Un caracol ruidoso

Snail, Paul Klee


La angustia ha devenido

apenas un sabor,

el dolor ya no cabe,

la tristeza no alcanza.



Idea Vilariño, Desnudez total



Alfonsina no puede con las maletas. Ha repartido su ropa amorosamente en las dos bolsas que carga pero, aún así, la de color carmín, la de la mano derecha, parece que le pesa un poco más. Se balancea a un lado y a otro como una peonza incansable mientras avanza hacia la parada del autobús y el equipaje le golpea una y otra vez en la parte trasera de la pierna. Atrás queda la negra y es más que probable que esté muriendo. Se detiene un momento y lo piensa, lo cree, hace un esfuerzo por que no le duela. Se detiene un momento y lo piensa y ya cada vez, ya tan pronto, duele menos. Cambia las maletas de mano y se siente más vieja que nunca, tan vieja que no recuerda cuándo fue la última vez que no le lastimó ser ya una anciana, ser una pobre viejita a la que no tener en cuenta. Pero tampoco está tan mal porque al final una se queja ya por vicio y no me queda nada que envidiarle a la juventud, pero cuándo fue que me miraban y no sentían lástima por mí, como si pudieran oler la muerte en mis pellejos, como si supieran a qué puede parecerse, pero Alfonsina, aunque hable siempre con una retahíla interminable, aunque todavía no se lo reconozca la mayor parte del tiempo, se siente cansada, agotada, pero a mi edad qué iba a esperar, con todos los años que tengo, qué esperabas, huir como una colegiala, llena de maletas inútiles, y respira ahogándose y se tambalea a un lado y a otro como esos muñecos tontos que no tocan nunca del todo el suelo, porque así está ella, así, como un junco, un junco torpe, que parece que, parece que, pero acaba por erguirse de nuevo, constante, repetitivo.

Si supiera que sólo le quedan días para morir quizá caminaría con algo más de esperanza, con alivio, pero no lo sabe y sigue intentando no volver a caer en el desasosiego, en esa casa, porque si hay algo en esa casa es el desasosiego, tan tranquila, tan que me echaba a un lado los problemas y no les dejaba que me ganaran, y ahora, fíjate en mí, no soy capaz de esquivar una verdad que viene derecha, derechita al cuerpo. Para un segundo y mira a los lados y se coloca bien el pañuelo negro que lleva para cubrirse la cabeza, para que nadie la vea. Deja las dos maletas en el suelo y se las coloca en la mano contraria, la de carmín ahora está en la izquierda, pero parece que pesa más la otra, siempre la de la mano derecha. Por un momento, se pondría a llorar. Sería infantil, sería estúpido, inútil, pero si se atreviera, lloraría desesperada, sólo que no se acostumbra a ese lado que no sabe defenderse del mundo, todavía no ha sido capaz de asimilar que no tiene fuerzas, y su cuerpo, atónito, no reacciona a esa necesidad de llorar como una criatura. Toma fuerzas sin saber de dónde pueden venirle y da un paso que le parece un mundo entero. Ha olvidado mirar la hora al detenerse y liberar las manos, así que vuele a parar y mira el reloj: queda casi una hora para que el auto la recoja. Todavía le queda por recorrer a pie un trecho pero seguro que alcanza a llegar a tiempo. Vuelve a coger las maletas de la misma manera que antes y se mueve casi arrastrándose como un caracol ruidoso, viejísimo. Parece que va a llorar finalmente… pero se recoge la única lágrima en un roce con el hombro y sigue convenciéndose de que no hay nada que esté perdido, porque simplemente está sola y no hay nada que pueda perder, está sola, como le corresponde, y no tienes nada que perder, si me viera mi madre me iba a dar una buena, me iba a coger del brazo y a zarandearme hasta que entrara en razón, porque ahora de todo menos en razón, ahora lo que estoy es como ida, como enferma, pero ninguna de las dos cosas, estoy tan lúcida que parece que no alcance a comprender nada de lo que antes era tan sencillo, precisamente porque ahora estoy de esta manera, precisamente por eso se me escapa lo más insignificante, pero no hay nada que perder así que tampoco hay nada por lo que sufrir, y quizá sea mejor así. Pero emprende de nuevo el camino y las piernas no es que le fallen, es que le tiemblan. Y la emoción es tanta que sonríe sin estar alegre, sonríe y no se siente feliz, sonríe como una máscara, como una excusa. Da pasos diminutos que apenas la hacen avanzar medio metro cada vez, anda, anda, anda, se va diciendo, sigue, si es que yo sé que todavía te queda algo para que llegues al autobús, para que te montes, para que te ocultes en tu pañuelo y pases desapercibida, para que llegues a ese lugar último que te está esperando, y vuelve sobre su memoria y se tropieza con la negra que abre un poco los ojos y la mira y, aunque nunca antes la ha visto, sabe quién es, agacha un poco los ojos como si fueran una persona, una hormiga, de tan negros, la mira y cuando los agacha detrás hay un agradecimiento, también una desconfianza, pero los vuelve a cerrar y Alfonsina durante esos momentos no ha respirado y empieza a necesitar el aire, empiezo no, hace tiempo que me está faltando, y la negra es consciente de que es su cuerpo el que está sobre esa cama, pero no puede moverlo aunque le pertenezca, y lo mismo que Alfonsina con las dos maletas en las manos y probando de caminar un poco más, la negra vuelve sobre su memoria e intenta recordar lo último que recuerda, pero no hay nada, recuerda momentos como en saltos, en chispazos, pero no lo último, no lo más reciente después de esos ojos, después de Alfonsina delante de ella sin respirar, mirando, esperando que vaya a decir algo: pero no dice nada, no sabe qué podría decir. En la puerta se asoma él y la mira y aunque debiera asombrarse de que por fin sus ojos se abran y puedan mirarle directamente, no se sorprende, porque él guardaba dentro una fe remota una esperanza intacta una confianza sorda para cuando llegara ese momento porque seguro iba a llegar y ahí estaba la negra mirándolo, con el blanco de los ojos más blanco de cualquier ojo, contrastando con esa piel suya que perdía fuerza, que parecía sólo la corteza de un árbol y no ya oscura como la noche, como ella era antes, tan fiera, tan animal. Alfonsina jugaba con sus propios dedos aunque eso no aparezca en el recuerdo de la negra, jugaba con sus dedos intentando no dolerse con aquellos ojos, con aquella esperanza, porque ahí no había lugar para ella como lo estaba teniendo en medio de la calle con una maleta en cada mano, que tampoco era ése su sitio, pero por lo menos no se sentía desaparecer, porque allí yo parpadeaba, me emborronaba, entre ellos, que obviaban que estaba sentada ante ellos, porque la vida volvía a la casa, volvía, volvía, mientras a mí se me estaba escapando, y cómo.

