Rosalía

Photo taken with Focos Processed with VSCO with b5 preset

A mí, Rosalía, me emociona. Lo que ocurre sobre el escenario en un concierto de Rosalía me conmueve hasta el alma. Cuando canta a capela me conmueve, cuando baila me conmueve, cuando se emociona porque el público corea su nombre me conmueve, cuando la escenografía habla por sí sola me conmueve, cuando sus bailarinas crean imágenes me conmueven, cuando recupera un clásico me conmueve, cuando sonríe o deja de sonreír me conmueve. Quizá no soy la persona adecuada para escribir sobre el concierto en el Palau Sant Jordi del último fin de semana, porque a mí Rosalía, y lo que ocurre sobre el escenario cuando Rosalía da un concierto, me conmueve hasta el alma.
El mal querer es un disco que podría haberme cambiado la vida hace diez años, y que ha tenido la capacidad de cambiármela en el 2019 de todas formas. He analizado cada una de sus canciones hasta la obsesión, y he buscado en cada una de las repeticiones del coro o de las palmas su significado. He podido comprender de qué hablamos cuando hablamos del mal querer, y resolver ciertas cosas sólo escuchando el disco. Es normal que me conmueva, y es normal por un motivo: el disco, lo que ocurre sobre el escenario y Rosalía son conmovedores.
Quizá algunos se dedicaron a mover el esqueleto a ritmo de trap-reguetón-flamenco, y desde luego con Fucking money, man el Sant Jordi se viene arriba. Pero lo que hace Rosalía va más allá de su imagen más inmediata y más superficial, que también la tiene y también soy capaz de valorarla en su contexto. Va más allá porque El mal querer trasciende a los estilos musicales y hasta a la propia Rosalía, es un disco, sí, conmovedor. Y después nos lo pasamos bien bailando, de acuerdo, y nos reímos, de acuerdo, y las chicas de delante se graban cantando a una cámara con flash que nos deslumbra, sí, y los más jóvenes leen en su propio código que te estoy amando locamente. Pero no nos olvidemos de que lo que hace Rosalía sobre el escenario, cada una de las decisiones que toma sobre el escenario y fuera de él, en un estudio de grabación, son conmovedoras hasta el alma. Incluso las que parecen inocentes, incluso las que ya sólo entienden los más jóvenes.

Columna en El Periódico

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