Julio Cortázar y José Donoso: clochards

A Paris Clochard, John H Popper
La diferencia entre clochard, mendigo y vagabundo es tan poca que, una vez asocias la primera de las palabras a José Donoso o Julio Cortázar, parece que lo más común en el clochard es que sea una persona culta. Incluso puedes llegar a pensar que el clochard es necesariamente un intelectual exiliado. Europa parece el lugar perfecto para los chochards-escritores-latinoamericanos: París o Madrid, Cortázar o Donoso. Estos clochards se parecen a un mendigo porque no tienen casa y a un vagabundo porque son, como dice el chileno en “Las habitaciones de la ruina inconclusa”, andarines. El clochard que habita en Cortázar y Donoso está perdido, no tiene hogar (lo tiene, pero lejos), construye allá donde va pero construye provisionalmente. El clochard-intelectual-exiliado es un «excursionista, andariego, pordiosero, vagabundo, hippie, hobo». Está limpio, sabe leer, tiene un techo bajo el que dormir… mesa, cama, mujer. La diferencia entre clochard, mendigo y vagabundo es que Julio y Pepe son sólo una de las tres acepciones: la primera. Desamparado, persona sin hogar. No es que no tengan un hogar, es que, como dice (H)Oliveira en “Rayuela”, qué lejos está mi país, che. Y como está lejos, como hay toda esa agua salada, tantísima, entre su país y el clochard, se les puede considerar sin hogar: aunque tengan techo, mesa, cama y mujer, o incluso aunque les falte algo —lo que sea, menos la mujer—.

Así habían empezado a andar por un París fabuloso, dejándose llevar por los signos de la noche, acatando itinerarios nacidos de una frase de clochard, de una bohardilla iluminada en el fondo de una calle negra, deteniéndose en las placitas confidenciales para besarse en los bancos o mirar las rayuelas, los ritos infantiles del guijarro y el salto sobre un pie para entrar en el Cielo. La Maga hablaba de sus amigas de Montevideo, de años de infancia, de un tal Ledesma, de su padre. Oliveira escuchaba sin ganas, lamentando un poco no poder interesarse; Montevideo era lo mismo que Buenos Aires y él necesitaba consolidar una ruptura precaria (¿qué estaría haciendo Traveler, ese gran vago, en qué líos majestuosos se habría metido desde su partida? Y la pobre boba de Gekrepten, y los cafés del centro), por eso escuchaba displicente y hacía dibujos en el pedregullo con una ramita mientras la Maga explicaba por qué Chempe y Graciela eran buenas chicas, y cuánto le había dolido que Luciana no fuera a despedirla al barco, Luciana era una snob, eso no lo podía aguantar en nadie. [1]

Julio Cortázar necesitaba, a diferencia de La Maga, y también a diferencia de José Donoso, esa ruptura: dejar atrás Buenos Aires, incluso dejar atrás el Montevideo de su compañera, no preguntarse qué estarían haciendo Traveler o la boba de Gekrepten, y los cafés del centro. Cortázar quería dejar de ser un clochard, dejar de nacer de una frase de clochard, y pasear por el fabuloso París y ser, por qué no, un parisino. Pero La Maga habla de sus amigas y José Donoso está tan arraigado a Chile, piensa tanto en su regreso en sus últimos años, que Julio Cortázar queda atrapado y dice qué lejos está mi país, che. El clochard va limpio y con una mujer, pero tiene su hogar al otro lado de la cantidad increíble de agua salada, y es de locos que un hombre así pueda ser un clochard, pero lo es. En Cortázar los clochards «saben una barbaridad, latín y cosas orientales», mientras que en José Donoso el andariego va por el mundo «como quien busca una dirección que no puede encontrar». No le vale un París fabuloso ni un Madrid en el que la clocharde, su mujer, se sienta por fin integrada. El andariego de Pepe no tiene case social ni tiene idioma con el que comunicarse con los demás, está perdido. Las luces y las sombras en la literatura de los dos clochards-europeos-intelectuales: uno necesita la ruptura, el otro quiere sucumbir al clochardismo porque le da envidia ese hombre que no tiene nada que perder, siente «un atractivo feroz y un terror espantoso […] porque queda situado fuera del miedo, fuera de la envidia».
¿La gran diferencia? Cortázar llevaba Buenos Aires encima sin poder evitarlo, como su acento porteño, y no importaba que estuviera paseando por un París fabuloso, con su pequeña ruptura, haciendo como que le interesa el Montevideo de La Maga; José Donoso, en cambio, cuando rechaza al clochard que tanto teme, cuando vuelve a su Chile, se da cuenta de que ese hogar añorado ya no se parece, en nada, a la idea que le hacía formar parte de un colectivo cuando estaba lejos. Entonces, José Donoso siempre, en cualquier lugar, será un excursionista, andariego, pordiosero, vagabundo, hippie, hobo; estará limpio, sabrá una barbaridad de cosas, como latín y cosas orientales; tendrá, che, su país qué lejos. José Donoso nació y murió de una frase de clochard.

[1] Rayuela, Julio Cortázar.

3 pensamientos en “Julio Cortázar y José Donoso: clochards

  1. La acepción que le das a clochard no sé si existe o la has intentado encajar, cosa por otra parte no creo que a ellos les importe. No hay ninguna diferencia; en el que no las haya hace que sepan latín y cosas orientales. No sé qué status le daban los libros que había leído Cortázar o las lenguas que supiera quiero pensar que no hubiera ido contándolo, más bien creí entender al leerlo cierta nostalgia de que, en aquel tiempo que estuvo en París, deseaba que no le hubiera importado nunca, y por eso confiesa en el tono lo diferente que se sentía a ellos, y parece que estaba siempre de paso en cada línea.
    En les Halles que era el antiguo mercado de París, no sé en qué siglo todavía era mercado y no un centro comercial feísimo, cuando sonaban las campanas (les cloches en francés), se acaba el mercado y se desmantelaban los puestos, entonces los mendigos podían venir a por lo que no se había vendido. De ahí viene. De hecho, se sigue haciendo, yo lo hago en el de les puces que es el mercado que hay ahora más accesible, no sólo yo, sino muchos chavales que no sabría decirte de qué tienen pinta, pero es cierto que si no pareciera que somos estudiantes no nos darían lo que les sobra. Es una moda, y quizá entonces en los tiempos de cortazar pasaba algo así con la burguesía, y si eras intelectual funcionaba mejor.
    En general en Francia cuando sonaban las campanas de las iglesias los que no tenían techo y los pobres podían ir a que se les diera algo creo que sonaban 14 veces o algo así. Y ahora, hay una cosa que se llama el ''resto du coeur'', un comedor que hace una ong en plazas publicas de paris y hace sonar una campana para que se enfilen a por su plato.
    Joer si que te he escrito, espero que no te moleste lo que he dicho me ha gustado leer ese trozo que no tengo aquí de Rayuela.

  2. Es más que probable que de lo que leí en Donoso y Cortázar, haya sacado yo una nueva acepción de la palabra clochard… no te lo voy a negar. Y por supuesto que no me molesta, nada en absoluto. Ésta es tu casa para que digas lo que te venga en gana. Si no, mírame a mí, reinventando el diccionario…

  3. Será lo más parecido a una casa que voy a tener, pero será de invierno porque en verano matáis cerdos.

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