Y hasta nostalgia

Cabeza de mujer anciana, Ferdinand-Victor-Eugene Delacroix

Cuando mi abuela, en sus últimos días, se notó algo enferma, pesada y vieja, empezó a hablar de la muerte como si la recordara de otros tiempos: con naturalidad y hasta con un poco de nostalgia. Estaba ya, desde los ochenta años que quedaban atrás, dejada en una cama y todos pasábamos a visitarla allí, en su cuarto propio, para saludarla y darle conversación y compañía. Si nos encontrábamos familiares por la calle, nos preguntábamos lo primero siempre: ¿visitaste hoy a la abuela? Y si contestaban que sí, de alguna forma, uno se relajaba y se podía permitir aquel día no ir a verla. Hubo un pacto entre todos de no dejarla nunca sola, a pesar de que había una chiquilla cuidando de ella, una negrita que se traía la vecina todos los veranos y la soltaba en la calle para que fuera libre y feliz, hasta que un verano la abuela enfermó y la vecina encontró la excusa perfecta para pedir a la asociación que se la traía todos los años que se quedara. Y se quedó. Así que la negra cuidaba de la abuela y, aunque al principio todo fue ruido y drama, después se acostumbró a ella y acabaron siendo grandes amigas, enseñándole la abuela todas las cosas que sabía y desconocía, volviéndose la negra una mujer antigua de raza, muy española, castiza. Estaba en la cama y todos pasábamos a verla y, cuando se notó enferma y vieja y pesada, incluso un poco loca, hablaba de la muerte de una forma que a todos nos asustaba. Ya entonces empezó a gestarse la fiesta.
-Pero, abuela, cómo vamos a celebrar que se nos ha ido, no diga tonterías.
Para ella era tan natural su muerte, con casi noventa años, había vivido tantas cosas y guardaba tan buen recuerdo y agrado de la vida, que no quería consentir que lloráramos cuando ella se fuera. Tenía que irse, eso era todo. Así que se le ocurrió preparar una pequeña merendola para cuando ocurriera, para que brindáramos todos a su salud, para que habláramos de ella con gratitud, para que estuviéramos todos juntos, quién sabe, después de ella morir y acabarse la obligación y la unidad, quién sabe si por última vez.
Mi madre andaba todo el día escandalizada con el tema, totalmente histérica y desbordada.
-Bastante tengo con que usted ande algo más pachuchilla de lo normal, madre.
Y estaba tan angustiada con aquel tema que apenas comía, apenas hablaba y apenas dormía. Lo único que hacía era quejarse y desobedecer a ese lado suyo neutral y racional que la había perseguido siempre. Mi madre había sido, hasta entonces, una mujer de lo más práctica y resuelta. Pero la fiesta que la abuela quería que hiciéramos en su muerte la trastocó. Sobre todo, como burlándose de ella, cuando la eligió para guardar el dinero que todas las semanas separaba de la pensión que le pagaban por ser viuda de mi abuelo y del marido que tuvo antes de mi abuelo.
-Nena, como eres la que más dinero tienes de todas las niñas, te lo dejo a ti, porque sé que no me vas a robar. Porque no me vas a robar, ¿eh?
Y había algo en la manera de hablar de la abuela, en sus preguntas, que no tenía duda ni interrogación. Con aquello le dijo a mi madre que confiaba en ella. No quería saber si le iba a robar, le estaba ordenando que no lo hiciera. Y pesaba sobre mi madre una especie de maldición con aquella cajita de madera que iba llenándose a medida que mi abuela iba desinflándose. Todos los domingos iba a visitarla con la cajita a cuestas, para que pusiera la nueva cantidad y para contar lo que ya llevaban.
-Todavía no os da para una fiesta, eso es que me queda algo de vida. ¡Y de dinero!
A mi madre se la llevaban los mil demonios con aquellos comentarios brutos de mi abuela. Alguna vez que quise sumarme a esta despreocupada forma de mi abuela de unirse con Dios, como ella decía, mi madre me miró como si deseara que muriera yo en vez de ella y, en cierto modo, habría resultado un alivio si así hubiera sido: yo, desde luego, era mucho menos imprescindible en la familia. Y además no había cargado todavía a mi madre con un montón de monedas y palabras y con el temor de que me perdiera. Con lo que me convertí en el centro de sus manías y persecuciones.
La idea de que la abuela moriría cuando hubiera un bote suficiente para una fiesta para todos se convirtió en una realidad. Ya cuando nos encontrábamos por la calle preguntábamos dos cosas: ¿visitaste a la abuela hoy? Y: ¿sabes cuánto hay en la caja? Mi madre nunca acababa de desvelar la cantidad, siempre ponía de menos, como no queriendo descubrir las intimidades de su progenitora, como si fuera algo sólo de ellas, un lugar al que sólo tenían acceso las dos. O eso quería creerse, tan dolorida como estaba. Así que alguna vez me acerqué a contar el dinero a escondidas y alguna vez robé algunas monedas, suponiendo que no era un ladrón y que le estaba dando días o quizá semanas, sin saber todavía lo que valía el dinero, a mi abuela.
Pero la caja se llenó tarde o temprano. Se llenó de monedas que, de mi casa a la de ella, sonaba en el bolsillo de mi madre, pesándole el remordimiento, andando cada vez más raro para conseguir que toda aquella música de muerte no sonara en el interior de las casas ajenas.
Pero la caja se llenó y la abuela acabó muriendo.
Mi madre, cuando se enteró de la noticia, puesto que no estaba ella presente y le pareció una falta de… una falta por parte de la abuela, cuando se enteró cogió la caja y se puso a contar las monedas, diciendo:
-¡No puede ser, no puede ser!
Y corrió hacia la casa donde se había criado, sonando las monedas como sonaban en su infancia las canicas que se apostaba con sus hermanas, y corrió diciendo: ¡se habrá desmayado, se habrá desmayado! Pero la abuela se había muerto y sólo a ella, la eterna cuidadora de la fiesta, le sorprendía.
Con el hambre y la pena que estaba pasando mi familia en aquel momento en que la abuela murió, todos se volvieron a mi madre con cara de lástima, como pidiendo. Así que mi madre se fijó en cada uno de ellos y lanzó, airada y orgullosa, la caja al aire, cayendo de camino hacia el suelo todas las monedas, escondiéndose debajo de las mesas, las sillas, los sillones y todos los cuerpos de los que estábamos allí. Después se desmayó, desnutrida y enferma como estaba, ocultando la mayoría de las monedas que no habían rodado. Mientras algunos intentaban reanimarla, otros se fueron al comercio en el que, durante muchos días, habían ido encargando algunos manjares para cuando la ocasión lo mereciese. De modo que la fiesta se organizó en poquísimo tiempo. Unos recolocaron el salón, otros cuidaron de mi madre y los demás fueron haciendo viajes del comercio a la cocina de la abuela. Éramos tantos que yo no hice falta.
Cuando todo estuvo preparado y mi madre empezó a gritar como una loca, todos la miraron sorprendidos:
-¿Pero qué te pasa?
Como si fuera extraño que una mujer tan unida a su madre llorara al morir ésta. Todos estaban extrañadísimos de la pena que la invadía allí, entre tanta bebida y comida, tan necesitados como estaban todos. Y más incrédulos la observaban todavía al ver que tenía los carrillos llenos de comida, las manos cubiertas de un pastel de queso y toda la boca sucia y desorganizada. Pero qué te pasa, todos. Pero qué te pasa, Lourditas, por qué lloras ahora. Y ella, tardando un poco y tragando lo que le quedaba en la boca con un poco de esfuerzo, recreándose en la mueca que engullir todo eso suponía, dijo:
-Es que… ¡está delicioso! ¿No es cierto?
Y nadie se acordó de cerrarle los ojos a la abuela, que todavía miraba al techo. Sin ver.

