La escafandra y la mariposa

Como dices tú: a ver, mira una cosa. Ahora lo digo yo aquí: mira una cosa. Para la escena que voy a describir necesito que se tenga la sensación de estar metido en un ojo de pez. Por ejemplo, cuando voy nadando y llevo el gorro puesto, pueden pasar dos cosas. Pueden pasar millones de cosas, pero yo voy a hablar de dos. Puede ocurrir que esté nadando con las orejas completamente cubiertas por el gorro, y el gorro puede ser de tela o de latex. Si es de tela, se mete todo el agua. Si es de latex y tengo las orejas completamente cubiertas, es como si estuviera metida en un túnel. Es como si estuviera en una máquina de resonancia, o como imagino yo que tiene que ser estar metido en una máquina de resonancia, que creo que será como estar metido en un ataúd pero iluminado, como estar dentro del vientre materno, flotando. Pues la escena que voy a describir tiene que ser leída como si se tuviera el gorro de natación puesto con las orejas completamente cubiertas y se respirara cada cuatro brazadas haciendo crol, es decir, con la cabeza sumergida y ese sonido que hay debajo del agua cuando nadas, que es el sonido básicamente de tu respiración, y a lo mejor si en el carril de al lado están haciendo cursillos niños, pues el ruido de los niños llorando o riendo o diciendo no me sueltes, que era lo que yo decía en mi primer cursillo de natación a pesar de que la monitora siempre me soltaba. Esta escena es así, yo me la he imaginado así. Antes de contarla quiero asegurarme de que se entiende cómo tiene que ser la voz y el ambiente. Mira una cosa: tiene que ser como si estuvieras envasado al vacío, algo así. Por ejemplo, en el videoclip de Radiohead, cuando el agua va subiendo y subiendo y el tío sigue cantando y le salen burbujas; así yo creo que tiene que leerse esta escena, y también con una voz acorde a esa sensación de envasado al vacío. Ya sé: como la voz que tiene el paciente de La escafandra y la mariposa. No puedes hablar y sólo puedes pensar, sólo puedes pensar y llevar una voz de pensamiento, que no es lo mismo que una voz de hablamiento, así que el tono es bastante diferente, como si fuera de ultratumba. Sin alargar las vocales pero un poco lejano. Bien, una vez se entiende cómo debe llevarse a cabo la escena, paso a contarla. En realidad podría simplemente leerse, sin ninguna voz, sin sensación de ahogo, pero como yo me la he imaginado así, necesito asegurarme de que va a ser recibida de la misma manera. Tanta explicación hace que esta descripción sea sólo una escena y no pueda ser jamás un cuento, pero es que en mi mente siempre ha sido una escena y no un cuento. Ahora que ya se sabe cómo tiene que ser la voz, de ultratumba y pensamiento, necesito que todo se vea a través de una pecera. No he estado ni en un ataúd ni en una pecera, pero todos nos lo imaginamos, supongo, y estoy convencida de que es más o menos como el tipo de Radiohead. ¿Estamos? Mira una cosa: una visión así, un poco como si llevaras gafas de aumento con la vista perfecta, que eso sí, quien más quien menos, lo hemos hecho alguna vez, probarnos las gafas de alguien con mucha miopía. Una visión un poco mareada, como de estar bajo el agua y abrir los ojos dos segundos solamente porque después sabes que te van a picar y se te van a poner rojos. Así, eso que se te pone todo de burbujitas y cuando sueltas el aire, no ves nada, sólo blanco de burbujas, blanco de haber respirado, y algunas de ellas se te quedan pegadas a la cara, burbujas por toda la cara. La escena es así, en ojo de pez, o sea un poco redondeada por los extremos. Como si una persona llevara una cámara en la solapa de la chaqueta, una chaqueta de paño, buena. En la solapa, donde el ojal: ahí, una cámara que lo filme todo en ojo de pez, con una voz de pensamiento, toda llena de burbujas diminutas por la lente. Un poco asfixiante, y la voz que va explicando todo debe ser como la voz de una escafandra, dando explicaciones de cualquier cosa, lo que se ve y lo que se piensa, como el paciente de la película. Bien, ahora:
Dos personas. Un hombre y una mujer. La mujer es joven: como se dice: insultantemente joven, descaradamente joven, hermosamente joven, deslumbrantemente joven, osadamente joven, tiernamente joven. Es verdaderamente joven, la mujer. Entran en un supermercado. Pensaban que no habría ninguno abierto y se dirigían a un restaurante que pensaban que estaría abierto pero estaba cerrado, así que el supermercado que esperaban cerrado, está abierto. Entran dentro: la luz cegadora de los supermercados. Entran y lo primero que se ve es: la juventud. Dentro del supermercado y dentro de la luz incandescente hay pocas personas porque no es una hora común para una tienda. Dentro de la luz del supermercado hay otra luz, que es la de la juventud, y ambas unidas son dañinas, porque son incluso peor que una mañana, el centro mismo del sol. El hombre y la mujer van cogidos de un DEDO. Los dedos índice de ambos están enredados. Como van muy juntos, a menos que se separen no se les ve la unión. Se van metiendo por los pasillos y los pasillos son una fiesta para la pareja. Se ríen y ella es de una juventud inaguantable. De él no se sabe lo que es inaguantable: una belleza extraña. En cualquier caso, no es insultantemente joven, descaradamente joven, hermosamente joven, deslumbrantemente joven, osadamente joven, tiernamente joven. Es un hombre. Se van haciendo preguntas:
