El señor y la señora Albero

Tolouse Lautrec
Su madre siempre era la que rompía el hielo, aunque a menudo sus maneras no fueran las más delicadas. Rita entró y se dirigió directamente hacia el cuarto de baño. Mientras se iba desnudando y observando en el espejo el aspecto que tenía en cada uno de sus movimientos, la interrumpió su madre. 
—Te traigo una toalla, cariño. 
La señora Albero siempre aprovechaba, cuando le llevaba la toalla, para meterse dentro del cuartito y quedarse allí durante el rato que Rita permaneciera dándose una ducha. 
—¿Has tenido buen viaje? 
—Vestida así cualquiera lo tiene, mamá. 
—Tu padre creía que te habías muerto. Lo dijo el otro día. 
Siempre hacía aquel tipo de comentarios quejándose de que nunca iba a verlos. Rita se acababa de desnudar y entraba en la bañera mientras su madre le hablaba mirándose en el espejo, tensándose las arrugas de la cara. Le contó detalladamente lo que había para cenar y que ahora tenía unas amigas con las que salía todas las tardes a pasear. Le preguntó si ella hacía algún tipo de ejercicio y Rita dijo que tenía cosas mejores en las que pensar y a las que dedicar su tiempo. 
—Bueno, está bien, cariño. 
Lo único que le pedía era que tuvieran la fiesta en paz, y con eso se refería a que discutiera lo menos posible con su padre. Desde que Julia, la hermana mayor de Rita, murió, el trato con su padre era áspero y desagradable, siempre había tensión cuando les visitaba, que era, ciertamente, poquísimas veces. 

MUJER SIN HIJO, página 29

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