CUADERNO DE VERANO (II)

Agua de otro riachuelo

Todos los años me convertía en la pariente a la que todos debían admirar: porque venía de la ciudad, porque conocía el señorío de los edificios altos y los semáforos y el tráfico asfixiante (yo decía, con cierto orgullo: donde yo vivo no se puede ir así como vosotros vais, por en medio de la carretera), porque mis notas eran impecables, porque siempre estaba silenciosa y era la más obediente de todas las criaturas que habíamos, fueran cuales fueran las direcciones posibles de la familia. Tanto por parte de unos como de otros, siempre podía ser comparada con algún que otro niño -más o menos próximo en edad y parentesco- y salir bien parada, airosa. Curiosamente no me convertí en el punto de mira de la envidia de los que se pasaban el año entero allí soportando el costumbrismo y la lentitud de sus vidas, asumiendo mi superioridad a ojos de cualquiera de sus mayores. Además constantemente me preguntaban cómo se decía tal o cual palabra en catalán y, de pronto, mi casa, mis calles y mis orígenes eran motivo de tanto orgullo. Otras veces me dejaba seducir por el encanto de un pueblo pequeño y las costumbres de todos ellos pero, por lo general, siempre quería volver de donde venía y, cuando mi prima pequeña decía que ojalá me quedara después de las vacaciones, yo sentía que, si conocieran a la verdadera, a la que ya estaba siendo, sentirían una gran decepción conmigo y yo una gran vergüenza. Había algo de festivo en mi llegada, como si todo el año estuvieran esperándome sin saberlo. Mi abuela me paseaba arriba y abajo diciendo que era la del suyo mayor y todos me hablaban de mi padre como para que lo reconociera, intentando unirme a él desde tan lejos como él estaba. Y me decían: dale recuerdos a tus padres a la vuelta. Y yo sabía que debía decir de tu parte porque se lo escuchaba en tantas ocasiones a mis abuelos y, cuando hablaba con ellos por teléfono y se me pasaba darles el recado, después sentía en el pecho una gran culpa que se me pasaba en la misma tarde. Eran mis padres los que llamaban porque en casa nunca hemos tenido teléfono -aunque eso es agua de otro riachuelo-, la abuela tenía uno en el salón (yo pensaba: hasta la abuela, en este pueblo, tiene para llamar) que nadie usaba porque sólo lo habían comprado para urgencias y era un lujo que se permitían probablemente porque mi abuela y la tía Ángela vivían en ciudades, así que, cuando mis padres llamaban, tenía que acercarme a la esquina del salón donde estaba puesto, un lugar pequeño, estrecho, incómodo, donde quedabas encerrado por el reposabrazos de un sofá y el respaldo de la butaca de piel de la abuela; y me quedaba quieta en un equilibrio para poderles decir que estaba bien, que iba a la piscina, que estaba todo el santo día con las primas y que sí, le hacía caso a la yaya. Mi abuela después daba parte de mi comportamiento y, aunque ejemplar, siempre tuvo quejas de lo poco que comía. No entendía por qué, cuando mi abuela se mezclaba entre los suyos y se sentía una más en el lugar de donde venía, me trataba como si fuera otra, como si también yo perteneciera -no sólo efímeramente- a todo lo suyo. Era pisar su tierra amada y transformarse, obligándonos a los demás a adaptarnos a ese lado suyo rural y antiguo. La nieta que ella inventaba para las vacaciones, la nieta a la que ella trataba en el pueblo y no en la ciudad, por lo visto, comía muchísimo más que yo y, sin duda, dormía menos.

8 pensamientos en “CUADERNO DE VERANO (II)

  1. Esas llamadas de los padres… esa abuela atendiendo el teléfono. A mi nunca me alegaron falta de apetito… seguro que tenía otros pecados, pero desde luego ese no. Eso de ir andando por la mitad de la calle, creo que es una costumbre de los pueblos. Al menos en el mio y los colindantes también lo practican. Yo si solía quedarme temporadas sin mis padres en el pueblo, mis primos no. Ellos se quedaban sin sus padres en la capital, cuando venían a mi casa en verano. Su itinerario era Vilanova-Oliva-Badajoz y así andábamos los tres todo el verano. Eramos poquitos, pero bien avenidos.
    Cuando te leo casi huelo el ambiente, siento la cal y el reflejo del sol en las paredes del pueblo. Casi ciega, ¿verdad?
    Un abrazo.

  2. ANABEL: después, cuando mis padres tuvieron móvil, íbamos a la cabina y les llamábamos nosotros. Nunca se sabía cuándo era buena hora para hacerlo, con el calorrrrr.
    A mí me gustaba eso, ir por en medio de la calle y ser una pueblerina más, lo que pasa es que sólo me atrevía si iba con mis primas… si iba sola o con mis abuelos, me colocaba por la acera. Ridícula, vamos.
    Yo nunca iba con mis padres… siempre iba con mis abuelos. Nunca me ofrecieron la posibilidad de quedarme allí sola y, aunque lo hubieran hecho, seguramente no hubiera aceptado: aunque me gustaba ir, me seguía sintiendo rara. Y necesitaba ese pequeño vínculo con alguien de mi otra vida en Barcelona.
    (Por cierto, el pueblo del que hablo es Puebla de la Calzada, no sé si lo conoces…)
    Un abrazo.

  3. Cómo me gusta tu yaya, F., cómo me recuerda a las mías, a las dos, a esas pequeñas cosas en común que tienen todas las abuelas.

    Te abrazo.

    (¿de qué color es tu cuaderno?)

  4. Gloria: es curioso lo de la yaya… que se transforme cuando va al pueblo y se extrañe de nosotros, que no hemos cambiado. Todas las abuelas tienen algo que las hace parecerse y, a un tiempo, tan distintas.
    Un abrazo, preciosa.
    (¡No existe el cuaderno! Es éste su escondite.)

  5. (¿De qué color me veías tú?
    Cada vez que me acuerdo de los rizos que te atribuía…

    No hay nada que solucionar, Glo, jo, con que leas, con que estés por aquí cerquina…)

  6. (Sí, aquellos rizos… pero sigo siendo granate, en eso sí que acertaste, ji.

    Dónde iba a estar si no, preciosa. Tú tampoco me faltes, que también te necesito…

    Volveré a probar esta noche pero te voy escribiendo para adelantar… Besos, F.)

  7. (Gloria: oh, ¿lo dices por la llamada de ayer? Ya estaba durmiendo y he visto el teléfono esta mañana.
    Aquí, aquí, que cuando hables pueda escucharte… tengo ganinas de verte, preciosa.)

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