Diario de un hombre tierno

Aunque el diario de “La tregua” pertenece a Martín Santomé, quien haya visto alguna vez los ojos de Mario Benedetti estará de acuerdo conmigo en que es inevitable mezclarlos y confundir a estos dos hombres tiernos, y con toda la intención del mundo. También he decidido confundirlo a propósito con el coronel de Gabriel García Márquez, y diré por qué. Martín Santomé se va a jubilar y cuenta uno a uno los días, una cuenta atrás penosa que lleva desde hace cinco años. Ambos hombres están marcados por la cotidianidad, por una gris y rutinaria vida que los tiene estancados, apartados del camino, en una especie de mundo pausado en el que nadie les pide que se impliquen. Se mantienen al margen y esperan una carta o la jubilación, pero están en un limbo desagradable, adormilados, sin que nadie les tenga en cuenta. Los ojos de Benedetti, en cambio, obedecen más a la ternura de Martín Santomé cuando aparece Laura Avellaneda. Pero no quiero adelantarme ni contar esta historia de forma desordenada. “La tregua” es el diario de un hombre que, aunque no precisa tanto ocio como para llevar la cuenta atrás del tiempo que le queda para jubilarse, sólo piensa en descontarle días a su libertad. Viudo desde hace muchos años y con hijos ya mayores y bastante ajenos a él, unos desconocidos, Martín Santomé trabaja en una oficina y esto es todo lo que se puede contar de este pobre hombre. La novela empieza con unos versos de Vicente Huidobro que saben explicar mucho mejor que yo qué tipo de hombre es: Mi mano derecha es una golondrina / Mi mano izquierda es un ciprés / Mi cabeza por delante es un señor vivo / Y por detrás es un señor muerto. Sí, Martín Santomé es un señor muerto que se levanta y arrastra su ternura hasta que consigue buscarle acomodo en la vida lentísima que lleva desde que está solo. Procura, de vez en cuando y con poco éxito, acercarse a sus hijos, pero ni eso le alcanza para que el señor vivo de la parte de delante de la cabeza sea más importante que la de atrás. Martín Santome, o vaya usted a saber, quizá Mario Benedetti, hablan de los hombres a horario de Montevideo, y dice que entran a las ocho y media y salen a las doce, y regresan a las dos y media y se van definitivamente a las siete, y tienen los rostros crispados y sudorosos, y van y vienen, y: Están instalados demasiado cómodamente en la vida, en tanto yo me pongo neurasténico frente a un almanaque con su febrero consagrado a Goya. De acuerdo, Martín Santomé no es un hombre a horario y a diferencia de los que sí, no está instalado cómodamente en la vida, pero está instalado en algo peor, y es en la no vida. Martín Santomé se siente vacío y además lo escribe: doblemente vacío. No es un hombre a horario y sin embargo tiene un horario y, desde fuera, parece que no se ponga neurasténico frente a un almanaque. Desde fuera. Pero nosotros a Martín, el pobre Martín Santomé, lo conocemos desde dentro, y ahí vemos qué tipo de calambres le recorren su acomodado cuerpo, y qué pesar lleva encima, y lo mucho que le cuesta descontar días para la jubilación sabiendo que, una vez llegue, no va a saber qué hacer con el hombre sin el horario. Pero entonces ocurre algo maravilloso y es que entra en escena Laura Avellaneda, una mujer de veinticuatro años que pudorosa y tímidamente acaba por enamorarlo. Es ahí donde podemos ver el diario de un hombre tierno, que se fija en si Avellaneda lo tutea o no, que le cuenta los lunares mientras repasan las cuentas de la oficina, que se fija en los llantos de Avellaneda y les busca la explicación, que se da cuenta de lo poco que entiende a las mujeres, que lo tienen despistado; y es ahí donde vemos lo que puede hacer el amor con un hombre que está solo, que está apartado, que se va a jubilar pero no le va a servir absolutamente para nada. Avellaneda… mirad qué consigue de Martín Santomé: Ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano, y eso era amor. Avellaneda arranca a Martín Santomé de donde estaba, ese limbo peligroso de la rutina gris, y lo vivifica: coge a ese hombre apartado de la vida, solo, vacío, que escribe sobre esa vida, esa soledad y ese vacío, y lo sacude así, tiernamente, con sólo cogerle la mano. Pero el hombre que llevaba la cuenta atrás hacia la jubilación, lo que no sabe es que estaba llevando la cuenta atrás para el final de su felicidad. Martín Santomé, que ya no se parece en nada a un hombre a horario, que con Avellaneda ha vuelto a la vida, a una vida activa, una vida viva, lo que no sabe es que su suerte es una suerte oscura. Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua. Al principio, me resistí a creer que eso pudiera ser la felicidad. Me resistí con todas mis fuerzas, después me di por vencido y lo creí. Pero no era la felicidad, era sólo una tregua. Esa tregua es Laura Avellaneda, pero Laura Avellaneda se apaga, se va apagando. Y Benedetti, que tiene esos ojos, que la ternura de este diario es suya más que de Martín Santomé, que se apaga con Avellaneda y se vuelve al incómodo limbo de la soledad y el hombre a horario sin horario, jubilado, Benedetti nos concede también una tregua, y nos regala un poema de la mujer de veinticuatro años que despertó a Martín Santomé, que tuvo el sencillo coraje de quererla: Usted Martín Santomé no sabe / cómo querría tener yo ahora / todo el tiempo del mundo para quererlo / pero no voy a convocarlo junto a mí / ya que aún en el caso de / que no estuviera / todavía muriéndome entonces moriría / sólo de aproximarme a su tristeza. // Usted Martín Santomé no sabe / cuánto he luchado por seguir viviendo / cómo he querido vivir para vivirlo / porque me estoy muriendo, Santomé. // Usted claro no sabe / ya que nunca lo he dicho ni siquiera / en esas noches en que usted me descubre / con sus manos incrédulas y libres / usted no sabe cómo yo valoro / su sencillo coraje de quererme. // Usted Martín Santomé no sabe / y sé que no lo sabe / porque he visto sus ojos despejando / la incógnita del miedo // no sabe que no es viejo / que no podría serlo / en todo caso allá usted con sus años / yo estoy segura de quererlo así. // Usted Martín Santomé no sabe / qué bien, que lindo dice / Avellaneda / de algún modo ha inventado / mi nombre con su amor. // Usted es la respuesta que yo esperaba / a una pregunta que nunca he formulado / usted es mi hombre / y yo la que abandono / usted es mi hombre / y yo la que flaqueo. // Usted Martín Santomé no sabe / al menos no lo sabe en esta espera / qué triste es ver cerrarse la alegría / sin previo aviso / de un brutal portazo. // Es raro / pero siento / que me voy alejando / de usted y de mí / que estábamos tan cerca / de mí y de usted // quizá porque vivir es eso / es estar cerca / y yo me estoy muriendo / Santomé / no sabe usted / qué oscura / qué lejos / qué callada / usted / Martín / Martín cómo era / los nombres se me caen / yo misma me estoy cayendo 
usted de todos modos 
no sabe ni imagina 
qué sola va a quedar 
mi muerte 
sin 
su 
vi 
da.

4 pensamientos en “Diario de un hombre tierno

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