Como agua fría

Naturaleza muerta con un plato de fruta y una botella de agua, José Victoriano González
Irene y su marido están sentados en los sillones individuales que hay en el salón. Él va cambiando la televisión de canal y ella observa en silencio todas las imágenes cambiantes: primero una entrevista, después una telenovela, después una corrida de toros. En silencio, muy en silencio. El mando del televisor está estropeado, así que él cambia con el palo de una escoba sin que eso resulte raro o divertido. Irene, después de tantos años, se siente serena. Está sentada en el sillón, con las manos sobre la falda, sin fuerza, la tela de la falda está tensa y ahí reposan sus manos, lo único que Irene se fuerza a mantener con vida es la cabeza, que la tiene erguida, el resto es un peso muerto sobre el sillón. Pero se siente feliz. Se siente renovada. No ha hecho nada nuevo: se ha levantado, ha buscado con los pies las zapatillas que estaban bajo la cama, ha levantado la persiana y corrido las cortinas y abierto las ventanas sin esperar a que su marido despertara, ha ido a la cocina y se ha preparado un café ni muy caliente ni muy frío, lo ha tomado de pie ahí mismo, se ha sentado en el sillón individual de la izquierda y ha esperado. No sabe a qué o quién, pero se ha sentado a esperar. A esperarse a ella misma. Por hoy no tiene nada más que hacer: quedan restos de la cena de ayer, la casa está limpia, hay pan duro que se dijo que iba a tostar con tal de no bajar a por otra barra. No hay nada que hacer, salvo sentarse y esperar. Su marido cambia de canal cada dos segundos, apenas les da tiempo a los de dentro de la televisión a acabar una frase entera. Pero él no está viendo nada, está, también, esperando, sin saber, pero esperando. Hace ya dos años y medio que se ha jubilado y está constantemente aburrido. Irene hace ya cuatro: tuvo que jubilarse antes porque los huesos no le aguantaban, ya no era capaz de limpiar las porterías ni las casas, no podía agacharse ni levantar el cubo con el agua ni mover con soltura el mocho. Y se jubiló sin ningún problema. Irene le dice a sus hijas, cuando le preguntan si se aburre, que una mujer de su casa nunca se aburre, siempre tiene algo que hacer, les dice que los hombres son diferentes, que necesitan trabajar, pero que una mujer nunca puede aburrirse y, si se aburre, es porque no es buena mujer de su casa. Lo dice sin alegría, sin orgullo, sin nada. Lo dice y parece que no piense lo que está diciendo, pero lo dice. Su marido, en cambio, desde que se ha jubilado, anda pidiéndoles nietos para tener algo que hacer. Cuando sus hijas lo escuchan, miran a su madre como dándole la razón, pero Irene está mirando casi siempre por la ventana. Sólo se puede decir que Irene mira cuando están sus ojos a la ventana. Con todo lo demás, parece ciega. Esa mañana ya no tiene nada más que hacer. Están sentados en los sillones individuales del salón y su marido cambia de canal con el palo de la escoba. Entonces Irene aparta sus ojos del televisor y le dice: tráeme una jarra de agua, Pepe, de agua fría, bien fría. Pepe se levanta sin pensarlo y, cuando ya está de pie, se gira y pregunta para qué la quiere. Ella contesta serenamente como en una dulce espera: que sea bien fría, Pepe, sólo te pido eso, hazme el favor, una jarra de agua muy fría. Y, mientras él se dirige a la cocina, Irene camina lenta hacia la ventana. Cuando consigue subirse con los pies arriba, sonríe y piensa en Pepe, en cuando llegue al salón con la jarra de agua fría, sonríe más amplio y salta como un pájaro recién nacido, se dice: él entenderá, él entenderá.

15 pensamientos en “Como agua fría

  1. A pie de cuento: el otro día me fui al blog de la princesa de hojalata y me encontré con una entrada que hablaba y reflexionaba acerca del suicidio. Leí los comentarios para ver qué opinaba la gente y me encontré con un comentario desgarrador: el de IN PERDIBLES. Hablaba del caso de este cuento, un caso, por supuesto, real y anterior al texto. Lo leí y decidí que, con todo el respeto del mundo, escribiría un cuento acerca de esa mujer que, para mí, se llama Irene.

  2. Recientemente, y por razones que no vienen al caso, he tenido conocimiento de ciertos casos de suicidio, que son tan imprevisibles (al menos para los demás) como el que narras aquí. Los familiares también se han quedado en muchos casos, con una jarro de agua fría.
    Buen texto

  3. Yo creo que, en este caso, la mujer pidió la jarra de agua fría con una intención. Y es que el marido, al llegar al salón, después de que saltara, después de llenarlo de agua lo más fría que pudo, se sintiera como ella se había sentido toda su vida. Todos sin imprevisibles porque no podemos ver el alma de las personas… ahí dentro todo está claro y explicado.
    Un abrazo, Anab.

