugar, muchas preguntas acerca de ellas: ¿qué les pasa a estas mentes brillantes para acabar en el suicidio? ¿Es la lucidez un precio muy caro?

    A Virginia Woolf no se le puede reprochar nada. Ella escribió, como todos esos anónimos mujeres, la historia sin enterarse.

  8. Desde luego, para necesitar un cuarto propio físico, antes se necesita un buen cuarto propio interrior, bien armadito. Lo que dice Woolf en este discurso no es material ni feminista, aunque se puede entender como uno necesite. Yo creo, así lo he interpretado, que lo que quiere decir es que la mujer que necesita un cuarto propio, pueda tenerlo. Es necesario el cuarto propio mental, pero una mujer que quiera dedicarse a lo suyo, a su arte, necesita también el cuarto propio físico. Que es capaz de combinarlo todo ya lo sabemos, pero no es lo ideal. Virginia habla de lo bueno que sería que la mujer tuviera las condiciones idóneas para ser una artista, lo mismo que un hombre. Habla del caso perfecto, pero hipotético. Después llevarlo a la vida real es más complicado que un cuarto propio y dinero, pero por algo se tiene que empezar. Yo, por ejemplo, necesito crear un espacio propio, y puede ser grande o pequeño, feo, con o sin ventanas… yo le coloco mis libros, mis máquinas de escribir, mis cuadros, mis cajas… y ya está. Que podría hacer lo mismo en cualquier otro espacio es cierto, pero si me puedo permitir ese espacio, por qué no. En fin, esto da para hoooooooras y horas…
    Un abrazo grande, Isabel.

  9. Hombre, la lucidez es un precio muy caro, pero además las mujeres brillantes que se han suicidado tenían, además de lucidez, enfermedades mentales. Hay otras tantas mentes enfermas que han acabado igual, pero al no ser brillantes no nos llegan. A mí no me gusta asociar la inteligencia a la locura, ni dejarme seducir mucho por el lado autodestructivo de poetas como Pizarnik, Plath y compañía. Las admiro, y canalizaron sus enfermedades en arte, pero eso no las hace mejores ni más atractivas. El suicidio en según qué figuras nos parece algo loable, muy romántico, pero no sé… Lo que está claro es que a V.W. no se le puede reprochar nada, es cierto, y escribió la historia sin enterarse, que es como debe escribirse.
    Un beso grande.

  10. Estoy muy de acuerdo con tu punto de vista. Sin embargo he de decirte que confundes constantemente, desde este texto feminista, feminismo con hembrismo.

    El feminismo no es “un lado” es la lucha por que “no haya lados”, como bien dices. Por eso los hombres pueden ser, y somos muchos, feministas. No es el feminismo una lucha por mejorar las relaciones de las mujeres con el mundo, si así lo ha sido era porque estaban (y en mi opinión todavía lo están) peor que las de los hombres.

    Quitando eso, el texto es genial.

    Un saludo, lo de escribir te va ;)

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