A mí, honestamente, lo que me gusta es poner la mesa. Me encanta. Elegir qué platos van mejor con el mantel. Doblar cuidadosamente las servilletas. Nunca sé muy bien en qué orden van los cubiertos, así que aplico un criterio puramente estético. Qué más da, la gente que se sienta a mi mesa tampoco creo que se dé cuenta. Me gusta comprar jarras de agua, y los vasos a conjunto. Me fascinan las tacitas, con sus platos, las cucharas diminutas reposando a un lado. Las bandejas. Las fuentes. Tener un pequeño cesto para las rebanadas de pan: eso me encanta. Incluso, cuando he tenido mesas grandes, he puesto unas velas para dar ambiente. Y aunque enseguida se va de la mesa, a veces hasta he puesto unas flores frescas en el centro. Me encantaría una mesa redonda, de madera buena, para que todo el mundo pueda hablar y mirarse a la cara mientras desayuna, come o cena. Nunca he tenido una redonda, siempre han sido rectangulares. Ovaladas, como mucho. En mi mesa, si puedo evitarlo, no hay plástico. Eso significa que luego siempre hay muchos cacharros para fregar, pero es que después de poner la mesa, lo segundo que más me gusta es fregar los platos cuando todos los invitados se han ido. Poner la mesa siempre ha sido mi tarea doméstica preferida. Así fue como supe que me había enamorado. Porque de pronto lo que yo más quería era cocinar. Nunca quiero cocinar, pero en aquella época tenía muchas ganas de hacer la compra, de elegir bien todos los productos, lo más frescos posibles. Que, como en la mesa, hubiera el mínimo de plástico en mi canasto. Comprarlo todo, trocearlo todo, salpimentarlo todo, prepararlo todo, cocinarlo todo, disponerlo todo.
Y aquello —lo de estar enamorada y lo de ponerme a cocinar— se fue extendiendo por toda la casa, como una nube. Me gustaba, mientras duró aquel amor, tenerlo todo muy bien cuidado. Hay personas que provocan eso en ti, que quieras tenerlo todo perfecto para su llegada. Prepararlo todo como si fuera una visita oficial de la Casa Real de Inglaterra. Creo que fue cuando comprendí la necesidad de nuestras madres y abuelas por tener un ajuar, o tener la cubertería de Navidad. Para qué va a querer una tener unos cubiertos que sólo utiliza una vez al año. Pues para el amor, para qué si no. Eso lo comprendí en aquellos días. Me gustaba tener la compra hecha. Hasta tenía una lista con todo lo que mi nevera reclamaba: desde cuándo mi nevera reclamaba nada, si siempre había estado llena de plásticos. Con aquel amor descubrí que me gustaba llenar las jarras de agua. La de fuera de la nevera y la de dentro. Tenerlas siempre llenas. Antes de aquel amor, cómo decirlo, a veces guardaba la jarra y le quedaban dos dedos de agua porque me daba pereza. Eso es lo que hizo aquel enamoramiento conmigo: sacudirme la pereza. Tenía el aspirador siempre con batería, ¿se entiende hasta dónde alcanzaba aquel amor? Ni siquiera llegaba a reverdecerse la alfombrilla de la ducha, esa alfombra asquerosa que estuvo limpia una semana y ya para siempre se vuelve una pieza útil pero sucia en parte. Cuando definitivamente asumí que aquel amor había hecho una tranformación en mí, fue el día que bajé la basura antes de que fuera necesario, por el placer de tener el cubo más limpio. Cómo vas a querer tener el cubo de la basura limpio: tú estás, perdona que te lo diga, loca perdida.
No sólo me gustaba cocinar o llenar las jarras de agua. Me gustaba ir al aeropuerto a recogerlo cuando llegaba de viaje. Aquella era mi idea del amor: que no tuviera que preocuparse por coger un autobús o, en el peor de los casos, un taxi. Saber si le gustaba o no el maíz, para poder ponérselo en la fiambrera que le había preparado para comer juntos en cualquier banco. Me gustaba que las palabras tuvieran doble significado para nosotros. Y que algunas nos dieran la risa sólo con pronunciarlas. Me gustaba no subir al coche inmediatamente, por el placer de podernos saludar fuera de él. Me gustaba comprar las cosas que le gustaban. Sobre todo me gustaba que el supiera qué comprarme a mí. Que me trajera regalos de aquellos viajes, que me los diera en el coche cuando le iba a buscar al aeropuerto, justo antes de comernos las fiambreras que yo le preparaba con maíz, porque sí, le gustaba. Así era aquel amor. Lo que más me gustaban eran sus ojos cuando se reía. Me gustaban tanto como poner la mesa, como elegir los platos, como ser una anfitriona perfecta de mi propia vida, y disponerlo todo para que él estuviera a gusto. Eso es lo que yo más quería de aquel amor, que estuviera a gusto sentado a mi mesa, porque yo la había puesto para nosotros.
