Marguerite está sola

Tolouse Lautrec

Julia compartía habitación con Marguerite, una mujer que había dado a luz un niño muerto. Marga, como la llamaban las monjas, tenía los ojos cerrados pero parpadeaba con ellos muy rápido al encender la luz: estaba despierta. Julia seguía sedada mientras la señora Albero lloraba colocándole los cojines del cuello para que estuviera bien. Había dos sillas a los pies de las camas, en total cuatro, y como Marguerite estaba sola cogieron una cada uno para sentarse frente a Julia. 
—Han tenido mucha suerte. El siguiente centro está lejísimos, no lo habría aguantado. 
La señora Albero hipaba con el llanto. 
—Y como comprenderán, no podíamos tener la cama vacía tanto tiempo, hay cola para tener sitio… hemos hecho una excepción por la gravedad de la enferma, pero no puede salir de aquí. Si necesitan algo, siempre hay una hermana despierta en la sala de la entrada. Esta noche me toca a mí. Bienvenidos. 
La monja que los había recibido era muy bajita, andaba arrastrando los pies y hablaba en susurros. La señora Albero le había cogido las manos emocionada cuando trajo las almohadas para Julia. 
—Que Dios la bendiga, que Dios la bendiga… 
Eso le había gustado a la hermana, que estaba harta de desagradecidas como Marguerite, que ni siquiera creía en Dios y, de haber tenido el hijo con vida, quién sabe qué educación le habría dado.
MUJER SIN HIJO, página 103

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