  4. De nuevo has escrito una historia preciosa, Fusa, pero en este caso tremendamente sorpresiva, de verdad, de verdad, no me esperaba ese final. Comprendo la actitud de Irene, su decisión, pero sin tener la experiencia de ningún caso muy directo o próximo, pienso que, sea como sea, es más valiente quien elige vivir.

    Un abrazo.

  5. Yo tampoco me esperaba ese final. Cuando leí el comentario, cuando imaginé la situación, cuando me vi al hombre con la jarra de agua fría en el salón, su mujer habiéndose tirado, me dejó de piedra y, en el fondo, aunque también creo que lo valiente es elegir vivir, en el fondo, me dije: vuela, amiga.
    Un abrazo.

  6. En el fondo del alma, como dices, es donde se hallan las respuestas, aunque a veces ni siquiera existan. No conocía la historia real, pero tú la has convertido en algo precioso. Y tampoco sé el nombre de esa mujer pero me da igual, seguro que en el fondo se llama irene.
    un abrazo
    Rafa

  7. Qué alegría me das tú ahí, en el fondo del alma, viniendo por aquí, volviendo, revolviendo. Pero alegría de verdad.
    La historia real está llena de cuento y el nombre, no sé, esas intuiciones. Y estoy casi convencida de que no se llama Irene, pero en mi mente, como un chispazo, es así.
    Bienvenido como siempre aquí, Rafa.
    Un abrazo.

  8. Que tema este… yo creo que como uno tienen derecho a vivir su vida también tiene derecho a vivir su muerte…
    Y si no, no mas ver la sonrisa de esa mujer cuando ve en la muerte su única alegría… y quien puede decirle que no…
    Triste muy triste… que encuentre la paz en donde la busco….
    Besos linda!

  9. Por eso miré los comentarios, porque yo todavía no tengo una opinión formada al respecto. Hay días que pienso como Wara y digo que lo valiente es vivir. Hay otros que pienso que, como tú, todos tenemos derecho a elegir sobre ambas cosas: vida y muerte. Y encontré esta historia pequeña y desconocida y enorme y universal.
    Un abrazo, linda.

  10. ¡No te preocupes! De todas formas, ya más o menos os distingo escribiendo y no es la primera vez que vuestros muñecos y nombres os traicionan :)

  11. La depresión es una enfermedad que puede hacer que hagamos cosas que realmente si tuviéramos toda nuestra vitalidad, no haríamos, esta enfermedad no deja sitio para la razón, pero sí para el impulso, impulso de sentirse mal, impulso de llorar, impulso de dormir o desvelarse, impulso de no sentir nada, impulsos.

    La realidad hace que tu relato dignifique y llene de contenido la historia de Irene.
    La vida de Irene estaba bacía en apariencia para ella, es verdad que el mundo en el que vivimos nos recluye muchas veces y no siempre podemos pedir ayuda o prestar atención a las llamadas de atención.

    Ninguna persona se quitaría la vida si tiene otras opciones y aprecia la vida de los demás, cuando ni siquiera ves el daño que le causaras a tu familia por tu decisión, es que no valoras la vida.

    No hablo de personas con terribles daños, enfermedades o temas delicados que haya que tomar una decisión humana e individual para con el problema de una persona y que tenga una muerte asistida, que no es lo mismo que quitarte la vida porque estas pasando por una depresión, terrible o no.

    Lo malo de nuestra medicina actual es lo mucho que se benefician los laboratorios y multinacionales a la hora de fabricar medicamentos que oculten los síntomas, pero no hagan o no tengan ningún efecto sobre la enfermedad.

    Tengo que decir que es brillante y desgarradora Fusa, gracias por tus increíbles muestras de talento.

  12. Es verdad que la realidad de este cuento hace que uno lo lea de otra forma. Podría haberme inventado una historia así, un final simbólico, pero el hecho de que esto haya ocurrido, nos hace pensar mucho más sobre esta Irene que quizá no se llame así. Pensar que hubo una mujer que se tiró por la ventana y un hombre que llegó al salón con una jarra de agua fría, nos produce algo dentro que, bajo el cuento, donde todo se justifica y se lee desde fuera, no ocurriría.
    Un abrazo, J.
    Vuelve por aquí tantas veces como quieras.

  13. ¡Uf! Me he quedado helada yo también, no me esperaba este final, creí que le iba a tirar el agua fría para que “despertara” y espabilara la “momia” de su marido…pero no…

  14. Es que es un final de espanto. El agua no deja de ser un despierta, de todas formas, aunque ella haya saltado por la ventana. Es un: aunque me vaya, despierta, a mí ya no me sirves despierto, pero hazlo, para ti, para los tuyos que también son los míos, aquí y donde me vaya.

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