7 pensamientos en “Y hasta nostalgia

  1. Es que las abuelas son lo más vidente que a veces tiene nuestras vidas. Lo más sabio y lo más sensible. La mía tiene 95 años y una lucidez que yo creo que jamás alcanzaré.

    Un abrazo fuerte-fuerte.

  2. Yo quiero ser como tu abuela y que se haga una fiesta cuando muera, aunque yo no pueda estar en ella. Me parece genial y así lo he entendido siempre.
    Yo no comprendo ese miedo a la muerte.
    Y, si lloran, que sea por la emoción de lo rico que está todo.

  3. Xi: es como de cuento, esto, que las abuelas, cuando ya son viejas, cuando se aproximan a la muerte, son lúcidas y sabias. La mía creo estaba medio loca y la otra está todavía muy viva y muy joven… pero me creo que la tuya con 95 sea como la de los cuentos, porque yo los cuentos me los creo.
    Un abrazo.

    María Jesús: bueno, mi abuela cuando murió se estaba haciendo una fiesta. Algo así parecido. Porque murió en las fiestas de navidad y creo que eso todavía le pesa a mi madre, que la pillara medio feliz.
    Un beso.

  4. Lo que está delicioso es el tuenco.
    Cuando llegue a los 90, seré como la abuela.
    La paradoja es que la familia empobrecida se pudo alimentar y alegrarse cuando la abuela lo decidió, aunque fuese con su muerte.
    Y quedó con los ojos abiertos…tal vez algo veía….

    Mil besos!*

  5. Rayuela: la madre de una amiga mía siempre dice eso, que cuando ella muera, que hagan una fiesta. Y cuando murió un escritor catalán pasó igual, se reunieron todos sus amigos y bebieron y comieron hasta emborracharse de vida.
    Me alegro de que te haya gustado.
    Un abrazo, Silvia.

  6. Antiguamente los velorios eran una ocasión para reunirse, se comía, se bebía y se conversaba en un ambiente muy festivo. A mí, desde luego, me choca, incluso cuando lo veo todavía en alguna película actual; se ve que la costumbre perdura en algunas culturas, aunque no sea propiamente una fiesta. Lo más triste de tu historia es desde luego, que la familia pasara necesidad y que tuviera que ser precisamente en una ocasión tan dolorosa el día en que poder degustar un pastel… El dolor y el placer te hacen sentir inevitablemente culpable.

    Besos.

  7. Wara: la madre de una amiga mía lo dice siempre y a mí también me choca. Perder a un ser querido, aunque le toque, aunque sea de viejo, aunque fuera su última voluntad, me parece algo terrible y tristísimo. Está bien que la familia se reúna, se apoye, pero de ahí a hacer una fiesta…
    Y la idea me parece hermosa, pero no sé si yo sería capaz de meterme en un ambiente festivo, no lo sé.
    Un abrazo.

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