Una casa

Ésta es mi casa. El grifo de la cocina va al revés: a la derecha, caliente. Me costó recordar que era el de la cocina y no el del baño. Quizá un mes. Sólo hay tres personas que conocen ese detalle. El hombre que vino a arreglar algunos desperfectos antes de que me instalara definitivamente en el piso, otra persona y yo. De esos tres, sólo dos lo saben porque han lavado los platos, contándome a mí. El hombre de los desperfectos me dijo: ¿te diste cuenta que el grifo de la cocina va al revés? La voz de la otra persona me llegó al sofá después de un rato: el agua caliente va al revés, ¿verdad? Era la primera vez que alguien lavaba los platos de mi casa y no era yo. Me quedé en el sofá sin saber muy bien qué hacer, con cierta extrañeza, llena de placer: cogí el libro que me acababa de comprar y lo empecé. En mi cama han dormido cuatro personas, sin contarme a mí. Una de esas personas sólo durmió una siesta. Las otras tres han dormido en total cinco noches. Sólo con una de ellas dormí abrazada. Sólo una de ellas ha leído un libro en la cama, sin contarme a mí. De esas tres personas, sólo dos se ducharon. Una de ellas lo hizo conmigo. La otra, no. Tengo una mesa con dos sillas color terracota. La mesa puede ampliarse y, si la amplío, debo sacar las dos sillas amarillas que tengo escondidas en el armario, añadir la silla del escritorio y un taburete: no pueden comer más de seis personas en mi casa, porque no tengo más sillas. En esa mesa han comido seis personas, sin contarme a mí. De las seis que han comido en esa mesa, sólo una lo hizo a solas conmigo. Para aquella cena usé un mantel de cuadros verdes y blancos: sólo lo he usado una vez. Nadie, salvo yo, utiliza los armarios de mi casa. Nadie, salvo yo, deja su cepillo de dientes en el recipiente donde tengo el dentífrico. En la silla que tengo frente al escritorio se han sentado tres personas, sin contarme a mí. Una, cuando no tenía bastantes sillas para comer alrededor de la mesa. Otra para utilizar mi ordenador. La otra, para sentarse. Sólo en una de ellas me senté sobre su regazo. Creo que se han sentado diez personas en mi sofá, contándome a mí. Sólo una de ellas se echó una siesta, sin contarme a mí, que soy, de lejos, la que más siestas se ha echado en él. Con tres de ellas utilizamos una manta. Sólo a una de ellas le masajeé los pies bajo la manta. En esta casa sólo ha llorado una persona, contándome a mí.

Deixa un comentari