—¿Quieres frutos secos?
—Me da lo mismo.
—¿No te gustan?
—Sí, sí me gustan, pero me da lo mismo.
—Si compro, ¿vas a comer?
—¿Tú quieres comprarlos?
—Si comemos los dos.
—Cómpralos y a lo mejor como.
—¿Te gustan?
—Que sí.
—¿Segura?
—Segura.
Con esas preguntas se delatan: no se conocen todavía. El hombre sabe de la juventud pero no sabe todavía qué le gusta, qué no, qué prefiere. Una mujer al lado los mira de reojo: no ha visto la unión de los dedos índice. Los mira y se pregunta qué son. No se pregunta quiénes son sino qué son. Se separan: ella se va a los dulces, él se pone a elegir los frutos secos. Cuando se separan, apuran la unión de los dedos índice como se apura la comida de un plato o la bebida de un vaso y la mujer que se pregunta no quiénes son sino qué son: ve la unión. Ya sabe qué son: amantes. Ella es de una juventud incómoda, de una luz incómoda. Están en un supermercado y es una fiesta: es incómodo. Los dedos son incómodos, que se pregunten ahí delante de todos es incómodo. Se encuentran en el pasillo de las bebidas.
—¿Qué prefieres?
—Un zumo. De lo que sea.
—Nos vamos a quedar dormidos. Podríamos coger algo con cafeína.
—Pero está caliente.
Van trazando un mapa de lo que sea. Vuelven a tener los dedos índice unidos pero ya los han mostrado al resto. Ya saben qué son pero siguen sin saber quiénes son. El cajero los mira y sonríe. El hombre sigue preguntando qué le gusta, qué prefiere, si va a probar, si le apetece.
—¿Es que no te gusta?
—Sí, pero no quiero.
—Pero te gusta, ¿no?
—Me encanta.
—¿Segura?
—Segura.
Están cerca uno de otro. La última pregunta no la ha podido escuchar nadie porque se la han dicho a la boca, como si ahí estuviera el sentido del oído. Se han hablado a la boca y han separado la unión de los dedos índice porque se han pasado una mano por la cintura mientras la boca recibe las ondas que transportan el mensaje con las preguntas y toda esa novedad que es estar juntos por primera vez en un supermercado, paseando la unión de los dedos índice, la juventud de uno de los dedos entrelazados. Dejan de preguntarse cosas, ya lo han elegido todo. Se acercan a la caja, con el cajero que antes les ha sonreído, les ha sonreído a la boca y también a la fiesta. Pasa cada uno de los productos que han comprado y les dice la suma final. La mujer que los ha mirado está en la cola, esperando, y se pregunta quién va a pagar. No se pregunta con qué van a pagar ni tampoco cuánto van a pagar sino quién. Él se anda en el bolsillo palpando billetes, los saca lentamente para que no se le vengan todos de golpe, para que no se sepa que lleva dinero suficiente para no volver a casa en toda la noche. El hombre de la caja da una cifra pero a la mujer no le interesa. El dinero que pagan los demás no le interesa a nadie a menos que sea una suma considerable, pero ésta no es una suma considerable. La juventud de ella sí lo es. El hombre considerablemente atractivo saca los billetes pero falta el dinero suelto para darlo justo. Ella dice:
—Yo tengo.
—No, deja.
Porque el hombre no quiere que pague nada. El hombre sólo quiere tener el dedo de ella enredado en su índice y que le diga qué le gusta y qué no le gusta, y después que cuando se alejan un momento apuren la unión, y también quiere que ante todos pasee esa juventud, y también que mientras él está eligiendo qué bebida tomar, ella se mueva a su lado coqueteando, diciéndole intimidades o impertinencias sin que nadie las oiga, quiere reírle todas las gracias y que la fiesta sea incómda, pero no quiere que pague.
—No, deja.
Ella deja. Están en ese momento en el que no se insiste por nada. ¿Deja? Pues deja. No paga nada. Sólo recoge de la cinta los productos y pone en una bolsa lo que han comprado; mientras, el hombre va diciendo que ya lo hace él.
—Deja, deja. Eso pesa mucho.
Es una fiesta, una ilusión cegadora, impertinente. Salen a la calle con las bolsas y en la oscuridad de la noche ya no hay juventud incómoda porque en la noche no hay nada que sea incómodo, ni siquiera la lluvia que un poco molesta en los cristales de las gafas, pero nada más. Llegan a una habitación y el señor de la recepción les dice que han tardado muy poco por el placer de crear una complicidad dentro de la complicidad de la unión de los dedos índice entrelazados. Entran al dormitorio y a ella le parece que las gotas que se le quedan a su hombre en la chaqueta, absolutamente perfectas, cubriéndolo, haciendo una capa de rocío diminuto, una segunda piel de gotas que son de lluvia cómoda de la noche sin juventud; le parece que las gotas hacen una película sobre la chaqueta que le gusta. Dice que son bonitas esas gotas en él, en su chaqueta, porque están todavía en ese momento en el que todo lo hermoso se comparte y se dice y se manosea.
—¿Sabes por qué se quedan así las gotas en la chaqueta?
Una sonrisa podrida de juventud, blanca.
—Porque es de buen material.

4 pensamientos en “La escafandra y la mariposa

  1. ¡Excelente trabajo, en él encuentro la combinación hermosa de las bellas artes… pero lo más esencial es su contenido!¡Para mí ha sido un gran honor hallar en mi camino tu maravillosa obra, la he leído y escuchado con mucha atención y siento que en ella alcanzaste una gran profundidad
    ¡Mis más sinceras felicitaciones, estimada poeta!

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