Una buena vida

Relato que aparece en la antología italiana
‘Fronteras, viaggi dal mondo ispanico’.
A cargo de Giovanni Gemito e Ilaria Manco.

Mi madre dijo que nos íbamos y cuando pregunté por qué, me dijo que para tener una vida mejor, y cuando pregunté mejor que la de quién dijo que mejor que la nuestra, pero a mí nuestra vida me parece la mejor vida que se puede tener, porque por las mañanas mi abuela viene a mi casa porque no tiene trabajo y dice que yo soy su obrera y me prepara el desayuno, pone la leche templada siempre en la misma taza y cuando le doy el primer sorbo siempre me pregunta si quema, nunca, pero nunca, que yo recuerde, la leche ha quemado, pero mi abuela siempre me lo pregunta… a mí me parece que eso es una vida bastante buena; después mi abuela me peina y yo ya estoy vestida y nos vamos hacia el colegio, que está a dos manzanas de casa, me dice que en nada ya no necesitaré que me acompañe y que le dará pena, porque soy su obrera, pero creo que puede acompañarme al colegio igualmente, aunque ya sea mayor, qué más da… me parece que eso es también una buena vida; después estoy en el colegio con mis amigas y con mis amigos y también con otra gente que no son amigos ni amigas mías pero con los que paso el día porque en todas las vidas, las buenas y las malas, pues tienes que estar con gente a la que no conces y a veces incluso con gente que ni siquiera te cae bien, a mí la mayoría de la gente de mi colegio me gusta, me cae bien, me llevo bien con todo el mundo menos con una persona de la que no diré el nombre porque lo estropearía todo… pero incluso con esa persona, incluso así, a mí me parece que tener un colegio y que casi todo el mundo te guste es una vida buenísima; después por la tarde a veces me tengo que quedar sola por la calle hasta que mi madre llega del trabajo, de uno de los tres trabajos que tiene, porque no siempre los horarios coinciden y a veces me tengo que esperar, pero no me importa porque siempre tengo alguna cosa que hacer, por ejemplo veo pasar a la gente, o leo, o juego, o me invento cualquier cosa, y si mi abuela no tiene que hacerse cargo de mi abuelo pues me viene a buscar ella y lleva a la obrera, que soy yo, hasta casa a esperar a mi madre… cuando mi madre llega yo procuro estar ya duchada y cenada, a veces el agua sale congelada pero a mí el agua no me ha gustado nunca caliente así que tampoco eso haría que mi vida no fuera de las mejores; si mi madre puede venir a buscarme, vamos paseando tranquilamente hacia casa y a veces pasamos por la frutería y la frutera, que es amiga de mi madre porque se conocen desde que son pequeñas, nos dala fruta fea, la llaman así, fruta fea, porque no tiene buena pinta y la gente no la compra, y como no la quiere tirar porque a la amiga de mi madre le da pena, nos la da a nosotras porque dice que tengo que comer fruta y a mí no me importa que sea fea, no creo que haya fruta que sea fea o que sea bonita, a mí me parece más bien que la fruta está buena o mala, y la fruta que nos da la amiga de mi madre está buenísima por más fea que le parezca a otra gente, porque la gente a veces tiene unas ideas un poco estrambóticas, que es una palabra que a mi abuela le encanta decir y que yo pues también la digo… creo yo que tener buena fruta y que además te la regalen es de tener una vida pues la verdad que bastante buena, yo sé que nos regalan la fruta porque no tenemos mucho dinero y que a la frutera le damos pena la fruta fea y yo y por eso nos la regala, nuestra vida sería una vida mucho peor si no tuviéramos a la frutera, pero es que sí que la tenemos. Eso es lo que pasa entre semana, pero después están los fines de semana, que todos son diferentes y eso también significa que nuestra vida está de lo más bien. Algunos fines de semana me quedo en casa sola por lo de los tres trabajos de mi madre, y la vecina de arriba se pasa a verme algunos ratos, me trae la comida, la cena, por la tarde a veces me deja subir con ella a la azotea del edificio y miramos lo que pasa en la ciudad y a veces no pasa nada y también es bonito mirarla, desde la azotea veo la frutería por ejemplo y cuando veo a la amiga de mi madre grito su nombre y ella ya sabe que es porque estoy en la azotea con la vecina y alza la vista y me saluda con la mano, eso es algo que no todo el mundo tiene y a mí me parece que es para estar contenta. Los fines de semana que mi madre puede librar y quedarse en casa sí que son fines de semana de verdad, fines de semana de una vida que podría repetir hasta el infinito, porque algunas veces salimos a pasear y caminamos tanto que parece que hemos cambiado de ciudad, parece que estamos en otro país incluso, porque todas las calles son distintas y las caras de la gente son diferentes y no reconozco a nadie. Así es como creo que será mi nueva vida, la vida que mi madre dijo que era una vida mejor. Ir todo el día por la calle y que todas las calles sean desconocidas y que todas las caras sean desconocidas, a mí eso no me parece que sea una vida mejor, me parece todo lo contrario. Mi madre dice que podré hacer amigos nuevos en el colegio y para hacerme un poco de trampa me habla de esa persona de la que no he dicho el nombre para no estropearlo, me lo dice porque sabe que me gustaría que esa persona se largara bien lejos… eso es precisamente lo que yo quisiera, que esa persona se largara, no largarme yo. No se lo puedo decir mucho porque cuando se lo digo se echa a llorar, y si hay algo que hace que mi vida sea una vida malísima es ver llorar a mi madre, así que no le digo que no quiero irme.

