El caso Ginzburg

Poco a poco se va traduciendo al catalán y al castellano toda la obra que quedaba pendiente de Natalia Ginzburg. Hace unos años me resultaba imposible —por difícil y económicamente— comprarme una edición española de Sagitario, y gracias a la recuperación de los textos breves de edicions de la ela geminada, por fin he podido descubrir la historia de la señora Fontana. A menudo las novelas, y sobre todo las más breves, tienen un argumento insignificante: mujer se muda a la ciudad, se preocupa por casar a sus hijas, siente una frustración cuyo origen no acaba de identificar, conoce a la que se convierte en su amiga y empieza una historia de mentiras y ocultaciones de la vida real: la mezquindad, las apariencias, la autoestima.
Sagitario, de Natalia Ginzburg, igual que Valentino, o El camino que lleva a la ciudad, es un texto lleno de detalles insignificantes, de descripciones minuciosas de las absurdidades de la vida, de menudencias cotidianas que no esconden otra cosa que el transcurrir de los días. Natalia Ginzburg ha sido capaz, con el paso de los años, de burlar todas las etiquetas: escribe sobre la vida íntima y privada de personajes femeninos, las preocupaciones más tontas de las madres de la época, escribe acerca del costumbrismo italiano de entonces… y sin embargo, nadie diría que es una escritora de literatura femenina, o para mujeres, o feminista. Las débiles heroínas del día a día han conseguido, hasta el punto de convertirse en una autora clásica y de referencia, no quedar sepultadas por tantos prejuicios de la crítica literaria.
En la ausencia de márgenes está el éxito de una autora como Natalia Ginzburg: sin renunciar a su experiencia, sin renunciar a su mirada, sin renunciar a contar la vida de las mujeres —las mediocres y las brillantes—, ha escrito obras universales de la literatura universal. Se ha convertido en una autora atemporal, respetada. Nadie ha menospreciado los argumentos de sus novelas o relatos, pese a que la mayoría de ellos aspiren a la vida más sencilla e invisible; nadie ha cuestionado su valía como artista, y nadie ha puesto en duda su talento, que no va tan acompañado del éxito como en casos de compañeros. El día que el Caso Ginzburg no sea una excepción, podremos de dejar de interpretar con mirada de género la cultura.

Artículo en El Periódico

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