Diarios de motocicleta (sin motocicleta)

Jorge Drexler
Como Mía Gallegos, anhelo decir en el poema que la vida me conmueve. Hay días en que uno está especialmente conforme con las cosas que tiene a su alrededor, aunque no sean muchas ni sean demasiado firmes, alcanzables con la punta del dedo más largo de la mano más fina del brazo con más ganas de llegar lo más lejos posible. Uno se anuda a esa sensación y la coge como si le perteneciera, como si no supiera ya, de otras veces, que muy probablemente el globo de la infancia se nos escapó a todos y voló y voló hasta que lo perdimos de vista y se hizo pequeño, pequeño, pequeño mientras nosotros nos preguntábamos hasta dónde llegaría. No recuerdo quién, alguien, algún familiar, me dijo que el globo llegaba un momento en que no podía subir más y, de la presión, acababa explotando. Lo importante entonces era no verlo, sólo confiar en que se hacía cada vez más pequeño allí arriba y finalmente desaparecía y se moría uno de pena y de alegría al mismo tiempo. Casi seguro no te iban a comprar otro porque ya te habían dicho que el globo había que cogerlo con fuerza y no dejarlo escapar nunca, bajo ningún concepto. Pero volvamos a la vida, a cómo me conmueve y se me arraiga, se me enraíza por dentro una nostalgia dulce, extraña, a las tripas. No diré que el ser humano es maravilloso, que el mundo es un lugar hermoso para vivirlo, no es éste un diario de excesos y lamentos para días en los que de pronto todo se vuelve una eterna desconfianza de la bondad propia y ajena. Pan para hoy y hambre para mañana. No. Pensaba más bien en hablar de ese lado agridulce de los momentos que duran un segundo y se quedan para siempre, para recordarnos que una vez estuvimos vivos, nos sentimos vivos, y hace ya tanto que no queda otra que una mueca estúpida que nos desfigura una cara que ya no nos molestamos en reconstruir. Éste es mi pequeño homenaje a aquellas pequeñas cosas de las que habla Serrat, por ejemplo. Cuando caigo en aquel día en que H., en el bar de siempre, que ni mucho menos era bonito o acogedor, me contaba cómo Jorge Drexler cantó Al otro lado del río en la entrega de los Óscar. Era algo menos superficial que eso, yo lo podía comprender por cómo se movía su boca esquivando una emoción de ésas que nos hacen sentir vulnerables y probablemente idiotas. Jorge Drexler no había podido cantar su canción porque quedaba mucho mejor que lo hiciera Antonio Banderas. Cuando subió a coger su figurita, la cantó a capella delante de todos. No dijo nada más, sólo cantó (insistía él, cada vez más vencido por ese lado suyo que evita). Entonces, mientras le escuchaba, no lo sabía, ahora sí lo sé: en aquel momento fui feliz. Fui inmensamente feliz, ahora lo sé. Después de eso, he pasado mucho tiempo buscando que esa sensación se dilatara y se estirara como un gato, quizá he ido persiguiendo eso extraño de los días en que, de pronto, sin saber por qué, todo resulta tan amable y sonreíble. Después fui a ver el vídeo donde Jorge Drexler cantaba Al otro lado del río y pude comprender que ya no era lo mismo. Yo había sido feliz sabiendo cómo había visto H. aquello, no viéndolo. De modo que no recuerdo en absoluto qué fragmento cantó, qué llevaba puesto y, sin haberlo buscado, no sabría siquiera qué canción ni qué película premiaban. Pero recuerdo perfectamente cómo se arrugaba su boca y se quería morir de amor y de pena, de alegría, como cuando el globo. No sé cuáles son los motivos que me han llevado esta noche a destapar algunas cosas aquí, en este rinconcito mío, donde precisamente no hago más que ocultar. Será que me siento estúpidamente feliz ahora mismo, sin que nadie me haya contado nada, sin que a nadie se le haya arrugado un labio y se le haya escondido en una barba sin afeitar, nadie me ha besado como a mí me hubiera gustado y el único abrazo que he dado hoy ha sido una alegre torpeza. Pero la vida me conmueve y Jorge Drexler me devuelve con su voz a un momento en el que fui feliz sin saberlo, un momento que fue como nacer. Sólo se me ocurre acabar este cuento de enero atípico tarareando un poquito de la canción y dejando uno de los poemas que más me emocionan. Ahí va: sobre todo creo que no todo está perdido…

COREOGRAFÍA, MÍA GALLEGOS

En fin
que no he vivido nada.
No sé qué cosa es una guerra
y tengo como prisión al cuerpo
y alma como campo de batalla.

