La costumbre

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Una es a lo que se acostumbra. Eso dice mi abuela cuando llegamos a la Puebla, en cuanto pisamos el suelo que la vio nacer. No sé a cuento de qué, pero me llama la atención la construcción de la frase: una es a lo que se acostumbra. Me la repito despacio: una-es-a-lo-que-se-acostumbra. Tiene razón, es lo primero que pienso. Porque una se acostumbró a venir a Extremadura y es un poco Extremadura. Una se acostumbró a pasar los veranos con sus abuelos y no con sus padres, y es esos veranos. Una se ha acostumbrado a ciertos paisajes, ciertos hábitos, ciertos silencios y ciertas explicaciones, y una es el conjunto de todas esas costumbres. Una ya no es, también. Analizando la forma de la frase, sigo a vueltas con ella. Es la primera vez que conduzco de pueblo a pueblo: del pueblo que me vio nacer, al pueblo que vio nacer a mi abuela. Del tirón, sin parar: como lo hicieron antes, durante mucho tiempo, mi abuelo y alguna vez mi padre. Una se había acostumbrado. Una solía ser una niña que se echaba en el asiento de atrás de un R5 rojo y dormía todo el trayecto. Mi padre, un año, dijo que mi abuelo tardaría menos en llegar a la Puebla si apretaba más el volante. De modo que en cuanto nos subimos a la burra, que es como mi abuelo llamaba al R5 rojo, se lo dije. Le dije que apretara el voltante. A ver qué pasa, le dije. Pensé que la burra se aceleraría de inmediato, pero no fue así. Es muy difícil que yo no sea todas esas historias que me han contado año tras año, la costumbre de recorrer media península en busca del origen de mis abuelos. 

Una es a lo que se acostumbra. Por ejemplo: que no quería parar en las gasolineras y tenían que hacer guardias mientras mis abuelos desayunaban. Esta niña se duerme en la raya de un lápiz es una de las frases que más veces ha dicho mi abuela para referirse a mí. Una es eso. Una es una dormilona. Y sin embargo, cuánto me cuesta dormir algunos días. Así que una no es sólo costumbre, porque la costumbre sencillamente no és estática. Ni siquiera el pasado, aunque lo vayamos fijando a fuerza de repetición. Una es lo que le repiten. Por ejemplo: que en cuanto llegaba a la Puebla, como me había pasado todo el trayecto durmiendo, llegaba tan fresca. Salía del coche llena de energía y según la edad, hacía una cosa u otra. De pequeña, me iba al corral derechita a la cochera, porque allí en lo más alto de una pared altísima, tenían colgada mi bicicleta. Era blanca y tenía unos flecos de colorines pastel en el manillar. En cuanto mi abuelo saludaba a la familia, me la bajaba. Tenía que esperar muchísimo, según me parecía. De más mayor ya no me servía aquella bicicleta, de modo que recorría la calle Badajoz hasta llegar a la esquina: allí vivían mis primas. Las primas. Durante el año no pensaba en ellas. Quizá en setiembre, pero en octubre ya se me olvidaban las cosas que les gustaban, los chicos con los que querían besarse, las vergüenzas por desnudarse delante de mí para meternos en la piscina de plástico que nos montaban sus abuelos en el patio. Una es eso. Pero una, en la adolescencia, un día conoció a los amigos de otro primo suyo, y a partir de aquel verano, las primas desaparecieron de su vida. Fue entonces cuando una conoció a Lorena y se acostumbró a tener una amiga en la Puebla, que luego ha ido viendo en la Puebla y en otros sitios. Una es más su amiga Lorena que las primas, pero supongo que es las dos cosas: el acostumbrarse a la amiga, el desacostumbrarse de las primas.

Paseando hace unos días por Badajoz le conté a Lorena que mis primas me preguntaron un año qué me pondría el domingo. Fue la primera vez que tomé conciencia de que el domingo la gente se vestía distinto. Repasé mentalmente la maleta y la verdad es que no tenía ni idea. Cualquier pantalón, suponía. Las primas dijeron que ellas iban con vestido a ver a su abuela a Montijo. Mi abuelo era de Montijo también, pero mi abuelo ya vivía en Catalunya y la verdad es que siempre se vistió con pantalón de pinza: de lunes a domingo. Pantalón de pinza y camisa. Mi abuela le criticaba que el cinturón le quedaba por encima y le colgaban los pantalones debajo de la panza. Eso sucedía el domingo y siempre. Una es su abuelo subiéndose el pantalón entre risas de complicidad. 

Una a veces no es costumbre, es anécdota: cuando me caí de bruces en el rellano de la casa de la abuela y me reventé el labio. Otra: el año que entró una avispa en el coche y me picó. Otra: que dejé por escrito en mi diario del colegio que la abuela se había caído, y a la vuelta de las clases mi profesora preguntó por el estado de salud de la abuela del pueblo. Nadie se había leído aquellas páginas antes que la profesora. A todo el mundo le hizo gracia. ¿A lo mejor fue ahí el germen de lo que vino, de lo que una ha acabado siendo? Otra: que la señora de la tienda de chucherías decía más cositas con cada gominola que metía en la bolsa, para que los niños continuáramos con nuestra retahíla. Una fresa: más cositas. Y una cocacola: más cositas. Y un chicle de melón: más cositas. Así que a veces durante el año lo decíamos en casa: más cositas. 

Una es a lo que se acostumbra. Qué pasa cuando una se niega a ser las costumbres heredadas: más cositas. Una es un montón de cositas. Cositas que jamás imaginó que sería. A veces entre costumbre y costumbre, se rompe algo. Y se pasa una un tiempo algo perdida: decidiendo, con toda solemnidad, a qué quiere acostumbrarse, porque sabe que en la elección de la costumbre se esconde una nueva identidad. Eso pensé de vuelta, recorriendo los mil quilómetros que separan el pueblo que vio nacer a mi abuela del pueblo que me vio nacer a mí: que mientras una pausa la costumbre antigua y empieza a desacostumbrarse, y mientras una busca su nueva costumbre, hay un tiempo por el que se cuelan lo viejo y lo nuevo. Una es sobre todo esos momentos de tránsito, de cambio. Por ejemplo: siempre fui llevada a la Puebla, pero eso ya hace mucho tiempo que no ocurre. Cuando mi abuelo dejó de conducir, se acabó la costumbre para todos. La sorpresa es que esta vez he sido yo quien ha conducido. Mi abuela dice que quien conduce, manda. Quien lleva el coche, manda. Y que ella no aprendió a conducir porque se dedicó a otras tonterías. Las tonterías fueron, lo sabe todo el mundo, levantar un hogar. Para mí quien levanta un hogar manda, pero ella no lo ve igual porque, para ver a sus hermanas, depende de que alguien haya dedicado el tiempo a sacarse el carnet de conducir. Puede coger un autobús, un tren o un avión, pero cada vez se le vuelve más indescifrable el mundo porque tiene que hacerlo sola: ha tenido que acostumbrarse a vivir sin mi abuelo, que este abril lleva ocho años acostumbrándose a estar muerto. Para transitar la costumbre de que su nieta la lleve como antes la llevaba su marido, mi abuela se pasa todo el trayecto contándome cómo eran las carreteras de antes. A la altura de Madrid dice lo que me he acostumbrado a escuchar cada vez que hemos pasado por Madrid de camino a Extremadura: que antes había que cruzar la ciudad, y que mi abuelo siempre se equivocaba. Ahora, en cambio, las carreteras van más directas y no se pierde una. Lo que no dice mi abuela es que una es también las veces que se pierde. El perderse es, tal vez, más una que la costumbre.

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