O por lo menos el verano

Sera sul Lago, Carlo Carra

Se podría decir que descubrí adónde podía llegar la maldad de un niño, mi propia maldad, cuando mi prima Laura descubrió el amor. En realidad no era mi prima pero como la guerra nos pilló a todos en casa de la abuela, a Laura incluida, que había venido sólo el verano para ayudarla con las tareas de la casa y el patio -la abuela solía hacer una limpieza general, arreglaba el huerto, limpiaba las paredes de cal del pequeño jardín, cambiaba todos los muebles-. Nos pilló allí adentro a todos, de vacaciones, y tuvimos que quedarnos. Laura era la nieta de una amiga de la abuela y de alguna manera se la prestó. Le dijo que le hacía falta una mujer como ella. Y se la trajo. Después nos acostumbramos a decirle la prima Laura pero, estrictamente, si nos ponemos justos, no lo era.

Como venía única y exclusivamente para ayudar a la abuela y hacerle la vida, o por lo menos el verano, más fácil, se permitía mandarle a hacer cosas por las que Laura no había venido. Una de ellas fue cuidar de nosotros: de Borja y de mí, que sí somos primos. Algunas tardes la abuela se la pasaba sola mirando por la ventana, imaginando que, un poco lejos o quizá bien cerca, cómo podría adivinarlo ella, imaginando que en ese preciso instante estaban matando a alguien por un ideal. La abuela solía disfrutar de la vida y solía valorarla con esas tardes en que se sentaba y miraba y meditaba sobre venganzas y penurias ajenas. Así que esas tardes mandaba a Laura a cuidarnos, a darnos alguna clase estival de lo que se le ocurriera, la mandaba a entretenernos y, sobre todo, a que no la molestáramos. Todos sabíamos las manías que tenía y las respetábamos con la condición de que nos dejara tranquilos para toda la tarde.

Al principio Laura era tranquila y obediente. No conocía nada y lo de quedarse en casa de la abuela más tiempo de la cuenta parecía una especie de trampa. Alguna vez decía: ¿seguro que hay una guerra, señora? Porque estaba convencida de que se lo inventaba la abuela para retenerla ahí, para utilizarla, para servirla. Yo creo que, si así hubiera sido, Laura hubiera aceptado quedarse de todas formas, sólo necesitaba saber la verdad. Por aquellos entonces la verdad era muy importante para todos, queríamos saber la verdad y nada nos bastaba más que eso. Después, cuando se convenció de que la guerra estaba y la abuela no pretendía abusar de ella y en el fondo vivir en aquella islita era casi un refugio, no es que se volviera descarada ni desobediente, pero nos cogió confianza a todos y no se paseaba por casa con miedo, como le pasaba al principio.

A los dos meses de estar ahí, habiendo pasado de largo ya el verano y quedando indefinido el tiempo que pasaríamos así, alargando unas vacaciones que escondían pobreza y muerte, Laura se enamoró de un chico que vivía en la casa de al lado. Algunas tardes él, a escondidas de la abuela que estaba concentradísima recreando desgracias terribles, venía a casa y pasaba la tarde con nosotros. Eso las primeras semanas cuando todavía Laura no estaba segura de él, del Chino, que era como le llamábamos Borja y yo, no sabiendo todavía, aunque no faltaba mucho, lo que era pasar la línea de lo cruel. Cuando Laura se sintió bien con él, cuando pasó ese periodo que tuvo que pasar también en casa, empezó a ausentarse en esas tardes que la abuela pedía reposo e intimidad. Igual de pavos y conformistas y lentos que Laura, a Borja y a mí nos costó decidir que, si ella marchaba, nosotros también lo haríamos.

Nos íbamos al cementerio de barcas donde Borja tenía, heredada de su padre que todavía no había muerto pero estaba en el frente, una barquita que se llamaba Leontina. Nos íbamos allí, nos tumbábamos al sol y, a falta de conversación o actividad, nos poníamos a imaginar lo que hacían Laura y el Chino, o las cosas que diría la abuela si se enterara de que la prima postiza nos abandonaba: tanto como estaba haciendo por ella, que podría haberla devuelto a su casa le deparara lo que fuera.

-Estoy casi convencido de que no hacen nada, ese Chino es un parao’, es imposible que le toque siquiera un dedo del pie.

Borja hablaba con una suficiencia acerca del amor y del sexo que me hacía entender que él tenía algún tipo de experiencia. Sin embargo, éramos todavía pequeños y los últimos meses no se había movido de mi lado, muy a su pesar. Me preguntaba por las noches a quién Borja se atrevería a tocarle un dedo del pie, o de dónde había sacado la información necesaria como para poder hablar de según qué cosas sin ningún vacío explicativo. Usábamos a Laura para poder hablarnos de todas esas cosas o, mejor dicho, para que Borja me contara todo lo que sabía sobre el tema que, por lo visto, era tanto y tan detallado. Con el tiempo acabé sabiendo que mi primo no tenía ni idea de nada y que si acaso podía hablar del tema era sólo de oídas. Pero para eso tuvo que pasar mucho tiempo, tuvo que aparecer Andresito y fue ya demasiado tarde para poder devolverle una tarde de sol a Borja, como poniéndome a un nivel superior.

Una de esas tardes en que nos escapamos para ir a ver la Leontina no pudimos hablar ni de Laura ni del Chino. Cuando llegamos a la barca -motivo de orgullo para mi primo Borja y también para mí- encontramos que, escondido en contra de su voluntad tras los colores azulados y blancos que pintó un día el padre de Borja sobre la madera, reposaba un hombre muerto.

