La presunción de culpabilidad

Cuando el Estado, la judicatura, el poder policial y la opinión pública han decidido que eres culpable, poco puedes hacer. Sobre todo porque deberás dedicar todos tus esfuerzos —y tu economía— a demostrar que no eres culpable, cuando en principio la presunción de inocencia es un derecho que tenemos. Todo el tiempo que dediques a justificarte, es tiempo que no estás utilizando para contar aquello que sí hiciste, lo que debería prevalecer por encima de lo que no hiciste.
Si las autoridades y la sociedad necesitan una respuesta y la policía está dispuesta a saciar esa necesidad a cualquier precio, el discurso oficial —creado por quienes deben juzgarte, se ajuste poco o mucho a la realidad— se impondrá por encima de la objetividad. El sistema ha decidido que eres culpable —porque eres negro, porque estabas borracha, porque luchas por tus derechos, porque eres el sospechoso fácil, porque no tienen otro culpable, porque quieres decidir tu futuro—, y su relato hegemónico no va a dejarte margen para que te defiendas, porque vas a estar todo el tiempo justificándote. Los métodos para retorcer la realidad son muchos. Uno de ellos, de los más perversos, es confundirte.
El documental Out of thin air trata precisamente de eso: de cómo el sistema consigue que confieses un crimen que presuntamente no has cometido, porque no hay pruebas de ningún tipo. Necesitan un culpable y tú eres vulnerable, joven y estás indecisa. Lo que un experto llama síndrome de la desconfianza en la memoria. De la misma manera que en la novela Me llamo Lucy Barton o en el documental The Keepers, la memoria tiene todo el protagonismo. Los policías, los investigadores, la población islandesa y el ministro de justicia habían decidido quiénes eran los culpables, y forzaron las declaraciones hasta conseguir lo que querían. Consiguieron, incluso, que personas que se consideraban inocentes se declararan culpables. De una pesadilla, consiguieron recrear la escena de un crimen y una acusación. Años más tarde, el caso sigue abierto, pero como en Making a murderer, la construcción del poder está por encima de todo.

Artículo en El Periódico

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