En el sentido de perdición

Luego, bruscamente, él ve que ella
ha dejado de reír, que lo deja, que lo
mira como si fuera adorable,
o estuviera muerto.
MARGUERITE DURAS
«Es la historia de un amor, el mayor y más terrible que me haya sido dado escribir. Lo sé. Uno sabe las cosas por sí mismo. Se trata de un amor que no nombran las novelas y que tampoco nombran aquellos que lo viven; de un sentimiento que en cierto modo no tendría aún su vocabulario, sus costumbres, sus ritos. Se trata de un amor perdido. Perdido en el sentido de perdición. Lea el libro. En cualquier caso, incluso en el de una aversión instintiva, léalo. Nosotros no tenemos nada que perder ya, ni yo de usted, ni usted de mí. Léalo todo. Lea todas las distancias que le indico, las de los pasillos escénicos que rodean la historia y la sosiegan y le liberan de ella mientras los recorre. Siga leyendo y de pronto habrá atravesado la historia misma, sus risas, su agonía, sus desiertos.»
Ésta es la nota que me encuentro, firmada por Marguerite Duras, en “Los ojos azules pelo negro”, una edición de 1987 de Tusquets que compré en un mercado de Madrid. Después de haber sucumbido a los particulares y preciosistas encantos de “El amante” y “El amante de la China del Norte”, decido ofrecerle a la Duras una nueva oportunidad para una nueva entrega de un amor mayor y terrible. Hay una cierta confianza ciega cuando se lee a la francesa, una vez has dado por válido su estilo. En el caso de que no te guste la manera inconexa y fragmentada, con tanta elisión y desorden, ésta vuelve a no ser una novela apta para todos los públicos. Si, en cambio, te sumerges con placer en el mundo caótico, sensual y personal de Marguerite, ésta vuelve a ser una novela para sus seguidores. Aunque parecía que no podía haber un amor mayor y más terrible que el del amante chino, éste se sitúa un escalón por encima. Un escalón por encima en lo terrible, en lo grotesco, en lo limitado y violento. Un escalón por encima también en amor y en grandeza. El espacio temporal es impreciso, como acostumbra a pasar en sus historias, y la profundidad y la manera detallada de describir emociones (detallada en algunos puntos, superficial en otros) son más que reconocibles en su voz. La tensión y una sensación de cerrado, circunspecto, asfixiante, vuelven esta historia de amor en un ejercicio para Marguerite Duras. Se complementan, con la narración de la historia, unos apuntes, como si el texto estuviera escrito para ser representado, y nos habla de los espacios, de la ropa, de la posición de los personajes. Aun así, y a pesar de la realidad que tiñe a esta pareja, la inverosimilitud -quizá por la lírica con la que está escrita la novela- impide imaginar mentalmente las anotaciones que marcan el ritmo (de haberlo). En el caso de que pudiera ser una película, la persona que mejor podría dirigir una historia tan desquiciante y extrema sería el danés Lars Von Trier. La historia sería tratada con la misma desesperación, igual de cargante, de la que dota Marguerite Duras a sus personajes.
Lineal pero sin demasiada trama, la historia se compone de pequeños retales que acaban por componer una historia con lagunas y vacíos. Pero lo que interesa a Duras para esta novela no es perfilarla perfectamente, sino llevar hasta el máximo a sus personajes. Una mujer enamorada de un homosexual (detalle que hace pensar en si esta historia tiene algún tipo de base en su relación con Yann Andréa), el dolor, el recuerdo de un chico de ojos azules y pelo negro, la manera increíble de sufrir él, de sufrir ella, por ese amor, por las condiciones que quedan marcadas desde el principio, por un amante violento y extraño que tiene ella, por la manera de gestionar él su deseo o su ausencia de deseo. Todos estos aspectos son tratados en “Los ojos azules pelo negro”, y sin embargo no hay ninguno que quede del todo completo. Es como si en el mundo de Margurite Duras existiera un pequeño velo que te impide ver con claridad la realidad, y de ahí que todos sus personajes sean difusos y se comuniquen con los demás con un lenguaje tan particular y tan extremado. Sin embargo, una vez conocido y reconocido todo este universo, qué puede haber de inverosímil en una poética narrativa como ésta. La realidad de Marguerite se filtra en cada una de sus narraciones: a ésta, como capricho, casi un exorcismo literario, le ha puesto un director, pero no hay manera posible de alejarse del yo de la autora. No lo consiguió ella entonces, no la buscaremos fuera de sus personajes.

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