Una vida inesperada

Cuando H. me lo trajo de la biblioteca, me dijo: como va de una mujer que trabaja en una biblioteca y además es aficionada a la natación, he pensado que te gustaría. También trajo La señora Berg y, como lo siguiente de Belfondo que quiero hacer trata en exclusiva de una mujer, de toda su vida, decidí empezar por él. Lo acabé rápido. Y no sabría decir por qué. ¿Te gusta, te está gustando? Pues sí, me está gustando, busco ratos para seguir con la historia, cualquier lugar es un buen lugar para acogerme a la señora Berg, ese apellido que tanto nos gusta al narrador y a mí, Berg, con esa ge final, Berg-g-g, no importa la gente que haya a mi alrededor o el ruido, es un buen momento, cualquier momento era un buen momento. Pero por otra parte, a mí que me gusta tanto señalar las esquinas de las páginas donde encuentro un fragmento que me corta la respiración, por otra parte dejé el libro intacto. Y sin embargo estaba enganchada a la historia. Quizá porque todo apuntaba a que en el final se nos desvelaría algo, toda esa descripción del principio, así, tan regular, aunque le pasen cosas al protagonista, cosas de la vida, aunque no haya ninguna esquina doblada, yo puse toda mi esperanza en el final, una catarsis, una sacudida. Y no fue tal el final. Y, aún así, me gustó. Si me preguntas si me gustó La señora Berg te digo que sí y te lo recomiendo, es una lectura amable y de llevar encima, de llevar puesta. Después cogí Una vida inesperada porque, por la sinopsis trasera, se podía tratar de mí, o de la imagen que tengo yo de mí y, por lo visto, H. también. Así que lo cogí y sentí que estaba otra vez ante Soledad Puértolas: ninguna esquina doblada, ningún juego de palabras novedoso o desgarrador, ninguna emoción por encima de otra. Como excusa, Olga, la niña adolescente y mujer a la que la protagonista y narradora ha admirado y odiado a partes iguales a lo largo de toda su vida. Los personajes de ambos libros se parecen: se alejan sin remedio de la familia, sobre todo de la figura materna, están siempre enfermos, siempre quejumbrosos, siempre con un dolor que no se puede señalar, siempre existe un personaje cercano admirable y, al mismo tiempo, frío y estirado, y admirado precisamente por eso, siempre el miedo de ser padre o madre, siempre esa mirada supervisora. No sé si he encontrado las semejanzas porque los he leído seguidos o porque ahí, en esas cosas iguales, ahí, en esas cosas que recuerdan al personaje anterior, está perfectamente señalada la mirada y esencia de Soledad Puértolas. Me pregunto si ella habrá sido una niña enferma, si la tertulia del Somos tiene que ver con alguna a la que ella fue, si se siente lejana de su madre, si se aleja de la familia, si comparte vidas con alguien como la señora Berg u Olga, si, en su vida, esos dos personajes son la misma persona y, para perfilarlos, la estuvo observando con detenimiento. Y, si me preguntas si me está gustando Una vida inesperada, porque todavía no lo he acabado, si me lo preguntas y me da por mirar las esquinas de las páginas, si me lo preguntas y me pongo a pensar en las veces en las que en el tren he preferido mirar afuera o adentro antes que leer, te digo, de todas formas, que sí, que me está gustando. No hay nada brillante, no hay nada que no se haya contado antes, no hay poesía, no hay belleza. Es la vida de una mujer que no se reconoce la mayor parte del tiempo, que siempre tiene algo por lo que dolerse, que se conoce y no, que se quiere y no, que se siente orgullosa de sí misma y no, que sabe lo que quiere y no, que tiene claro lo que no quiere, o eso le parece. No hay nada en sus descripciones que me haga quedarme sin palabras. Y, sin embargo, me gusta. Me gusta mucho. Pienso que es así porque yo misma me siento muchas veces como ella, porque el perfil de esta mujer es parecido al mío. Y me pregunto si este libro lo cogiera un hombre alegre y optimista, un hombre que no piensa mucho las cosas, que se limita a vivir persiguiendo una felicidad que encuentra en cosas materiales caras, me pregunto si a él también le podría gustar. Pero hago un alto en todo esto. Ayer por la noche, en la cama, cogí de nuevo el libro y, tantas y tantas y tantísimas veces como se ha hablado de la escritura, de cómo uno se siente ante las palabras, tan sobado como está el tema y, ahí, en un lugar tan común, encontré un motivo para doblar una puntita de la hoja. No tiene nada de brillante, como digo, ni es original, ni siquiera es la mejor manera de contar algo tan universal, porque yo misma he leído fragmentos mucho más fascinantes que éste. Pero tiene algo muy mío que no tienen, por ejemplo, Virginia Woolf o Clarice Lispector al contar. Quizá esa sencillez y esa falta de belleza en las palabras elegidas. Quizá es eso, que, aunque después de leer a tantos grandes, Soledad Puértolas no me parezca estar en lo alto de la pirámide, tiene algo de mí que no tienen, precisamente, los que están ahí arriba, tan alto, tan inalcanzable.

