Ni estrellas ni cielos ni muelles ni merenderos

Porque al final te pasas todo el año en la ciudad y presumiendo de ser independiente, de ser una mujer fuerte, de ser una mujer decidida, de ser una mujer ¡que no tiene miedo!, de ser una mujer que no necesita nada, y sobre todo a nadie. Te pasas así todo el año, en la ciudad, y después vas al río, te vas al muelle, estás con otras dos mujeres y con un hombre, es de noche, te asustas… y resulta que lo primero que se te ocurre decir es:
—Simón, tú nos proteges.
Por el simple hecho de ser un hombre. La mujer que se pasa todo el año en la ciudad presumiendo de tantas cosas, sobre todo de ser mujer, se siente protegida porque entre los cuatro que son, uno es un hombre. Pero ahora los hombres se pasan el año en el río presumiendo de no ser un hombre al uso, así que para cuando llegas de la ciudad al río, el hombre no está dispuesto a tranquilizarte.
—¿Habéis escuchado eso… como un ruido?
Arancha y yo que pares, Simón, aunque Lorena se lo estaba pasando bastante bien con la broma. Yo en cambio, la verdad, tenía el miedo metido en el cuerpo y ni estrellas ni cielos ni muelles ni merenderos ni aunque sea mi última noche aquí. Ni nada, ¡que pares, en serio! Y como el miedo atrae al miedo, nos pusimos a hablar de las cosas que nos asustaban cuando éramos pequeños: plagas de abispas, drogadictos que te pinchaban con la aguja, pistoleros que entraban en la habitación y te raptaban antes porque estabas más cerca de la puerta. 
Estábamos sentados en el muelle. Los muelles están hechos de maderas. Tablones de madera con huecos entre madera y madera. Huecos por donde cabría ¡la aguja de un drogadicto! 
Como llevaba una linterna, me la pidieron para ver si había alguien debajo del muelle. Me negué, porque siempre he preferido no ver. Si había alguien, no quería saberlo.
—Pero, Jenn, ahora de verdad, ¿has escuchado eso?
Me quería ir y me quería ir y me quiero ir y me quiero ir y que me quería ir. Estaba tan asustada que se lo contagié a Arancha. Simón y Lorena venga a reírse de nosotras. Entonces pasó algo: de pronto ya no importaba el hombre, sino que Arancha, según me contaban, en situaciones de peligro sacaba algún tipo de instinto… no sé, como algo animal que tiene dentro y lo saca, se olvida del miedo. Me pedía la linterna pero yo me negaba y me cogía a su brazo.
—Seguro que si pasa algo, si viene alguien, tú tienes el instinto ese, ¿eh?
Me puse las sandalias por si tenía que salir corriendo. Me puse el bolso. Hacía frío y hacía miedo. Lorena no quería irse porque estaba a gusto, y además era mi última noche y tenía que leer como despedida. Simón seguía preguntando si no habíamos escuchado no sé qué ruido. Arancha sacó el instinto. Se levantó y:
—Venga, que nos vamos.

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