Mi tío Tomás, el pobre

Vincent Van Gogh 

El tío Domingo y el tío Tomás parecen la misma persona porque los dos se parecen mucho a los cochinos que tienen en el corral, los dos tienen las mejillas siempre coloradas, los dos tienen remolinos en el pelo que les hacen parecer despeinados y los dos viven con la tía Antonia, pero uno es su marido y el otro sólo su cuñado, uno se sienta en el sillón de la derecha y el otro en el de la izquierda, uno duerme solo y el otro acompañado. Pero ésta va a ser solamente la historia del tío Tomás. Al acercarme a la casa en la que vivían los tres, todos me decían que ¡sht! el tío Tomás estaba durmiendo. Y como en verano allí es imposible que se haga de noche hasta las diez por lo menos, yo me quedaba extrañada. Al final parecía una mentira aquello de que el tío Tomás estaba durmiendo, para que me estuviera quieta y calladita.
—Que sí, es que el tío Tomás se va a dormir como las gallinas.
Yo me reía y ahora lo pienso y no tenía gracia, porque a ver qué gracia tienen las gallinas. Pero me hacía gracia supongo que porque me imaginaba a los animales en el corral durmiendo, y al tío Tomás, que se parecía al tío Domingo pero también a los cerdos, lo mismo, todos dormiditos. Si me acercaba un poco a la ventana, todos me mandaban callar y me preguntaban si estaba hueca o por qué gritaba tanto. Lo hacía por dos cosas: era de día y estaba de vacaciones. Mi tío Tomás se levantaba también como las gallinas, cuando todavía no había salido el sol, y se iba al campo. Cuando volvía, se sentaba a la mesa, comía, se echaba la siesta, se iba a la plaza, volvía y a dormir. Ésa era su vida. Yo pensaba que vivían los tres juntos porque el tío Tomás se había quedado soltero, como el tío José, y había vivido siempre ahí, en casa de su madre, y después llegó la tía Antonia para cuidarlos a todos. Pero no, nada de eso.
La historia del tío Tomás empieza que se casa y tiene tres o cuatro hijos, que mi abuela no sabría concretar porque la verdad es que ni verlos, a los hijos del tío Tomás, ni saber sus nombres siquiera. Estaba casado con una mujer que lo tenía medio amenazado.
—¿Sabes esos hombres que pegan a las mujeres? 
—Sí.
—Pues al revés. La tía penca pegaba al tío Tomás.
El tío Tomás estaba casado, entonces, y tenía tres o cuatro hijos y una mujer que le pegaba. Se dejaba, el pobre, porque qué iba a hacer. Según mi abuela aquella mujer lo tenía amargado y le obligaba a robar ¡a su propia madre! Así que el tío Tomás, que yo siempre había pensado que no había conocido mujer, estaba casado y encima mal. Iba a casa de su madre y sin personalidad ninguna le robaba fruta, verduras, lo que fuera, porque la mujer se lo mandaba. Entonces decidió escapar, irse lejos. El tío Tomás pasó de ser un soltero a ser un héroe en cuestión de minutos. Como trabajaba en la fábrica y la fábrica había abierto una igual en Suiza, allí que se fue. El tío Tomás ¡en Suiza! Yo pensaba que no había salido del pueblo y que el pobre estaba tan solo, y ha vivido treinta años en Suiza.
—Pero se fue huyendo de la mujer, ¿eh?, ya lo creo que sí… el pobre.
Entonces el tío Tomás, a los treinta años… ahora no me acuerdo de si me dijo que se hizo daño y por eso tuvo que volverse o simplemente se tuvo que jubilar y volverse; en cualquier caso, decidió no volver al pueblo y se puso a vivir con su hermana, que estaba en Barcelona, en las afueras. Con el dinero que había ganado en Suiza y la pensión y no sé cuántas cosas más, dio la paga y señal para un piso. Lo puso a nombre de sus sobrinos, con los que vivía, porque si lo ponía a su nombre, su mujer, porque no se divorció, se lo podría reclamar. Por otra parte, la mujer no le dijo nunca a sus hijos que el padre mandaba dinero para ellos. Esas cosas de mandar dinero o no mandar, como si fuera definitivo para que los hijos quieran de más o de menos a sus padres ausentes.
—Pero el tío Tomás mandaba siempre, ésa es la verdad.
No sé qué pasó para que el tío Tomás decidiera volver al pueblo y se fuera a vivir con la tía Antonia y el tío Domingo, y los padres de éstos, o la madre o el padre, no sé quién estaba vivo y quién muerto. Todos en la misma casa y la tía Antonia haciendo de madre de su marido, de su cuñado y de sus suegros, o su suegra o su suegro, depende de las muertes. 
—Pero ni ver a su mujer, que no quería. A ver, el pobre.
Entonces el tío Tomás, aunque decide quedarse a vivir en el pueblo, se pone en contacto con sus sobrinos porque quiere vender el piso de Barcelona porque ya no irá a vivir, que se queda, y los sobrinos le dicen que de eso nada, que el piso está a sus nombres y que de eso nada y que el piso es suyo. Así que tiene que renunciar al piso, a la hermana, a los sobrinos y a la madre que los parió a todos.
—Pero el tío Tomás gana bien, que le queda una pensión por jubilado y otra de la fábrica. A ver, no son mucho, pero ya ves lo que gasta el tío Tomás, viviendo con tía Antonia.
—Ya. ¿Entonces está forrado, el suizo? Y parecía tonto, todo el día durmiendo.
—No creo, porque tiene otro hermano que por lo visto lo tiene sangrado de dinero.
El tío Tomás podría ser el más rico de la familia y tener un piso aquí y allá, y una mujer y tres o cuatro hijos, y además irse a dormir como las gallinas y levantarse pronto, ir al campo y después ir a vender lo que saque del campo, es decir, dinero, y después comer de lo que saca en el campo, es decir, no hacer ninguna compra porque todo lo planta él; pero no es nada de eso el tío Tomás… no sólo no es ni un solterón ni un héroe, sino un pobre hombre de los de verdad. Como el hermano es un desastre, le va pidiendo dinero y como le da pena, porque el tío Tomás es generoso y lo de mandar dinero se le daba bien, se lo presta y por supuesto nunca se lo devuelve. Un hombre asi, el pobre tío Tomás, no puede tener enemigos, pero resulta que fue a Barcelona a recuperar su piso y casi le pegan allí entre todos.
—El pobre, donde va le quieren pegar.
Más le habría valido al tío Tomás no conocer mujer o, yo qué sé, irse de putas.

2 pensamientos en “Mi tío Tomás, el pobre

  1. Personalmente -cosa de gustos- me aburren un poco estas voces con giros de pueblo, estos coloquialismos viejunos. Pero por esas tres últimas palabras, lo perdono todo. Un poco como la “mierda” de García Márquez, sin ánimo de comparar. Muy chulo. Gracias.

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