Pero basta de explicaciones y rodeos. Os dejo con el fragmento del libro:

“Ni siquiera estoy muy segura de que estas palabras me pertenezcan, de que sean las que yo deseaba pronunciar, más bien tengo la impresión de haber estado escribiendo como al dictado, y no sé por qué he recordado unas cosas y no otras, y no sé, sobre todo, si lo de verdad importante ha venido con ellas, con mis palabras. Y seguramente podría volver a reproducir el día y volver a recordar y todo sería distinto, pero eso ya es un poco indiferente. Lo que importa es que las palabras están aquí, y que, aunque hayan traído estos recuerdos y no otros, estas verdades y no otras, estos sueños y estas fabulaciones, pueden, de un momento a otro, arrancarme de aquí, de mi cuarto y de esta noche y de toda mi vida, pueden llevarme lejos, si es que ya no me han arrancado y llevo ya mucho rato sobrevolando la tierra y respirando aires desconocidos, y por eso avanzo y me muevo como si ya no fuera yo, porque todo ha cambiado a mi alrededor, los contornos, los olores, la luz, todo es distinto ya o yo veo otra cosa o casi ya no veo nada, sino que lo siento todo sin saber si está dentro o fuera de mí, porque todo flota, ligero, como mi mismo cuerpo sin límites y mi alma sin preguntas, y ya hasta las palabras han empezado a deshilvanarse y a separarse unas de otras, porque todas son iguales y completas y van de aquí para allá sin intenciones, libres, independientes y felices, y puede que al fin inocentes, como si no tuvieran nada que ver con la vida, y por eso se elevan, vagan…”

24 pensamientos en “Una vida inesperada

  1. Para mí tu texto es mucho más evocativo que el fragmento del libro. Me gustó eso de la atracción de lo sencillo y el mirar afuera y adentro en el tren. Me gustan las imágenes sencillas. Son profundas.

  2. Muchas gracias, Giovanni.
    Me he dado cuenta con tu comentario de que esa imagen del tren se puede interpretar de dos maneras. Puede ser que yo mire adentro y afuera del tren. Pero lo que quería decir en realidad, aunque no he especificado, es que miraba afuera y adentro de mí misma.
    A mí también me gustan las imágenes sencillas.