Me debato entre la duda
de reflexionar o fluir;
esto es situarse en el palco de los espectadores,
o estar
en cada íntimo instante del milagro.

Vivo de pedacitos,
pero aspiro a la totalidad,
es decir a Mozart y al poema que me redima
y me revele los espacios absolutos
y la nada.

Percibo de mí
los sitios más secretos:
la culpa,
una tercera conciencia de las cosas,
la dualidad del pensamiento,
la ira pequeña
por lo que ya ocurrió.
Pero he vivido poco. Treinta años.
Dos amores de piel
y un querer abandonar
esta espera que me señala la vida.

Anhelo la anarquía,
el más tierno desorden del amor,
la cábala
los relojes de arena y una habitación sencilla.

Quiero tener un destino trazado de antemano,
encontrarme con Dios
y los abismos
y no tener conciencia de la llama.
Ser la llama misma y la aventura.

Pero vengo de soledades últimas,
de conversaciones que nunca concluyeron,
de espejos que me miraron desde la infancia hasta ahora,
de abandonados armarios de caoba que fueron
de tías o de abuelas remotísimas.

Cuán poco he vivido.
No conozco la guerra. Y tampoco la paz.
Me duele la orfandad,
el desarraigo,
el sentirme extranjera en cualquier sitio,
el no pertenecer
a una familia o a una patria.

No puedo narrar una batalla;
ni hablar del hambre y de la peste,
ni escribir la canción de algún soldado herido,
ni hablar de mujer violada,
ni decir cómo es un cementerio después de una llovizna.

Pero anhelo decir en el poema
que la vida me conmueve,
que respiro mejor cuando me entrego,
que necesito amar de la manera más simple y primitiva.
Me gusta la paz y la defiendo
y la guerra cuando es justa,
y el sabor de las mandarinas cuando llega el verano,
que me gusta ser una y arraigarme en el cosmos,
y sentir que mi vida palpita al mismo tiempo que la vida,
aunque no haya vivido,
aunque mi hambre sea de infinito,
aunque no sepa expresar
que por alguna razón precisa estoy aquí,
a punto de vencer,
a punto de morir,
de vivir.

5 pensamientos en “Diarios de motocicleta (sin motocicleta)

  1. Por ejemplo, “pero volvamos a la vida, a cómo me conmueve y se me arraiga, se me enraíza por dentro una nostalgia dulce, extraña, a las tripas”. O, también, “pensaba más bien en hablar de ese lado agridulce de los momentos que duran un segundo y se quedan para siempre”… qué más quieres que te diga…

  2. Sólo te digo una cosa, Ignacio, te la repito, mejor dicho, que yo no me calle, pero que tú no ensordezcas ante mi charlatanería nocturna o mi alegría extraña. Que yo no me calle y que tú escuches. Muchísimas gracias.

  3. “Momentos que durán un segundo y se quedan para siempre”, “y nos recordarán eternamente que fuímos inmensamente felices”. Y nos empeñamos en rescatar ese momento y volver a vivirlo: y lo perdemos; y lo recordamos simplemente, le damos su valor, lo dejamos en su momento y lugar: y nos llena.
    “Tengo razones para no quererte olvidar porque el trozito de felicidad fuiste tu quien me lo dio a probar”. Sabes?,la clave de mi entrada, era la canción (Sé que me desvio de tu entrada, pero se enlaza con lo que yo sentí en la mía y eso es lo hermoso de leer a otros y escribir)
    Un beso

  4. Sí recuerdo esa ocasión en que el cantante no estuvo. Y le admiré.
    La vida Fusa, la vida eres tú.
    Siempre me conmueves, sobre todo por esa edad que tienes. Tan jovencita y tan poderosa con sus letras.

    Abrazos.

  5. hace rato estoy acá, ya leí todo 3 veces, estoy buscando un video que quiero que veas y no lo encuentro, pero te prometo que lo sigo buscando, es que no me acuerdo el nombre… pero lo voy a encontrar, tiene que ver (en cierta forma) con todo lo que escribiste y lo que perdura en nuestra memoria sensitiva, lo que importa al fin y al cabo. Te dejo un abrazo, como siempre es un placer leerte.

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