Me di cuenta de que no podía soportar que mi madre llorara porque hace algunas semanas la vi llorando en casa de la vecina. Habíamos ido a la azotea como los fines de semana que me quedo sola, y después cuando me acompañó hasta la puerta de mi casa me quedé unos segundos en la entrada, sin pasar, no es que no quisiera volver a mi casa o estar sola, porque estoy acostumbrada a estar sola y no me pasa nada, no tengo miedo, cuando era más pequeña a veces me daba miedo porque de repente, crrrrrec, hace algún ruido extraño la casa, pero casi siempre es una madera crujiendo, así que no era por eso. Me quedé un momento quieta porque en mi casa hace frío y estaba preparándome, ya había empezado la época del año en la que tengo que estar con el abrigo y los guantes y la bufanda dentro de casa, pero no pasa nada, hay gente que ni siquiera tiene casa ni abrigo ni guantes ni bufanda, no me parece que eso sea suficiente para pensar que tenemos una mala vida… pero me quedé unos segundos quieta y entonces la vecina preguntó qué me pasaba, si me daba miedo, entonces yo le dije la verdad, que no tenía miedo porque casi todos los ruidos tienen la misma explicación y es la madera crujiendo; entonces me preguntó por qué no entraba y le dije que sí que entraba, que sólo habían sido unos segundos, pero insistió tanto que al final le tuve que decir que en casa teníamos un poco de frío, y que cuando no oía a nadie en las escaleras del edificio, me salía fuera, porque con las estufas de las casas de los demás a veces en los rellanos se está bien, y si oigo la puerta de abajo me vuelvo a mi casa. La vecina dijo, pobre niña, y se me llevó con ella y le dejó una nota a mi madre diciéndole que pasara a buscarme a su casa que estaríamos allí. Mi vida es tan buena que aquella noche cené la mejor sopa que me he comido en mi vida, y mira que mi abuela hace una sopa riquísima, pero la de mi vecina de arriba es de otro mundo, y estaba tan caliente que casi me quemo la garganta pero me gustó muchísimo, me encantó. Tanto, que me quedé dormida en el sofá esperando a mi madre, y fue entonces cuando la vi llorar, porque llegó del trabajo y estuvieron hablando y al principio yo oía la voz de mi madre pero el sueño era tan profundo que no podía despertarme, yo le decía a mi cuerpo, despierta despierta, pero es que no podía. Cuando al final pude, abrí un poco los ojos, lo justo para que pareciera que seguía durmiendo y poder ver alguna cosa, y entre las pestañas negras negrísimas, que mi abuela dice que no ha visto unas pestañas más negras que las mías, pues entre las pestañas pude ver cómo mi madre se echaba a llorar sobre el hombro de la vecina, que la pobre no sabía dónde meterse, que ya bastante había tenido con sacarme a la azotea y darme sopa. Pero nuestra vecina es una buena vecina y ahora tengo miedo de que no todas las vecinas sean como ella, es que seguro que no son como ella porque ahora ya sé cómo es su sopa y dudo mucho que haya una sopa igual en todo el mundo. Imposible. Mi madre le pedía disculpas por haber tenido que hacerse cargo de mí y la vecina decía que no se preocupara, que no tenía nada que hacer y que yo me portaba de lo más bien, no daba ruido, eso es lo que dicen siempre de mí los adultos, es una niña que no da ruido, eso es porque no están dentro de mi cabeza, que todo el día estoy parloteando. No fue entonces cuando mi madre se puso a llorar, sino cuando la vecina le ofreció dinero y mi madre con cara de sorpresa lo rechazó, me sentí mal porque todo aquello fue por el frío y la estufa y aquellos segundos de nada, es que fueron unos segundos de nada, cuando me quedé delante de la puerta. Al final mi madre tuvo que coger el dinero porque aunque no quería, supongo que en el fondo sabía que lo necesitamos y por eso lo cogió y se echó a llorar y dijo que era una buena madre, pero que estaba sola y no tenía más dinero, pero que era una buena madre y que por eso nos íbamos.