  3. Yo también doblo las esquinas cuando encuentro un párrafo que me deja sin aliento… pero, una cosa… en tí sí que hay poesía, en lo que escribes y en lo que describes, y en lo que nos enseñas cuando escribes…

    besos

  4. Bueno, a mí las palabras, tal como me salen, las escribo. No las eligo. O no por lo menos de forma consciente. Vienen a mí y ya están escritas. La poesía tiene algo de trabajo. Hay escritores grandísimos que, al leerlos, se nota que hay algo detrás, que no son palabras que brotan sin más, que las eligen, que no habría una palabra que fuera mejor ni en otro lugar. Yo creo, sin falsa modestia, que esa perfección, esa frase, esa metáfora y esa exactitud no la tengo. No me pesa, escribo así, pero reconozco que le falta belleza, le falta eso, doblar esquinitas. Y no me duele, lo digo con tranquilidad. Y me pasa con Soledad Puértolas. No quiero decir que yo esté a su altura. Sólo digo que ninguna llegamos a una escritura tan cierta y dolorosa y exacta y hermosa como la de Clarice Lispector, por ejemplo. Y que su sencillez me gusta, de todas formas. Y aún así, entre nosotras hay una distancia que no sé si lograré recorrer (el llegar a publicar en Anagrama, por ejemplo, o el llegar a publicar simplemente, en cualquier editorial). Y eso fresco y sencillo, que nace, es lo que me la hace cercana. H. ha leído el fragmento y ha dicho que fácilmente lo podría haber escrito yo. No sólo por cómo está escrito, sino por la temática, por la forma de sentir las palabras. Y yo pienso lo mismo. A lo mejor es egocentrismo: me gusta porque me recuerda a mí.
    Un beso, Ignacio.
    Y muchas gracias.

  5. Se hacen libres pero están dentro y a veces no se dejan salir. A veces, las palabras que entran, se quedan adentro, chocando y chocando. Y nadie diría que no son libres.
    Un beso, Rayuela.

  6. Me extraña que no menciones a tu Carmen Martín Gaite. Ella sí es un buen ejemplo de una grande que sin embargo parece sencilla. De parecerte a alguien, sería a ella. Estoy de acuerdo con Giovanni e Ignacio.
    Un beso grande, Fusa.

  7. Me extraño hasta yo, Bel, que hasta que no leí tu comentario no caí en que no la había citado. ¡Por una vez!
    Lo que ocurre es que yo estaba tratando el tema de la sencillez desde otro punto de vista. Soledad hace sencillo lo sencillo. Y Clarice y Virginia hacen difícil lo sencillo. Entonces las comparaba por eso. Porque de algo pequeño, Soledad extrae algo pequeño y las otras dos pueden hacer una novela entre filosófica y de reflexión sin moverse de eso que, a priori, parece que no pueda extenderse en más de un párrafo. Eso sí, tienes razón, Carmen es de las que hace fácil lo complicado. Por eso me gusta. Porque la leo y todo me parece clarísimo. Y sin ella no lo había sido tanto.
    Otro beso grande, Bel.

  8. Pues yo me apunto a la Señora Berg y Una vida inseperada en mi lista de posibles adquisiciones, mis encargos para reyes, cumpleaños y demás. si me permites te hago una sugerencia de tipo práctico, o mejor dicho, una petición, dinos cual es la editorial, para que así tengamos menos problemas a la hora de encontrar los libros. Sé que es una tontería, pero facilita las cosas.
    Besos guapa.

  9. Sí, tienes razón. Éste que yo tengo es de la biblioteca y es de Anagrama. De las primeras ediciones. El de La señora Berg también de Anagrama, pero ahora no recuerdo si es de los viejos o si se ha reeditado muchas veces. Espero que, si lo compras y lo lees, lo disfrutes.
    Un beso.

  10. ¿Por qué hacer pirámides?
    ¿Por qué no una línea?
    La palabra de Soledad, de Virginia o de Clarice…, es Palabra, llega al corazón-cerebro o no llega, llega más o menos,
    a mí me llega la palabra de Fusa-J.D. en la misma línea que las antes citadas, no pienso dibujar una pirámide para colocarte, querida, estás en la misma línea que ellas.
    tu texto, como siempre, brillante.
    Un beso.

