Tenían cuarenta años y estaban cansados

A raíz de la eterna polémica entre juventud como síntoma de estupidez y la madurez sinónimo de experiencia y buen hacer, nacen dos vertientes literarias. Por una parte, los que tenían veinte años y estaban locos, que podrían, entre otros, quedar reflejados en la antología poética de Luna Miguel, titulada de la misma manera y publicada en La Bella Varsovia. Por otra parte, los que tenían cuarenta años, estaban cansados y tienen en su punto de mira a los que tenían veinte años y estaban locos. Después existen dos subraíces: los que tenían veinte años y estaban cansados y los que tenían cuarenta años y estaban locos. En cualquier caso, parece que la juventud es un problema para la literatura. En la Feria del Libro de Madrid, Benjamín Prado dijo que nadie, antes de los treinta, podría escribir una buena novela. “Mira la Matute”, dije. “Bueno, para eso hay que ser la Matute”, contestó. Ahora más que nunca, quizá porque las editoriales se llenan la boca con las palabras joven promesa, y eso ofende profundamente a las generaciones anteriores, ahora más que nunca, digo, hay un prejuicio terrible que está por encima de la calidad literaria. De nuevo, dos vertientes. Por una parte están los que escuchan la palabra joven y ya no necesitan saber más para querer publicar y lanzar al mercado una nueva voz que revolucione las letras españolas actuales (a base de calidad o a base de lo que sea). Por la otra, los que escuchan la palabra joven y se llevan las manos a la cabeza clamando al cielo. El único texto honesto que he leído lo ha escrito Andrés Neuman en su blog “Microrréplicas”. Ni los que tienen veinte años están tan locos ni los que tienen cuarenta deberían estar tan cansados. En cualquier caso, tener veinte años (formar parte de la generación de los ochenta y los noventa) no es definitivo para no ser tomado en cuenta; de la misma manera que sobrepasar la juventud (franja de edad que sube o baja, según los intereses) no te convierte, por arte de magia, en respetable. Por supuesto, y es casi vergonzoso tener que emitir un juicio tan simplista y primario, los habrá de todas clases: que sean jóvenes y su inexperiencia les haga osados, que sean jóvenes y su inexperiencia les haga cautos, que sean adultos y su experiencia les haga soberbios, que sean adultos y su experiencia les haga sabios. Y todas las combinaciones posibles que se puedan dar, con sus excepciones que confirmen o desmientan. Ejercer de padre y de perdonavidas en la literatura es agotador, y por eso tienen cuarenta años y están, además de pesados, aburridos y cansados. Es normal. Andar desmontando las nuevas generaciones simplemente por el hecho de ser nuevas generaciones debe de consumir a cualquiera. Del mismo modo que los prejuicios de género, los generacionales son atrevidos y muchas veces huecos. Con esto no doy por válido a cualquier joven mediático al que le hagan caso las editoriales, los medios de comunicación y los agitadores culturales de cultura, que a saber qué es lo que agitan. Lo único que defiendo -como gato panza arriba- es la individualidad del género joven, porque, citando a Andrés Neuman hablando al respecto, «tan estúpida es la sobrevaloración de la juventud como la mitología de la madurez». Igual que una vez sobrepasada la edad límite (qué, ¿treinta o cuarenta años?) uno no se transforma irremediablemente en un ejemplo, no haber alcanzado la edad suficiente para ser tomado en cuenta no te convierte en blanco fácil. Los habrá que sí, los habrá que no. Ser joven no significa quedar justificado por cualquier exceso por el simple hecho de ser joven, bajo el lema “todos hemos pasado por eso”, pero tampoco todo lo contrario. Ser maduro y/o adulto no significa quedar justificado por cualquier exceso por el simple hecho de acumular años, canas e historias de guerra, bajo el lema “estoy ya de vuelta”. Entiendo cuánto de peligroso es que un adolescente escriba un poema en vez de comprarse lo último en moda, pero no es suficiente. La juventud no es una enfermedad, así que rogaría a los que tienen cuarenta años y están aburridos que no nos vendan la cura de unos años que, con el tiempo, nadie nos va a devolver.

5 thoughts on “Tenían cuarenta años y estaban cansados

  1. Qué decirte que no hayamos hablado ya, ¿verdad? Si algo me ha enseñado a mí mi propia experiencia (suficiente para muchos, corta para otros) es a no leer nunca pero nunca la nota bibliográfica del autor, hasta el final del libro, ahí sí. Funciona para bien, al menos en mi caso. Pero, claro, la cosa cambia cuando vamos de lectores a editores, críticos, agitadores (me ha encantado esa agitación fantasma a la que haces referencia), etc., porque ahí dudo mucho, y permitidme la opinión, que las motivaciones de unos y otros se ciñan única y exclusivamente a lo literario.
    Un abrazo, preciosa, y mil gracias por cada uno de tus adelantos y/o fragmentos.

  2. Yo tengo cuarenta años y últimamente pienso que cuando tenía veinte, todo era mejor. Ahora lo mejor no se parece en nada a lo mejor cuando era antes; y no creo haberme vuelto más aburrido ni más sabio, me he vuelto más selectivo, dado el tiempo que se pasa tan deprisa. Pero no es un asunto totalmente consciente, pienso que uno con el tiempo cambia porque el mundo le cambia y ante eso no siempre hay posibilidades de hacer mejores las cosas porque para todo hay un tiempo, aunque eso un cuarentón optimista como yo dirá que será relativo, como las canas que me arranco y ya no se ven

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