La noche infinita más corta

Me mordía las uñas y eso que llevaba braquets. Las primeras semanas pensé que sería el momento de dejar aquella manía tan fea, esos dedos tan feos con las uñas prácticamente inexistentes, pero pronto desarrollé una gran habilidad para seguir haciéndolo pese a lo aparatoso que era tener aquellos diminutos cuadrados en cada pieza dental. Salvo el día que decidían acortar el hilo de hierro para que la dentadura se alineara. Aquellos días no sólo no podía morderme las uñas, sino que apenas podía pensar. Ayer en el coche recuperé el hábito, al menos de forma parcial, porque llevo muchos años sin moderme las uñas, pero más de la mitad de la vida haciéndolo: de vez en cuando me paseo los dedos por los labios para calmar la ansiedad, y si tengo una uña astillada, me recreo en ese pico. Como estaba nerviosa, lo hice hasta destrozarme el esmalte. 

En aquella época me mordía las uñas, llevaba braquets, en mi documento de identidad decía Jennifer, con todas las letras, y pensaba en castellano. Tenía dieciocho años. Había acabado la selectividad, no tenía carnet de conducir ni coche. Tenía una maleta nueva, que había metido en un autobús Alsa con dirección Bilbao. Ya no me muerdo las uñas ni llevo braquets, en mi documento pone Jenn, sin todas las letras, y pienso invariablemente en catalán y castellano. En función de dónde, cómo y con quién esté, la lengua se elige sola. Tengo treinta y ocho años. También tengo carnet de conducir y coche, y mi maleta amarilla iba medio vacía atrás, en el maletero. Janina, antes de despedirse de mí en Donosti, me dijo: que encuentres lo que sea que andas buscando. Le dije: ojalá. Ojalá saber lo que ando buscando, quería decir.

De pronto, metida en el coche, aparece el cartelito dichoso y me echo a llorar: Castro Urdiales Santander. Eso me ha dolido, supongo que lo que ando buscando es el dolor, para repararlo de algún modo. Eso es lo que tengo que averiguar, cómo se repara un dolor antiguo y uno nuevo a la vez, dolores distintos metidos en este cuerpo de treinta y ocho que arrastra al de diceciocho. Sigo lloriqueando y otro cartel se me viene encima: Cantabria infinita. Joder, me digo. Infinita. Joder, espero que no. Espero que no sea infinita, joder, sólo me faltaba eso. Pero ya estoy ahí, ya no puedo seguir moqueando y quitándole hierro a la situación, porque la salida ciento cuarenta y siete es la mía, ésta es la mía, allá voy, no recuerdo nada pero es normal porque siempre iba en autobús, una no se fija en el número de la salida cuando no tiene que decidir tomar esa dirección. Madre mía, ya estoy aquí. Pienso todas las cosas que acabo de escribir: que tenía braquets, que me mordía las uñas, que me llamaba Jennifer, que mis padres me compraron una maleta grande para mudarme a Castro Urdiales, que me mudé a Castro Urdiales, que han pasado veinte años exactos y ya el tema de las uñas y los braquets y el nombre y todo lo demás ha cambiado. No había vuelto a pisar este lugar y, joder, mira, la fábrica.

Eso es lo primero que me regala la salida ciento cuarenta y siete: Anchoas Lolín. La verdad, no recuerdo si antes de trabajar en aquella fábrica me gustaban las anchoas. Lo que sí sé es que desde que trabajé ahí no he vuelto a probarlas. El día que nos mostraron las instalaciones, justo antes de entrar a la zona de trabajo, nos advirtieron: el olor es un poco fuerte, pero después te acostumbras. El olor a anchoa concentrado nos dio una bofetada y nos llevamos la mano a la nariz y la boca, pero es verdad que nos acabamos acostumbrando. Me vuelvo a echar a llorar. Desde luego tiene toda la pinta de que esto es lo que andaba buscando: llorar. Echarme a llorar a cada rato. A lo mejor lo que quiero es llorar por los motivos correctos, y no por los que lloré hace veinte años. No tengo ni idea. Lo que vino a continuación fue una hora, una hora con todos sus minutos, buscando aparcamiento. Dejé de lloriquear. Ahí vino lo primero que no andaba buscando: no reconozco ni una calle. Nada. No me suena absolutamente ninguna de las calles que recorro una y otra y otra y otra vez y ahí está otra vez ese párquing sin sitio, y toda la zona azul, mierda, me he vuelto a meter en la zona roja para residentes, y dónde estará el barrio en el que yo vivía y, bueno, me voy a meter por aquí y joder: el mapa me marca que he entrado en Avenida de la Libertad. Eso sí lo andaba buscando: viví ahí. Siempre me pareció un poco macabro vivir en la Avenida de la Libertad, creo que por eso retuve el dato. Voy buscando aparcamiento pero también intentando reconocer algo. No reconozco nada.