  11. Es inevitable, creo, hacer una pirámide. Aunque no haya mucha separación entre escalones. Uno siempre compara y después elige. Para mí son grandes las tres autoras que he citado, pero reconozco el talento de ellas por separado. Aún así, tienes razón, un autor gusta si te emociona, entonces qué más da el nombre y los libros que tenga publicados o no, o cómo es su lenguaje. Si te emociona, lo haces tuyo.
    Muchas gracias, Alfaro.
    Un beso.

  12. No sé si sabré expresar lo que quiero, pero lo intento: a veces te reconoces en las palabras de otro (no hay por qué pensar que es mejor o superior a uno) porque se trata de sentimientos que se comparten y se expresan, y la forma en que se expresan es precisamente la que uno elegiría para hacerlo. Por supuesto, ese reconocimiento es mayor o más fácil cuando encontramos un lenguaje sencillo y directo. Y qué grande y bello es encontrar ya dicho lo que uno siente, lo que uno sabe que lleva dentro y que o no ha sabido o no ha tenido ocasión de expresar. ¿Cuántas veces no sentimos que las palabras han comenzado a deshilvanarse, por ejemplo, o que escribimos al dictado, que es un modo de decir que no vivimos como deseamos…?

    Bueno, creo que me he liado un poco, pero quiero decir también que además de reconocernos en otros, en sus palabras, en sus sentimientos, todos tenemos un camino que recorrer… ¿y quién dice que Alfaguara no está a la vuelta de cualquier esquina en tu camino, Fusa? Adelante.

    Besos.

  13. Se crea un vínculo muy especial con un autor cuando escribe algo que nosotros llevamos tiempo sintiendo e intentando describir. Y por eso me sentía extraña ante Soledad Puértolas. Porque bien bien no decía lo que yo quería decir, andaba tan cerca todo el rato, pero ningún fragmento era de ésos que yo señalaría. Sin embargo me sentía cercana porque, aunque no decía las palabras exactas, se movía y tejía por los mismos sitios.
    (Adelante, eso haré… muchas gracias.)
    Un besazo, Wara.

  14. Siempre he pensado, que con respecto a lo humano, eso de que nada me es ajeno, es lo más acertado que se puede decir. Siempre habrá quien haya sentido, pensado, amado… del mismo modo que lo hacemos el resto, aunque cada uno no seamos ese resto sino parte de él. Te envidio, Fusa, yo no encontré a nadie entre ese montón al que damos forma, que me haga pensar que eso es verdad por poner las palabras justas, que yo pondría en todas esas ocasiones. Tampoco lo busqué, así que por suerte, tampoco encontré a nadie que me haga pensar que eso es mentira :) Y no, no busqué, al menos no en los mismos sitios, tal vez porque sepa de algún modo y aunque no lo haya comprobado, que esa persona/s está en alguna parte.
    Lo que sí hice siempre, tal cual haces tú, es marcar los fragmentos de los libros que me hacen pensar. Pensar lo que otros ya pensaron antes, pero por mí misma. Supongo que es extraño, a fin de cuentas, ¿por qué perder el tiempo pensando, si otros ya lo hicieron, si puedes leerles, y coger el atajo? Tal vez sólo sea otra forma, de llegar al mismo sitio. Tú, encontraste a alguien que dibuja tu vida en parte, por el parecido. Yo, pienso las mías, porque me di cuenta de que en esencia somos parte de la misma casualidad, del mismo misterio. Y a fin de cuentas, a las dos nos sirve para lo mismo. Tal vez para sentirnos menos solas, aunque no lo estemos. Quien sabe.

    Besos, Fusa.

    Por cierto, Berg en alemán, significa montaña. Ber-g-g-g…

  15. Es más corto el camino si dejas que sólo los otros escriban lo que uno siente. Es mucho más corto. Pero también es menos camino. A mí me gusta ese descubrimiento, doblar la página, cerrar el libro, pensarlo. Pero después busco dentro de mí. También porque estoy acostumbrada a eso, a escribir, a escribirme, y no me basta con encontrar consuelo y luz en las palabras de otro. Sin embargo, alivian tanto.
    Un beso, Vero.
    Me encanta que Berg signifique montaña, no tenía ni idea.

