Que te vean

En català, al Catorze.cat

Una quiere, al salir del colegio, levantar la vista y que ahí esté la hermana, que ha ido a buscarla para llevarla a casa. Antes de que eso suceda seguramente hemos querido que nos atiendan al llorar. Hemos aprendido que así funciona: una llora, a una la miran. Los motivos pueden ser cualquier cosa: que tiene el pañal empapado, o que tiene hambre, o simplemente que requiere un poco de caso. Aburrimiento. Cualquier cosa. Después una quiere ir por el pasillo de su casa, el día de su cumpleaños, echarse a andar por primera vez de forma autónoma, y que la miren. A lo mejor da un gritito, o llama la atención de algún modo. Ese día todo el mundo la mira, porque es su primer cumpleaños y lleva un vestido azul con cuello blanco, y unos zapatos negros de charol con calcetines blancos de puntilla y una horquilla en el pelo muy bonita. Va por el pasillo y la miran. Si se va a echar una a caminar, mejor que alguien lo haya visto. Después una ya no necesita la mano de nadie para caminar, ya no necesita que nadie le quite el pañal porque ya no hay pañal. Empieza a moverse por el mundo con soltura y entonces hay que verbalizarlo todo.

—Mira, mamá.

Mira mamá cualquier cosa: que se ha acabado la comida del plato, o que no se ha acabado la comida del plato pero que ha cumplido con las tres últimas cucharadas que se han negociado. Que ya se ha puesto el pijama. Que ha acabado el puzzle que le regalaron. Que se sabe llevar la bicicleta con ruedines, que se sabe llevar la bicicleta sin ruedines. Mira, mamá, que se ha aprendido a saltar a la comba. O mira, mamá, los Reyes han traído lo que una quería. A la salida del colegio, el día que se vuelve de las colonias, al sacar buenas notas, cuando se gana un premio infantil por un poema, cuando se recibe un diploma de natación. Mira, mamá. Mira, abuela. Mira, hermana. Toda la familia tiene que mirar, porque si no mira, es como que una no se ha acabado la comida del plato, no se ha terminado las últimas tres cucharadas, no se ha puesto el pijama, no ha acabado el puzzle, no va en bicicleta con y sin ruedines, no sabe saltar a la comba, no le han traído nada los Reyes. 

Al principio no cuesta nada pedirlo. Nacemos con el ansia de ser vistos, y a la mayoría de nosotros, mucho o poco, unos u otros, nos miran. Primero a golpe de llanto, después solicitando de forma insistente. Después ya no se conforma una con que la miren los de su casa. Va al colegio y quiere que la mire la profesora. Quiere que la mire su amiga. Quiere que la mire la rival. Quiere que la mire una desconocida en el parque, porque ha aprendido a hacer el pino puente y estaría muy bien que esa niña de ahí delante, que a veces se encuentra con ella en el edificio de sus abuelos, sepa bien de esa habilidad suya que acaba de descubrir. En cuanto nos miran fuera de casa, nos damos cuenta: el pudor ya no nos permite solicitarlo. Una no quiere pasarse el día diciendo: mira, amiga; mira, profesora; mira, rival; mira, niña desconocida. Quiere ser vista, pero no quiere pedirlo. Se descubren otros métodos.

—¿Tú sabes hacer esto?

Y se cuelga una de la barra del parque, por las piernas, como un mono. Van pasando los años y las fórmulas van cambiando. Ya no lloramos, ya no pedimos, ya no preguntamos si los demás saben o no saben hacer tal cosa. Ahí viene la prueba de verdad porque la crueldad del mundo se abre ante nuestros pies. El mundo, los demás, no mira cualquier cosa. Hay mucho que mirar y no todo —te das cuenta— es igual de apetecible. Empieza la competencia, empieza la oferta y la demanda. Los sesgos en el mirar. Una intenta encajar, adaptarse para que los demás quieran mirarla y así permanecer en el grupo de los que son vistos. Incluso esa etapa se acaba. Nos volvemos selectivos y aprendemos que no vale cualquier mirada. Que tampoco sirve de mucho acomodarse a la mirada de los demás, porque entonces lo que va a ser visto no es exactamente lo que una es. Mejor cambiar de estrategia. 

Quiere una que, como en el colegio, la vengan a buscar al trabajo. Que alguien se acuerde de su comida favorita. Le gustaría mucho que se acordaran de sus alergias. De qué la hace reír. De las cosas que ha contado. De sus miedos. Le gustaría a una que le acertaran los regalos de Navidad. O que se den cuenta de que te mueres de ganas por esa pieza de cerámica pero te da vergüenza admitirlo. Le gustaría a una que le compraran la pieza de cerámica sin pedirlo. Con el tiempo, ser vista se ha complicado mucho. Se ha puesto raro: ya nadie quiere mirar nada. Todo el mundo anda demasiado ocupado con su ombligo. La vanidad, el ego. El mundo a toda hostia. Todo cambia. Cómo van a mirarte. Y de pronto, sucede. Casi había creído una que era invisible. Resulta que no: que había alguien observando la cadenita de plata que lleva en la mano y con la que juega desde hace un rato, porque se le ha roto. De pronto alguien decide contarle los lunares del brazo: seis. A alguien le gustan sus mejillas. Nadie, nunca, le había hablado de sus mejillas. 

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