Incontables

Oswaldo Guayasamín 
No recuerdo muy bien si estábamos a punto de irnos a comer, a punto de irnos a cenar, a punto de irnos a dormir o no estábamos a punto de nada. Sólo sé que estábamos las tres en la habitación, y como por la tarde no da el sol en la ventana (debíamos de estar a punto de irnos al centro), la teníamos de par en par. Y a veces me llegaba la música de los vecinos, pero otras veces me llegaban sus gritos. Yo había convencido a las chicas de que mi casa estaba en un lugar tranquilo, pero justo eran las fiestas del pueblo y había música a todas horas. De todas formas, por la tarde, que es cuando no da el sol en la ventana y corre un poco de aire si abro la ventana de mi hermana, el lavadero y el balcón, por la tarde no había música de las fiestas, y lo único que había era quietud, y un poco de aire que se agradecía. De pronto, la vecina del edificio de enfrente, y no era la primera vez, se puso a gritar. Gritaba tanto que parecía que estaba entre nosotras, que era una de nosotras la que estaba gritando, y de ser así, probablemente sería yo la de los gritos. Gritaba y gritaba y gritaba.
-¡Que ya estoy harta, que siempre estáis igual! ¡Pues ya estoy harta! ¡Y me voy, si quiero me voy! ¡Que no aguanto más!
Unos segundos antes de que esa mujer gritara, ya digo que sólo había quietud. Una quietud que parecía también que estaba entre nosotras. Yo dije inmediatamente que para que una mujer de pronto se ponga a gritar así, tan alto y con tanta desesperación, le han tenido que tocar las narices muchísimo. Que no era normal que una mujer se pusiera a gritar de aquella manera sin venir a cuento. Sin que se oyera el llanto de un niño pequeño, o un hijo travieso que ha tirado todos los platos al suelo, o la discusión con un hombre. Del silencio, brotó aquel chillido que parecía de otro mundo.
-En serio, para que de pronto te pongas así, te han tenido que tocar mucho los…
Me di cuenta de que mi idea del grito de una mujer no se correspondía con la idea del grito de una mujer que ellas tenían. Al rato la vecina se calló, y estuvimos hablando de los gritos, y haciendo suposiciones y hablando. Me dijeron que aunque te toquen muchos los… la moral, ponerse a gritar así… y yo dije que podías ser la persona más normal del mundo, y la más tranquila, pacifista si quieres, y de pronto, si un día te molestan mucho, un día o varios, si te van molestando y molestando y molestando y molestando, de pronto das ese grito y te quedas como nueva. Seguíamos sin ponernos de acuerdo, y que ese grito no era normal y por lo tanto la mujer debía de estar desquiciada o mal de la cabeza o lo que sea. 
-Pues yo una vez grité así, y fue porque me habían tocado mucho los huevos antes -me salió así.
Me puse a pensar, y me di cuenta de que había gritado así más de una vez. Incontables. Pero que yo me consideraba, y me sigo considerando, la persona más normal y más tranquila y pacifista si quiero. Me acordé de cuando… pero es mejor pensar en que ahora, ahora mismo, mientras escribo esto, la vecina está escuchando una música horrible, pero, bueno, es su música, y además nadie debería decirle nada.

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