Idea Vilariño, enclaustrada en su luz

Podría ser «morir-muerte», «luna», «rosa» o «noche». Podría ser «no». Pero es «luz» la palabra que acompaña a Idea Vilariño en su poesía, la palabra destacada, la palabra maldita. Una poesía, además, llena de oscuridad. Es luz la palabra y es luz el anhelo, pero es una luz enclaustrada, como la poeta, y es una luz hueca, caso de que la luz pueda ahuecarse, y es una luz muerta, si es que la luz tiene vida y depende de una mujer. Idea Vilariño escribe amargamente, con mucha fuerza, pasional… pero desde el dramatismo, desde la soledad, desde una angustia que lo tiñe todo de pesar y desesperanza. Aun así, una de las palabras más socorridas es luz. Pero luz ¿cómo? La mayor parte de veces, ausente. En la poesía completa de la uruguaya [Lumen, 2008], el primer poema que aparece ya contiene la palabra «luz». Aparecen tres parejas: flor a flor, ser a ser, luz a luz. Vilariño hace un repaso de sí misma, en desnudez total, y ahí está la luz, y uno cree que la luz puede ser el alimento que equilibre el dolor que no cabe y la tristeza que no alcanza, pero no: luz rechazada. Así empieza —página once— esa lucha con la luz, con la palabra y con el destello. Si pasas la página —ya estás en la doce—, Vilariño está dando cuenta, que es algo que acostumbra a hacer en sus poemas: numerar las pérdidas, las noches, los nombres, los quejidos. Hace recuento y saca sus números en negativo o en positivo. Cuenta las noches, los aromas, la soledad; de pronto, Idea quiere caer como una lenta gota, temblando, ya sin temblor ni luz / cayendo oscuramente. De la misma manera que en —página trece— su soledad vuelve y a caer el agua, y cae y cae y cae, y una lágrima, y al duelo, y todo cae, y siempre tan sola; que de diecisiete versos, nueve empiezan con la palabra «sola», y entonces en el marco triste / sin la luz de la tarde. Si Vilariño te habla de la luz de la tarde, es para quitártela. La luz de la tarde o del crepúsculo —pasa la página, ya en la catorce— vuelve a aparecer, y dice que no sabe qué hay, que se siente perdida, que da hasta miedo seguir / si con tan pocos años pesa tanto la vida. Porque Vilariño, parece, nació ya dolorida y a oscuras, nació de la oscuridad hacia la oscuridad, y cuando se detiene un momento en la luminosidad, se siente como una amante primeriza y la apaga. Ahora, un pequeño respiro, pero pronto —en la página diecisiete— se pregunta para qué las violetas, los jazmines, la vida, las claras estrellas o los libros azules, las cuerdas del arpa y los gritos del cuerpo. Uno no sabe para qué, no lo sabe excepto para nada, para que vuelva la luz, esta vez desolada, dentro de los ojos de Vilariño, que son mucho más hermosos en la penumbra, donde ella mejor ve. Pero las preguntas no se terminan. Dice: después de haber amado tanto —en la página veintiséis, no vayamos a perdernos— y después de tantas cosas, entonces, Idea, la mujer esperante, que espera, dice después de todo, lo bueno y lo malo, entonces: qué en la luz con las manos heridas. Porque después, si queda luz, si queda un poco, debe de ser en unas manos heridas. Vilariño sostiene la luz en sus manos heridas, en la penumbra, y la va callando hasta que se la lleva a la página veintinueve y la transforma, desde sus manos heridas, en una vana luz desesperada. La palabra «luz», que a todos calienta, en la boca también herida de la poeta, si os fijáis, siempre es inútil: o no está, o es vana, o está desolada, o la sostienen heridamente. Y si pasas la página —que ya vamos por la treinta—, vemos cómo Vilariño habla de lo que siento por ti, y entonces, como acostumbra, enumera: no es de rosas abriéndose en el aire, es doloroso, son horas amarillas, dulce sed doblada, y lo que mejor nos tiene reservado: como la pobre luz de las estrellas / que llega dolorida y fatigada. En efecto, para la poeta incluso la luz que desprenden las estrellas es pobre, dolorida y fatigada. No será la única vez que recurra a la luminosidad de las estrellas, que hasta en el cielo encuentra Vilariño pobreza en la luz. Así, cuatro páginas después —la treinta y cuatro— dice que en cualquier estrella hay más luz que en nosotros y es curioso, porque ya lo sabemos, pero ella lo dice dando por hecho que en realidad, lo normal, sería que nosotros —tú y yo— tuviéramos más luz que una estrella y, de no ser así, es decepcionante: ahora me mataste la lumbre. La luz para la poeta es inválida, aunque sea la luz de tus manos —treinta y cinco—, es mortal, y el cuerpo vano —cuarenta y uno— se baña cada día sin luz; se sueña —cincuenta y siete— sin luz, apenas, sin aliento. Y cuando ella cierra los ojos —página sesenta y seis—, se convierte en la sin luz. Pero es todavía mucho peor cuando la luz es —setenta y uno— sucia sucia sucia o cuando está harta; o cuando la tarea es —ochenta y cuatro— sin luz, como en la página ochenta y siete. En fin, para Idea Vilariño la palabra «luz» no encarna ni mucho menos lo que nos despierta a los demás. Para ella la luz es un haz de espadas —noventa y cinco— lo mismo que el aire, y es dura —ciento cinco— y está enclaustrada —ciento seis— y se debe soportar —ciento trece— y forma pingajos diversos —ciento veinte— y nos ahoga —ciento cuarenta y tres— y es interminable —ciento cuarenta y siete— y se acaba cuando son las nueve —ciento setenta—; y es también un liviano pájaro que arde y se nos escapa en un gemido —doscientos dos— y un jirón que se vomita con babas de oro y piedras de agua —doscientos veintisiete—. Y cuando la luz es luz y es de oro —trescientos veintidós—, dios mío, entonces, se va con el sol.

6 pensamientos en “Idea Vilariño, enclaustrada en su luz

  1. ¡Qué bien me vienen siempre tus entradas, Jenn! En Idea Vilariño llevaba yo un tiempo pensando, con ganas de emprender la lectura de un libro suyo. Esta referencia a la Poesía Completa me sirve como gran referencia.

  2. Pues qué bien, Raquel. Te recomiendo muchísimo la poesía completa. Creo que vale la pena comprar este libro. No recuerdo el precio, pero claro, no deja de ser un Señor Libro con toda la obra de una poeta. También tengo uno que publicó Visor (que creo que se llama “Vuelo ciego” o similar), pero creo que vale la pena lanzarse con éste. Ya me contarás.

  3. Desde luego, las palabras iluminan.

    Me ha encantado la entrada de Mercé Rodoreda. Fue un placer leer, hace tiempo ya, La Plaça del Diamant.

    Besos, me quedo.

  4. Muchas gracias. Me alegro de la luz y del diamant. A mí también me gustó, y además vi una película, o una serie o no sé, y además me gusta cuando veo la estatua de Gràcia. Y además me gusta que te quedes, así que me gusta todo.
    Un beso.

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