  16. Leí hace poco, la primavera pasada, Una vida inesperada y me sucedió lo que a ti, con Puertolas casi siempre me sucede, es como un traje que me sienta como un guante, se adapta y me siento cómoda, puedo salir o andar por casa con él, y no me hace más alta, ni más seductora, ni me siento despampanante al llevarlo pero… me veo en el espejo y me reconozco y voy y me gusto… pues algo así es.

    Escritura sin aspavientos me parece ser y algunas veces viene bien esa calma reconocible. Ajá, me gusta y mucho. Burdeos, un pequeño relato de ella, me encantó y también Queda la noche y alguno más que no recuerdo… Así que apuntaré La Señora Berg…

    Un placer, como siempre, reconocer-nos en las lecturas, niña guapa!

    Besos!

  17. El otro día me acordé de ti. Siempre que voy a la librería voy a visitar a Natalia Ginzburg. Siempre está lo mismo: Querido Miguel en español y catalán, Léxico familiar, que siempre me parece carísimo y siempre dejo para otro día que lleve el monedero más lleno. Ahora hay uno grandote de ensayos que ni te cuento el precio. Pero fuimos a la biblioteca y buscando a Belén Gopegui me encontré con Las palabras de la noche, una novela de Natalia G. que no conocía. Por supuesto la he traído y, después de Una vida inesperada, va él. Estoy deseando. Ya te contaré.
    Un beso, guapa.

  18. Pues yo, que la mayoría de las veces empiezo las cosas por donde a lo mejor no se debe, he leído primero el fragmento y me he pensado que era tuyo, Fusa, y luego he seguido con los comentarios y ha sido cuando he descubierto que no lo era, pero que podría serlo, perfectamente lo sería, e incluso me ha querido venir a la memoria algún texto tuyo (pero ahora no caigo cuál) en el que tus propias fabulaciones te arrancaban del cuarto, de la noche, de la vida y tan lejos te llevaban, y casi lo recuerdo así, como con estas mismas palabras. Para terminar, me he leído el principio. Mi mundo al revés. En el que tú, linda, estás entre mis grandes. Y esto va totalmente en serio. Porque como Alfaro, yo no veo una pirámide, yo veo esa línea de escritores y escritoras que están siempre ahí, para estrujarme todo lo que guardo dentro, y en esa línea es donde estás tú. Que no hace falta ni que te recuerde lo que me impulsas.

    Un besazo.

  19. Creo que fue cuando hablé de Bergai y le hablé directamente a Carmen Martín Gaite. ¿Puede ser? No se me ocurre ahora mismo otro texto en el que yo volara y las palabras me las llevara conmigo. A Bergai se llega por el aire, ¿te acuerdas? Será en esa entrada, sí.
    Un beso.

  20. Así estamos todos. Yo tengo ya varios pendientes en la estantería. Y como H. me los trae de la biblioteca, no puedo distraerme mucho que se me acaban los plazos. ¡Imagínate!

  21. Yo también me siento identificada con el fragmento que has escogido. Y con el párrafo que da “entrada” al fragmento. No escribo bien, no soy Clarice Lispector, García Márquez o Virigina Wolf… no escojo tal vez las mejores palabras, mis imágenes quizás son manidas, y mis relatos nada originales…Y sin embargo, transmito….y también cuenta.

    Un beso!

  22. ¡Claro que cuenta! Faltaría más.
    Eso es lo que me gusta, que me lo dijo Alfaro, que cuenta la emoción. Si yo escribo un poema que me da vergüenza enseñar pero lo copio y se lo dejo a H. para cuando llegue y se emociona, qué más da la rima o los versos o la construcción o el ritmo. ¡Qué más da todo!

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