-Está muerto…

Los dos lo sabíamos y sin embargo tuve que decirlo esperando a que Borja me llevara la contraria, a que me dijera que no, que estaba… qué sé yo, de cualquier otra forma, pero no muerto. Yo jamás había visto a uno y recé rapidísimo todo lo que pude para que fuera un error. Pero no fue así. Borja se acercó a él con la misma rebeldía con la que hablaba de sexo y amor y mujeres, lo volteó y apareció la cara del Chino. Es su padre, me dijo.

-¿Estás seguro de que no es él?

Se me parecían tanto que no lograba diferenciarlos. Además se sabía que el padre del Chino era joven porque a él lo tuvieron muy temprano y sin desearlo. Así que la diferencia de edad no era mucha y además el novio de Laura, aunque era joven, tenía un aspecto antiguo e indefinido. Pero no, era el padre, no era él. Enseguida me puse a pensar en qué podríamos hacer. Me vi cargando al muerto en la Leontina, dejándolo ahí, acercándonos a casa de la abuela, interrumpiéndola para contarle la verdad de todo, acercarle la desgracia para que saboreara de primer mano la vida y la muerte, afianzar todos aquellos pensamientos macabros, llamar a Laura y al Chino, contar de nuevo la verdad, volver a la Leontina, llevar entre todos el cuerpo del padre a su casa o adonde nos dijeran. Y mientras trazaba todos estos planes en alto, Borja me dijo, pasándome una mano por la cara para humillarme y hacerme sentir una estúpida:

-¿Pero es que estás tonta? No podemos hacer nada, ya no podemos hacer nada. No. No podemos hacer nada y nada vamos a hacer.

No quería que la abuela supiera de nuestras excursiones, no quería que la abuela supiera nada y estaba dispuesto a pagar aquel precio tan alto. Excesivamente alto a mi parecer. Así que nos fuimos sin decir nada, volvimos a casa antes de lo previsto y Laura todavía no había regresado. Por la noche, durmiendo ya, que nosotras dormíamos en la misma cama porque no había más, Laura, que todavía no sabía nada porque no me veía capaz de confesarle lo que habíamos visto aquella tarde gracias a ella o por su culpa, me contó que había perdido la virginidad. Y yo pensé en la cartillita pequeña que repartieron por toda la isla, con una virgen en medio y el nombre de mi madre abajo, el día que ella murió. Aquella noche hacía seis meses y trece días. Justo seis meses y trece días. Y yo también, dije, algo mareada y como para nadie.

11 thoughts on “O por lo menos el verano

  1. La arena despedía un vaho dulzón que se pegaba a la piel. A través de las nubes hinchadas, color humo, se intensificaba por minutos, como una úlcera, el globo encarnado del sol. Broja murmuró:
    -Está muerto…
    Tras la barca surgió primero una sombra y luego un muchacho.

    Primera memoria,
    Ana María Matute

  2. María Jesús: muchísimas gracias, MJ. Es placer y orgullo que los textos de una sirvan de alimento. Te lo agradezco.
    ¡Y qué rápida eres!
    Un abrazo.

  3. Sara: la mayoría de las infancias, hayan sido felices o tristes o regulares, son algo así. Una herida que marca, un libro que se cierra no se sabe si de golpe o despacio.
    Un abrazo.

  4. Me ha gustado mucho, Fusa. Los niños pueden ser crueles de veras, o eso es lo que nos dice Mercé Rodoreda. ¿Te acuerdas que me dijiste que sólo habías leído “La plaça del diamant”? Pues leyendo este cuento me he acordado mucho, mucho, de “Mirall trencat”.
    Una abraçada molt gran, bonica.

  5. Bel M.: el domingo pasado fuimos al mercat del Sant Antoni y te puedes imaginar, que casi me vuelvo loca. Después no me cabían los libros en la bicicleta y me los tuve que repartir con H. (por cierto, que me compré El detén, de Claribel Alegría). Con esto quiero decir que tengo ahí como diez libros en pendientes. Pero si este domingo volvemos, que ya lo estamos pensando, buscaré una edición bonita de Mirall trencat. Y lo pasaré sin que pida tanda, sólo cuando me llame.
    Me alegro de que te guste… los personajes son de Ana María Matute, una gran escribidora de la infancia o, más bien, de cuándo acaba.
    Una abraçada.

  6. Nuevamente el tejido con intertexto, con el marco terrible de la guerra, para contar una historia enternecedora, aunque también terrible.

    Un placer, Fusa, y siempre quedo pensando después de leerte.

    Mil besos*

  7. Rayuela: es que muchas veces están tan cerca y tan entretejidos lo terrible y la ternura que no se puede separar. Suele ocurrir cuando la voz del personaje es de un muchacho. Entonces siempre pasa.
    Un abrazo. Y muchas gracias, S.

  8. Si lo piensas realmente, habría que preguntarse cómo es posible que los niños, ya de niños, sean un poquito adultos y tan listos algunos, ¿verdad? Cómo aparentan saberlo todo y, pobres, que apenas saben nada… Ah, cómo me gusta.

    Besos, querida Fusa. (Y, mientras puedas, compra libros y libros; aunque no hagas como yo que parezco estar haciendo como acopio de alimentos en tiempos de guerra: compro pero lo que más consumo es biblioteca, jaja).

  9. Wara: pues ya somos dos (tres). Eso nos pasa porque, además de leer incansablemente, amamos el libro como objeto. De los que compré la semana pasada no he leído ninguno porque me corren prisa los de la biblioteca… y así, a destiempo, no dejo de consumir y acumular.
    Un abrazo.

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