A pesar del calor, de que el pañuelo que rodea su cabeza bien oscuro se recalienta con el sol y le empiezan a doler un poco las sienes, a Alfonsina le da un escalofrío como si no estuviera allí donde está. Por detrás aparecen unos muchachos que de tanto como han cambiado desde que son pequeños Alfonsina no les reconocería si les mirara a los ojos, pero no lo hace. Van por detrás despacio, los rotos de la sociedad, lo que sobra, y la miran con ojos de animales heridos, pero Alfonsina se concentra en su escalofrío, cómo es posible, que me dé este frío, si me va a estallar la cabeza de tanto calor como estoy pasando, que parece que sigo en la habitación, que parece que vaya a desfallecer en cualquier momento, pero los muchachos la miran como si ya supieran lo que va a ocurrir: una maleta se resbala de la mano derecha y los dedos de Alfonsina se ponen blanco de hacer fuerza para que finalmente no se le caiga y de pensar que va a tocar el suelo y va a tener que agacharse a cogerla siente de nuevo ganas de llorar y sus dedos cada vez, cada vez más y más blancos pero cae, la maleta cae, y los muchachos abren los ojos, abren los ojos, la malicia también la abren, la vulnerabilidad de Alfonsina, que entonces no es Alfonsina sino una desconocida pero eso qué puede importar, pero nadie espera que, al llegar al suelo, la maleta vaya a abrirse en un truco incomprensible, vaya a quedar toda la ropa esparcida. Y en un segundo ya bailan a su alrededor los muchachos y cogen sus prendas, se ponen sus vestidos, se secan el sudor de la frente con su ropa interior y a Alfonsina no le alcanza la tristeza para esos chicos ni para ella misma, no puede, no sabe, no intenta siquiera recoger su maleta, ya sólo le queda una y la coge con todas sus fuerzas, que no flaqueen, que no me muera en este momento, pero se empieza a marear y está convencida, no le cabe la menor duda. Una niña se acerca y parece que vaya a salvarla del resto, pero coge un sombrero que estaba en el suelo y se lo pone y se olvida del mundo, se olvida, es otra, el sombrero le queda grande, le queda limpio para como está su cuerpo, no se mueve, los demás bailan, no dejan de hacerlo. Alfonsina, Alfonsina, Alfonsina.

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