¡Mamá, quiero ser Christine de Pizan!

Pero hoy las niñas no quieren ser Christine de Pizan, porque el discurso de Aristóteles es mucho más sutil, imperceptible —la inferioridad femenina se discute menos, porque se diluye más. Hoy las niñas no quieren, mamá, ser Christine de Pizan: creemos, las niñas, que ya estamos allí, del otro lado, en un lugar a salvo como la ciudad de las mujeres en el que destacaremos por nuestros méritos igual que las diosas o las santas. Nos recreamos en la precariedad, en los gobiernos, en las nuevas reformas; nos quedamos en la superficie de las cosas, nos quedamos en los Aristóteles de nuestra época, y para ser Christine de Pizan antes hay que profundizar un poco, encontrar un pensamiento propio y alzarlo no sólo por encima de los hombres, sino de los dioses —para ser Christine de Pizan, mamá, primero hay que ser nada.

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