Ahí, en medio de dos hileras de coches perfectamente aparcados, en todo el medio, un coche azul ha decidido abrir un aparcamiento ilegal. Le siguen otros coches y les pregunto.

—Oye, si lo dejo aquí, ¿se lo pueden llevar?

—Nosotros hace tiempo que vivimos aquí y no, no se lo llevan, pero alguna vez te dejan una receta. A ver, casi nunca multan, pero basta que te diga que no multan para que te multen.

Los miro y pienso que si viven aquí puede que fueran vecinos míos y, en fin, quizá también ando buscando eso. La noche que grité nadie vino a socorrerme, nadie llamó a mi puerta, nadie avisó a la policía. Siempre pensé en mis vecinos, en todas las personas que obviaron aquel grito. A lo mejor ando buscando humanidad en esta calle, un poco de ayuda. No lo sé, pero dejo el coche ahí. 

—No se lo llevan seguro, ¿eh? Que mañana me vuelvo a Cataluña.

Y me aseguran que llevárselo no se lo van a llevar y menos una noche de fiesta porque es San Juan y menos un coche de fuera. Me dicen mis hipotéticos vecinos que si ven que el coche no es de ahí, no lo multan para no dar mala impresión al turista. Ah, vaya, aquí soy la bienvenida, no con en mi barrio de Barcelona. De acuerdo, dejo el coche ahí mal aparcado como han aparcado mal muchas personas que viven en esa calle. Me comporto como los coches de aquí, a los que no les importa causar mala impresión. Finjo absoluta normalidad. Empieza, entonces, un juego raro. Observo todos los edificios de la avenida, pero no me suena ninguno. Lo primero que pienso es que quizá me inventé el nombre de la calle porque quedaba bien vivir en la Avenida de la Libertad y tener cualquier cosa menos libertad. Le mando un mensaje a mi hermana y ella también cree que vivía en esa avenida. En fin, será cuestión de darse una ducha y empezar a explorar.

Hace veinte años ya tomaba fotografías. No tenía una cámara tan buena como ahora, pero todo lo que recuerdo de Castro Urdiales es porque se convirtió en una fotografía. Me echo a andar en dirección al mar porque recuerdo unas fotografías de barcas. De camino, nada. Como si fuera una ciudad completamente desconocida. Llego a las barcas y me digo que, bueno, que no recordaba así las barcas, pero les saco una fotografía. Veo calles, plazas. El mar. Y un montón de jaleo porque es fiesta. A lo lejos, lo único que recuerdo: el paseo por el que caminaba cuando ya no podía más. Algunas veces llamaba desde ahí a mi hermana. Hace veinte años me echaba a caminar para bajar el disgusto y lo sigo haciendo. Veo el lugar que me calmó hace veinte años y decido seguir el mismo recorrido. Hay gente paseando, gente tomando algo, gente charlando. Unos niños saltan al agua desde una altura considerable. Veo el faro, veo la iglesia, veo el castillo. Lo único que recuerdo es lo que puedo ver desde el paseo por el que andaba desconsolada. Qué andaría buscando entonces. Sigo hablando a distancia con mi hermana, porque he preguntado a dos o tres personas por unas escaleras con mucho desnivel que me llevaban hasta mi casa, pero todo el mundo parece no conocerlas. 

—Había unas escaleras, ¿no? 