Que mi madre es buena es algo que yo ya sabía, es que no hace falta ni que lo diga, lo sabe todo el mundo, la vecina también lo sabe y no hace falta decirlo. Seguí haciéndome la dormida y entre las dos me llevaron a casa en brazos y me pusieron en la cama, y cuando por fin cerraron la puerta pude abrir los ojos y pensar un poco. Lo que estuve pensando es que tenemos una buena vida, que a mí me gusta nuestra vida y que no entiendo por qué mi madre siempre dice que vamos en busca de una vida mejor, a ella no le gusta tener tres trabajos y no le gusta que yo esté sola en casa ni en la calle, no le gusta tampoco que pasemos frío y que en verano pasemos tanto calor, pero eso son cosas que pueden cambiar, con el tiempo las cosas cambian, no te das cuenta y ya han cambiado y no sabes cuándo pasó pero pasó y está bien que pase. Lo que no puede cambiarse es conocer a tu vecina o a la frutera, o ir por la calle y que incluso con los ojos cerrados puedas llegar al colegio, y que tu abuela pueda acompañarte incluso cuando ya no haga falta, y si tu abuelo por ejemplo está enfermo, como el mío, lo puedas ir a ver algunas tardes. Son cosas que pensé aquella noche y que no le conté a nadie porque cuando vi llorar a mi madre el corazón se me volvió duro como una piedra, notaba eso en el pecho, que se me había vuelto una roca pequeñísima y dura y fría y que no podría volver a latir nunca más. Ahora también siento el corazón un poco distinto, no es tan duro ni está tan helado como aquella noche pero tampoco es el corazón que siempre he tenido, el que yo conozco, es un corazón que sabe que mañana debe coger un tren en busca de una vida mejor, aunque sigo creyendo que las vidas mejores no existen y que estaremos todo el tiempo pensando en nuestra vida de ahora y nos daremos cuenta de que la vida mejor era ésta, pero ya será demasiado tarde porque nos despertaremos, tendremos sueño, nos ducharemos por última vez en esta casa y a lo mejor es la última vez que nos tenemos que lavar con agua congelada pero también puede ser que en nuestra nueva vida el agua siga fría; y después nos vestiremos y tendremos frío cuando nos quedemos desnudas, en esos segundos que pasan desde que te quitas el pijama hasta que te pones la ropa del día, pero es que a lo mejor en la vida mejor también hace frío, puede que incluso más; después cogeremos un pedazo de pan y la frutera, de camino a la estación, nos dará alguna pieza de fruta y será bonita, porque me lo ha prometido, que el último día me dará una de las piezas que la gente quiere comprar, y eso quizá no vuelva a ocurrir en mucho tiempo; después nos iremos a la estación del tren y allí todavía hará más frío porque los trenes levantan el aire y tenemos que esconder la cara entera entre los cuellos de los abrigos y las bufandas; pero lo que hará que nuestra vida no pueda ser mejor es que en la estación de tren estará mi abuela, que ya no me acompañará al colegio sino que nos acompañará para decirnos adiós, es lo que me ha contado mi madre, que tenemos que ser fuertes por la abuela y que nos dirá adiós con la mano y que nosotras, ella y yo, mi madre y yo, que buscamos una vida mejor y no la vamos a encontrar, no podremos llorar hasta que arranque el tren y la abuela ya no pueda vernos, porque no queremos que a mi abuela se le ponga el corazón duro como una piedra y se le congele dentro del pecho como me pasó a mi la otra noche. Eso es lo que pasará mañana y mi madre me lo ha ido explicando paso por paso, para que esté preparada, me dice, y que tengo que coger sólo lo necesario para no cargar con demasiado peso, y yo querría meter en la maleta la azotea de casa, me gustaría meter ahí dentro a la vecina y a la frutera y toda la fruta metida ahí entre mi ropa, me gustaría meter las calles de la ciudad y llevármelas, y cuando bajemos del tren en nuestra nueva vida, desplegarlas todas para poder seguir conociendo las calles por las que voy, también me gustaría meter a mi colegio, y a toda la gente que me gusta de mi colegio, incluso podría meter en la maleta a aquella persona porque pienso que quizá, algún día, con el tiempo, no me desagrade tanto, pero sobre todo metería entre mis cosas a mi abuela, que se va a quedar sin su obrera, que soy yo. Pero no pasará nada de eso, ya lo sé. Tampoco vamos a encontrar una vida mejor en ninguna otra parte, porque si eso fuera verdad, a ver por qué mi madre iba a estar llorando esta noche, que la oigo desde mi cama, y también a esta cama la metería en la maleta, aunque sea tan vieja.

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