El ataúd de un pie muerto

Sylvia Plath

La bota negra no se apiada de nadie.
No tiene por qué: es el ataúd de un pie muerto.

SYLVIA PLATH

Con todo, siempre es más fácil perdonar a los demás. Y por eso, sinceramente, es que habla de otras mujeres para poder soportar el peso de su propio engaño. En cierta medida, no deja nunca de hablar de sí misma. Habla de las demás porque reconoce su imperfección y las alcanza por ello, porque sabe que resultaría imposible amarlas sin esos defectos y, en definitiva, sería como empezar a amarse también. Perdona a las mujeres que no quedan bien en las fotografías y esperan que la ropa tendida esté verdaderamente seca y no algo húmeda, sabe que hay mujeres que sueñan con enamorarse hasta embrutecerse por el amor y las acepta porque, es cierto, perdonar a los demás acaba resultando más sencillo. Hay mujeres que no aprendieron a sonreír y se llaman Sylvia. Sucede a veces. Y las perdona, también, porque la tristeza, lo asegura Françoise, es bien honesta y sentirse triste es honroso, no es ni mucho menos vergonzoso tener la mueca de quien va a llorar, aunque finalmente no se vaya a hacer. Se acaba aceptando a los demás como intento de autoaprobación: los demás, tan imperfectos, tan que no actúan nunca como esperamos de ellos, tan que se nos escapan… y perdonables, perdonados nosotros a los ojos de ellos. El remordimiento es menor así de este modo, por eso, es por eso que sucede algunas veces que habla de otros, suele ocurrir con mujeres, habla de otras mujeres, no necesariamente las conoce, y así filtra su desdicha en la desgracia de las demás, de las mujeres que envejecieron antes de tiempo, de las que todavía no han dejado de sobrevalorar a sus madres y son niñas eternas, niñas que desconocen la ferocidad de una curva en mitad de la noche. En fin, las mujeres existen porque deben perdonarse constantemente unas a otras, unas dentro de otras, como muñecas rusas: tú dentro de mí eres más buena, tú dentro de la que hay dentro de mí pareces más hermosa. Y así es como la mujer llega a ser pura y llega a poder convertirse en libre. Con todo, siempre es más fácil perdonar a los demás, mucho mejor si antes fueron alimento y los tenemos bien adentro como el niño que recoge una hormiga con su dedo y se la acerca a la lengua y no la nota, pero la hormiga está ahí, con él: es un día más. Hay nidos infinitos en el cuerpo de uno, desde que nace hasta que muere, todo lo que hay adentro, mucho más complejo que órganos y mecanismos inexplicables que pretenden que aprendamos y aceptemos como verdaderos. Es mucho peor, en fin, que un corazón que va latiendo y se acelera en las mujeres que sueñan con enamorarse y no servir para nada más que para eso. Es mucho mejor, también.

7 pensamientos en “El ataúd de un pie muerto

  1. Cómo siempre bellas palabras que encierran grandes verdades. A veces destilar nuestra alma a través de ellas, solo nos deja más secas y vacías sin ayudar a querernos, aunque si, nos permite respirar.
    Un abrazo

  2. Soy de las que opina que la tristeza es digna, incómoda para algunos, pero digna. Las muecas también… no sé si mejor, a qué?, pero a veces mejor.

    Y es posible que perdonar al resto sea más fácil pero lo complicado es no juzgar (condenar, perdón, juzgar es necesario para entender-nos) y alcanzar a saber que la naturaleza del barco era zozobrar, no sólo navegar. Desde el principio… y por eso fue tan necesario contárnoslo unas a otras. Sigue siéndolo.

    Y ahí andamos, peor o mejor.

    Pero tú no dejes de contar, me leo cuando lo haces, ya sabes.

    Besos de filtro.

  3. sin palabras Fusa…estas últimas entradas me invadieron de comprensión. Hay muchos temas desperdigados en mi interior, me gusta cuando siento que me ayudan a comprender, y eso me está pasando. Gracias. Un abrazo.

  4. Muchachita: ¿qué hago contigo?
    Es tan deslumbrarte leerte. Deveras.
    Esta tarde friolenta me quedo pensando en este preciso texto.

    Abrazos fuertes.
    G

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