Desde entonces tenía siempre prisa

Basta, Agatina, basta,
que en el espejo está el diablo

ALESSANDRA LAVAGNINO

Igual que Tina Balser, la protagonista de “Diario de un ama de casa desquiciada”, publicada en Libros del Asteroide, nos dejaba buena cuenta de cómo una vida perfecta no es útil en absoluto cuando la afortunada tiene mayores aspiraciones que una buena casa, un buen marido y un buen hijo, Agata Avolio, la protagonista de “Un granizado de café con nata”, de Alessandra Lavagnino, publicada en errata naturae, se ve sumida en una eterna tristeza del mismo modo. En este caso, no es una vida aburrida y unas enormes ganas de respirar aire nuevo y fresco el motivo, sino que es un accidente el culpable de que la vida, hasta entonces gris -pero de un gris que no incomoda, que acompaña silencioso-, de nuestra Agatina se ponga en el punto de mira, en el blanco de todas sus verdades. Y cuando hago referencia a todas sus verdades es de una manera literal: el accidente ha provocado que pierda la habilidad de mentir. No grandes mentiras, sino mentiras del día a día. De este modo, una vida envidiable y ordenada, una vida en el «secretismo interiorizado de las mujeres» se ve alarmada por la incapacidad de mentir. Agata arruina la vida de sus seres queridos porque no es capaz de ocultar todo lo que piensa. Así, todo queda en entredicho y forzosamente falso: sus padres, su hermano, su marido, absolutamente todos prefieren a la Agata que sabía mentir, que les ocultaba su lado único, el que vale de verdad.
La novela se va cruzando entre una voz que habla hacia sí misma y otra voz que está escribiéndole una carta a Lorenzo, su esposo. La niñera (su enemiga secreta), su hijo (lo único puro que le queda), su madre (que la vigila), su padre (que se desliga de ella), su hermano (que acaba estallando una noche), su cuñada (que la engaña)… todos los que se rozan con la verdad de Agata acaban por alejarse de ella. De ahí la intimidad que encontramos en la narrativa de Alessandra Lavagnino. La protagonista ha quedado olvidada, ha sido repudiada por la sociedad, por un mundo que necesita de una máscara, de un caparazón que te permita defenderte y ser defendido por los demás: en ese estado aparte en el que queda rezagada Agata Avolio, hay el suficiente vacío y soledad para escribir como si fuera una confesión. No tiene remedio, no sabe cómo curarse a sí misma, no sabe a quién recurrir, ni dónde esconderse; de ese miedo a sí misma nace una preciosa voz, que es la de Lavagnino, tratando con sumo cariño y gran calidad literaria la pequeña desgracia italiana que nos está contando.

Ainize escribió una reseña para G&R,
para leerla pincha en la imagen.

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