Ayer dormí con mi abuela. No en su casa, sino en su cama. Dormí en el lado de mi abuelo, que no es el lado de nadie desde hace ocho años. De nadie en absoluto, porque mi abuela, por lo visto, no rebasa la línea imaginaria que existe en esa cama desde hace décadas. Cuando me tumbé en su parte, fue automático: recordé cuando mis abuelos me ponían un colchón en el suelo, en el lado de mi abuela. Por la mañana, cuando uno de los dos se despertaba, me subía a la cama grande. El cabezal tenía una radio incorporada. Había un dial y unas ruedecitas para cambiar de emisora. Supongo que es el equivalente a que ahora muchos nos vayamos a dormir con un podcast de fondo. Mi abuela me dijo ayer en la cama que les encantaba poner la radio. Yo recuerdo ponerla, recuerdo jugar con las ruedecitas del sintonizador y del volumen. Recuerdo el ruido blanco entre cadena y cadena.
Recuerdo también una canción que me cantaba mi abuelo siempre: «la zorrita mamalutera / harta de vino / montá en caballera». Hace algún tiempo, buscando a ver de dónde salía aquella canción, supe que era de un cuento extremeño. Hoy, al llegar a mi casa, lo he vuelto a buscar. Existe una recopilación de la Diputación de Badajoz de cuentos extremeños de animales recuperados. Aparecen en esos cuentos lobos, zorras, cigüeñas, mochuelos, cabras. Paisaje extremeño por excelencia. En el cuento de la zorrita mamalutera, un lobo y una zorra querían comerse las migas de unos pastores. Y cuando quieren cruzar el río, están hartitos. En la canción de mi abuelo, la zorrita mamalutera está harta de vino. En la del cuento recuperado en esa edición, está hartita de migas. En cualquier caso, vino o migas, esa imagen forma parte de mi infancia. Mi abuelo murió, tiraron el cabezal de la cama y un millón de cosas más han cambiado, pero puedo tararear la zorrita mamalutera sin dudarlo, porque mi abuelo la canturreaba como un hilo musical cotidiano.
Hay un sonido que, como esa cancioncilla, también tengo asociado a mis abuelos, a Extremadura y a la infancia: el de la chicharra. Calor, siesta en la casa del pueblo, infancia: y de fondo, la chicharra. Hace unos días, caminando con Lorena —que también me conecta a Extremadura y al pasado—, me contó que la chicharra puede llegar a estar dieciséis años debajo de la tierra. Sale dos semanas, se aparea y muere. Así que cuando se pone un poco insistente y charlatana, no hay que quejarse: la pobre lleva en silencio una barbaridad. Así es un poco nuestra amistad. Durante el año, a distancia. Y cuando nos vemos nunca es para un ratito, como con el resto de mis amigas. Pasamos de no vernos a convivir, y se nos va la fuerza por la boca como a la chicharra. Los días que pasamos juntas no hay quien nos calle, son nuestras horas. Las horas en que ponemos nuestra amistad al sol, la sacamos de debajo de la tierra. Casi siempre en verano, también.
Cuando oigo el canto de la chicharra, siempre pienso en el pueblo extremeño en el que he veraneado desde que tengo cuatro meses. Nací en abril y aquel agosto ya me metieron en el coche para cruzar media península. Lorena ha pasado una semana en la costa catalana, donde sus padres vinieron de viaje de novios al casarse. Hemos comido muy bien, dormido un montón de horas, paseado por mis pueblos preferidos. Le he mostrado y contado cada rincón querido, le he hablado de los «pixapins» y del «seny i la rauxa», le he compartido parte de mi paisaje: del que se da en mi vida cuando nuestra amistad está bajo tierra, justo antes de que estalle nuestra conversación como la de la chicharra.