Sí, mi hermana se acuerda perfectamente de las escaleras y desde su casa las anda buscando, como yo. Me las señala en el mapa. En cuanto termino mi paseo, me dirijo de nuevo a la Avenida de la Libertad. Hay unas escaleras, pero no las reconozco. Estaba convencida de que en cuanto pisara Castro Urdiales me vendrían todos los recuerdos, todas las calles, todos los comercios, todos los itinerarios. Es increíble pero no recuerdo nada, absolutamente nada. Voy a ciegas por la ciudad en la que viví hace veinte años, a la que he llegado buscando algo que no sé. 

—Son ésas.

Mi hermana me dice que sí y las empiezo a subir. No reconozco la zona, no reconozco las escaleras, no recuerdo nada, pero, bueno, a mano izquierda, siguiendo el sendero de las escaleras, hay una rampa muy empinada y la recuerdo: cuando salía a comprar, intentaba subir el carro por ahí. Han puesto un ascensor, pero subo las escaleras por si se despierta algún recuerdo. No, nada. Cuando llego al final de las escaleras, no tengo ni idea de qué hacer. Le vuelvo a pedir consejo a mi hermana. Parada en medio de la famosa avenida, la pregunto si derecha o izquierda. Finalmente, voy a la derecha y llego a una pequeña subida. Tengo una ligera intuición: mi calle tenía una pequeña subida, aunque la que recuerdo no se parece en nada a ésta. Aun así, empiezo a caminar en esa dirección con cara, supongo, de andar muy perdida. De buscar algo.

—¿Buscas algo?

Un chico con su perro me habla. Me justifico por si cree que estoy haciendo algo sospechoso. Le cuento que hace veinte años viví en esta calle pero que no me acuerdo de nada. Me detengo frente a un portal que supongo que debe de ser el mío. Veo el número tres: pensé que vivía en el veintitrés pero es el trece. El chico me dice que no me preocupe, que en veinte años la zona ha cambiado mucho.

—Tengo cuarenta y dos años y llevo cuarenta y dos años viviendo aquí y ha cambiado mucho, no te preocupes.

Un señor en una azotea nos habla a los gritos. Quiere saber si me pasa algo, qué necesito.

—¡Que hace veinte años vivió aquí! ¡Pero que no se acuerda! ¡Ya le he dicho que ha cambiado mucho!

El hombre no se entera de nada pero quiere participar de nuestra conversación, que se alarga más de lo previsto. El chico me cuenta cosas de la calle, de la zona, de los cambios. Le pregunto por la fábrica y me dice que la cerraron. Le pregunto por un restaurante de carretera en el que trabajé y se vuelve hacia el hombre de la azotea:

—¡Trabajó en el bar de Saltacaballo! ¡Sigue ahí, ¿verdad?! 

El hombre de la azotea no se entera. Sugiere llamarlo por teléfono para contestar la pregunta que no atina a escuchar, pero me doy cuenta de que quizá me tomo la molestia de acercarme al restaurante y lo paso de largo porque no lo recuerdo. Le digo que no se preocupe, que era curiosidad. Me pongo delante del portal y le digo que sí, que creo que viví ahí, pero que no estoy demasiado segura. Le saco una foto para mi hermana. Me vuelve a decir que no me preocupe si no me acuerdo, es que la zona ha cambiado mucho. Le doy las gracias y me despido.

—Bueno, muchas gracias, muy amable. Parece que fuimos vecinos hace veinte años, ¿eh?

Vuelvo a bajar las escaleras y sigo sin reconocerlas. Las bajo convencida de que son las que recuerdo, pero sencillamente no son como las recuerdo. Nada, ni una calle. No reconozco nada. Lo que yo quería, lo que andaba buscando, era conectar algunos recuerdos, por si podía darles una nueva vida. Sustituirlos. No va a poder ser, porque han desaparecido del registro. Se han traspapelado. No hay nada. Donde hubo aquel dolor ahora no hay nada. Pensé hace semanas que era una buena idea llegar la noche de San Juan, así podría quemar los recuerdos, pero mi memoria se ha encargado de hacerlo a lo largo de estos años y no queda nada por quemar. Qué sorpresa, qué extrañeza haber borrado la puerta que abría a diario para entrar a mi casa. No hay nada que quemar, es increíble. A estas alturas ya sólo me quedaba un consuelo: que había llegado a Castro Urdiales la noche más corta del año. Al menos no va a ser infinita. Joder, no, sólo me faltaba eso.

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