Habitación de hotel

Mete la mano en su chaqueta y saca un fajo de billetes, no muchos. Se los lanza a los pies, en la cama.
—Parezco una puta.
—Cómo vas a ser una puta, eres mi amor. Es que si no te lo doy ahora, luego se me olvida.
—No pasaría nada.
—Ya, pero quiero dártelo.
Él está vestido. Se mira en el espejo, se arregla para irse.
—Abrígate, que hace frío.
Ella está en la cama, desnuda, con las sábanas cubriéndole el pecho, y piensa: como una puta. Pero no es una puta, es el amor de alguien, es el deseo de alguien, su regalo. Él lo ha dicho, no tiene por qué mentir. La habitación de hotel es pequeña, está en penumbra. Podrían haber encendido más luces, pero estaban cómodos en la oscuridad, podían mirarse directamente a los ojos sin avergonzarse.
—Qué raro es todo.
Es raro, pero no malo. Ella no es una puta aunque lo parezca. Él no es un niño aunque lo parezca. Se mira en el espejo y sonríe. Se levanta el cuello de la chaqueta y se tapa la boca, preparándose para la calle, el enemigo. Sale de la habitación y antes de cerrar la puerta vuelve a la cama a besarla. Es justo lo que estaba esperando.
—Es todo rarísimo, ¿verdad?
—Sí. ¿Te arrepientes?
—No…
Se queda sola en la habitación. Repasa todo: la televisión colgada de la pared, las cortinas vaporosas, la moqueta, la radio incrustada en el cabezal de la cama, las dos mantas floreadas, la mesa frente a un espejo, imitando un tocador, el sillón donde está su ropa. Se levanta para ir al baño. No enciende la luz, se sirve de la que hay en el pequeño recibidor, en el que horas antes se han encontrado como una puta y un niño. 
—¿Huelo a lavanda?
—Mejor todavía.
Se lava las manos con agua fría mientras espera que se caliente. No sabe cuánto tiempo va a estar sola en la habitación, así que aprovecha para ir desnuda, impúdica. Se agacha a recoger su ropa interior del suelo sin miedo a que nadie la observe desde la cama. Se atreve a encender una lámpara más y recuerda cuál es el interruptor para poder apagarla rápidamente cuando él esté de vuelta. Busca las llaves por todas partes, pero no las encuentra: se las ha llevado, entrará sin avisar. Vuelve a la cama y se tumba sobre las sábanas, con un pie toca los billetes que había olvidado. No sabe cómo quiere que la encuentre cuando vuelva. Se mete en la bañera, que ha llenado con agua caliente: tibia, puesto que el hotel no es precisamente lujoso.
—No necesitamos más. Una cama limpia.
Cuando él vuelve y abre la puerta con la llave, cree que la encontrará en la cama. Se asusta cuando no la ve.
—¿Mi amor?
Contesta desde la bañera. 
—Ya he traído la cena, cuando acabes de bañarte preparo la mesa.
Él, en la habitación. Ella, en el cuarto de baño con la puerta cerrada.
—He estado pensando algo.
—Dime, mi amor.
Él siempre la llama así.
—Que no puedo aceptar tu dinero. Si lo acepto…
—Tienes que aceptarlo. Lo prometiste.
—Sí, pero el dinero sólo lo aceptan las putas.
—Pero tú no eres una puta, eres mi amor.
—Si fuera tu amor, no cogería el dinero.
No quiere discutir, prefiere no contestar y preparar la mesa con la cena, que tanto le ha costado encontrar. Es tarde, estaba todo cerrado. Se sentía un salvaje buscando comida para su mujer, supervivencia animal. 
—¿Te ha visto alguien por la calle?
—No, hemos tenido suerte.

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