El ojo de la aguja

Mía Gallegos

Al amor llegué con un grito de seda
y puse las dos mejillas,
el cuerpo y la conciencia.

MÍA GALLEGOS

Los poemas de noviembre ya no abrigan como hacían entonces. Entonces bastaban tus palabras de perdedor para que se encendiera en mí la compasión y me calentara como una lumbre furiosísima. Ahora, ya, nada: el frío. De todas formas, siempre preferí a los que habían perdido precisamente porque creyeron que había valido la pena intentarlo. Tú perdías sin la batalla, sin la lucha… naciste vencido por tu nostalgia de nada y perdiste, perdí yo a mi vez. Creímos que la palabra no iba a ser nunca caduca y ahí la tienes en un libro que hace esquina y tirita como una hoja solitaria. No deben leerse después de muertos los poemas, de lo contrario se vuelven un burdo epitafio, el sudor desangelado de una prostituta que no va a recordar tu nombre nunca más, el bostezo en la consulta del médico o las ganas terribles de echarse a dormir hasta que este mes haya pasado del todo. La mujer que crece dentro de mí tiene cierto miedo a la oscuridad y no sabe reconocer que éste no va a ser nunca su cuerpo material. No puedo ser yo la coraza de alguien que todavía tiene esperanza en una carta que quedó troceada a fuerza de repasar una y otra vez, una y otra vez, las mismas palabras. La mujer muere que se agoniza que está descansando no es cierto y perdóname que una vez quise morir por ti no es cierto y vas a saber que no miento esta vez no quise morir nunca por ti nunca he querido por nadie. El beso más largo es el que no se da y dura lo mismo que una cola de gato, que un cuello de jirafa, que una mala noticia, la amargura localizable. Tú sabes que el poema no debe nunca escribirse para ser leído, es así como pierde toda su fuerza, cuando se vuelve realidad, hay palabras que no voy a mostrarte nunca en mi vida y sabrás que ahora tampoco miento porque ya no tengo nada por lo que mentir: sólo la mujer de dentro, la mujer confiada y vos, que ya no eres nadie pero te empeñas en seguir golpeando. El hombre de la única cara preguntará qué quise decir antes, pero no podría nunca comprender esta tristeza que brota de la mujer, él creerá que todas las heridas son curables, que puede cantar una nana y dormirse, que todo el viento se puede morder con los dientes, desconoce todavía la fisura de una boca roja y sucia que se vuelve loca en medio de tanta noche y velocidad, nadie le ha contado cuánto dura lo que dura y cómo podemos saber que ya se terminó. Sabré yo cómo consolarlo para entonces, para cuando la duda, sabrá la mujer cómo acariciarle el temblor y hacerle morir todas las preguntas que todavía no están maduras, lo sabrá hacer porque no hay nada con lo que esa mujer no pueda. Yo sólo tengo que confiar en que el poema no renazca como una hierba seca que de pronto es alimento y flor, sólo tengo que confiar en que la mujer sepa cómo dominarme, cómo engullirme en sus manos tibias, en su espesura. Si preguntas, hombre, sabrás que no era cierto que quise morir por ti una vez, aquella tarde. La duda es, algunas noches, más amable compañía.

5 pensamientos en “El ojo de la aguja

  1. “CUÁNTO DURA LO QUE DURA…? acá hay un dicho gracoso al respecto, pero no viene al caso. Entendí las preguntas de lo escrito, y no tengo las respuestas, no no no, no las tengo…

  2. Y yo le diría a la mujer que deje sentir esa trizteza que le brota, que ese escuharla a fondo,le puede salvar la vida siempre, y la locura, es infalible, en cuanto la sientes y la escuchas a fondo, se va. A veces te charla dias. Pero si la escuchas hasta el final, es alegría
    y alivio lo que deja

    Cómo siempre me gusta lo que dices y cómo lo dices.
    Un abrazo Fusa

  3. Confia en esa mujer, en la mujer capaz de engullir poemas, desaciertos, que deja caducar palabras al aire, en las ventanas cerradas las posa y un día… las abrirá, ventilando, porque todo dura lo que dura, y nadie sabe, pero eso, durar no es eternidad.

    Sigue de la mano de esa mujer aunque de momento sólo aciertes a rozar sus dedos, la mujer de dentro es la que posee la fuerza.
    Ya, Eso ya lo sabes tú, ya lo cantas.

    Besos, preciosa Fusa.

  4. Ahhh, se me olvidaba!

    En cuanto oí lo del Cervantes a la Matute… me acordé de ti, palabrita!

    Buenas noticias, para variar…

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