No hi ha miracles

Plovia amb deixadesa.
A les nou de la nit -dinou d’octubre-
la Joana arribava espantada al quiròfan
voltada per nosaltres, que ens quedàvem
en la saleta mal il·luminada de vora els ascensors.
Diu que ella, en un intent desesperat
de salvar-se, va dir t’estimo al metge.
Esperàvem la fada que ens tornés
la Joana tranquil·la, la de sempre,
els ulls espurnejant de confiança.
A les onze, mirant per la finestra,
les gotes de la pluja relliscaven
pel vidre com si ho fessin per la nit.
La nit era la fulla d’una dalla.

JOAN MARGARIT

Se levanta siendo un médico, pone los pies en el suelo y todavía es un médico con la planta demasiado caliente como para apoyarla directamente toda entera en el frío de la mañana. Pone solamente los talones y se pasea hasta el espejo de la cómoda andando como un niño pequeño jugando a alguna cosa ridícula. Se frota como un médico los ojos y tiene tanto sueño. Como un médico se calza las zapatillas, se mete en el baño, donde, en una pequeño banquito, está preparada su ropa de médico que se desplaza hasta su lugar de trabajo. Se lava la cara y es un médico algo más despierto, nada más que eso. Hoy va a operar a J. Se mueve perezoso y como un médico, el médico de J., por la calle. Lee un periódico mientras anda por la calle, se tropieza con gente que tiene prisa, él es médico, hace de médico todo el día, no descansa ni un momento. Cuando llega su día libre, se sienta en su despacho, el que tiene en casa, abre un tomo pesado y solemne y lee como un médico. Su mujer es completamente ajena a todo eso que lo rodea, no le importaría en absoluto que no fuera médico, de hecho, ojalá no lo fuera. J. está nerviosa, como siempre que debe acudir al hospital, y se mueve, durante todo el día, como una paciente: se levanta como tal, se dirige al centro, saluda a la gente, juega con sus propios dedos como una paciente. No es más que una enferma entre todos los enfermos que hay en el mundo. Sólo hay una diferencia: ella es J. No es más especial que otros, pero es J. No es anónima. No es ajena. Se filtra su dolor en un poema, su emoción en un poema, su enfermerdad en un poema, su muerte cercana en un poema. En varios poemas. Es J. Y el médico ya no es el médico, es el suyo. Como si sólo hubiera nacido para ello, como si toda su vida hasta ese momento hubiera sido sólo puro trámite hasta llegar a la piel de J., que, nerviosa, juega con sus dedos de paciente y no quiere morir. El médico es un médico que se comporta como un médico en un quirófano, pero el quirófano no es uno cualquiera, es el quirófano donde va a entrar J. Como si esa misma sala, antes de que ella entrara, hubiera permanecido inútil, aunque abierta, hubiera sido falsa, una ilusión del hospital, de todos los que por allí han pasado. J. se tumba en una camilla que, por supuesto, tampoco ha tenido sentido ni utilidad hasta ese mismo momento en que el camisón verde ha rozado las sábanas que la han cubierto, o eso sospecha el resto del mundo, durante tanto tiempo. J. entra en el quirófano y todo a su paso va cobrando sentido: va creando espacios, lugares, dotando de realidad y muerte todo cuanto ve y toca, todo cuanto reconoce a su alrededor. Hasta entonces, el mundo era un agujero negro que no servía para nada, era inservible y fantasmal, un velo estúpido que nos cubría los ojos. El médico saluda a J. y la mira, a pesar de ser el médico que actúa como médico, con cierta ternura. J. quiere salvarse, sabe que debe hacerlo, que no entiende otra cosa que no sea ésa, que debe permanecer, del modo que sea, permanecer. Mira a los ojos del médico, aunque J. tiene la capacidad de cambiar todo a su alrededor y los ojos del médico ya no miran, digamos, médicamente: ahora es otra cosa. Lo mira aterrada, con cierta súplica, y le dice: te quiero. En ese segundo, el médico prueba de seguir como un médico, pero es la primera vez, en todo el día, quizá en toda su vida profesional, que le resulta pobre y lastimoso.

4 pensamientos en “No hi ha miracles

  1. TRADUCCIÓN:

    No hay milagros

    Llovía con dejadez.
    A las nueve de la noche -diecinueve de octubre-
    Joana llegaba asustada al quirófano
    rodeada por nosotros, que nos quedábamos
    en la salita mal iluminada del lado de los ascensores.
    Dice que ella, en un intento desesperado
    de salvarse, dijo te quiero al médico.
    Esperábamos al hada que nos devolviera a la
    Joana tranquila, la de siempre,
    los ojos brillando de confianza.
    A las once, mirando por la ventana,
    las gotas de la lluvia resbalaban
    por el vidrio como si lo hicieran por la noche.
    La noche era la hoja de una guadaña.

  2. es una situación límite, border…ella ruega por vivir, el vive por salvar…se encontraron en esa sala de operaciones dos deseos infinitamente fuertes.

    Yo no podría ser médica ni tampoco sentí un constante deseo hacia la vida.

  3. Existen personas extraordinarias, muy especiales que, aunque a veces lo quisieran, no pasan inadvertidas y siempre dejan huella. Yo conocí a una, y cambió mi vida.
    Me alegra leerte de nuevo Fusa.
    Un beso

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