Lo malo son los poetas

Lo malo son los poetas. Que no son fotogénicos, por ejemplo, para hacer una película con ellos. En el discurso de recepción del Premio Nobel (1996), Wislawa Szymborska habla de las dificultades que tiene un poeta para clasificarse socialmente, para definir una posición clara dentro de las profesiones que ya están establecidas como válidas, rentables, útiles. Para, en definitiva, medirse con los demás. Wislawa dice que el poeta “con disgusto manifiesta públicamente que es poeta, como si se avergonzara de algo”. Todo, por supuesto, a raíz de recibir el Premio Nobel de Poesía. ¿Qué mérito tiene una obra poética si la comparas con una de ciencias? No hay manera de probar que es necesaria esa voz, esa luz sobre las cosas, esas sombras y esos ecos. No hay un estudio, un título de Doctor en Poesía. No hay exámenes, no hay nota. Sólo hojas y más hojas llenas de palabras más o menos alcanzables. Entonces, el poeta queda por debajo, tal es la subjetividad que lo envuelve y tan puesto en entredicho es su don, su obra y su valía. No han descubierto nada, a ojos lentos; no hay un avance social, a ojos lentos; no hay nada, absolutamente nada. Un montón de papeles, un montón de palabras con un orden raro y metafórico que sólo alcanzan aquellos que también deberían sentirse avergonzados al reconocer que son lectores y amantes del verso. La poesía, de pronto, es una amenaza, un ser vivo y en movimiento que repta por el suelo, te sube por el pantalón, te devora insaciable. ¿Por qué habría que darle un Premio Nobel a un poeta? ¿Y por qué a Wislawa Szymborska, por ejemplo? “No existen doctores en poesía”, dice ella, muy a su pesar. Y es una pena, porque se ahorrarían cientos y cientos de explicaciones a lo largo de toda su trayectoria literaria. Pero ahí está Szymborska para dar con varios puntos clave del asunto, para despojar al poeta de su vergüenza, de su miedo, de su inadaptación social.
Es cierto que, hoy en día, con la lucha de egos y vanidades que hay en los círculos ya no sólo poéticos, sino literarios, este discurso queda un poco desfasado; aun así, me parece lo suficientemente argumentado como para que no acabe de desmontarse por completo. Sobre todo porque, en mi mente al menos, cuando utilizo la palabra poeta, tengo presente a alguien de la talla de Szymborska. La imagino conversando con sus poemas, como hace en “Idea”, charlando de tú a tú con la inspiración, con sus musas y sus fantasmas, que se confunden. No me imagino a nadie en una fiesta privada. Y en esa fiesta privada que no me imagino no cabe el poeta que se avergüenza de decir que es poeta, sino todo lo contrario. Entonces, partiendo de la base de que uso las palabras poeta y poema como las usaba en 1996 Wislawa Szymborska, digo que lo malo son los poetas, que no pueden -a pesar de ellos- ser doctores en nada. No pueden mostrar un diploma, algo que acredite que, efectivamente, lo son.
Para poner un poco de razón a todo este asunto del poeta como inadaptado social, Wislawa Szymborska habla de la inspiración y la dibuja, con maestría, como una herramienta mucho más común de lo que se cree social y vulgarmente. La vocación y el misterio del literato (palabra que da menos vergüenza) se pueden extrapolar a otras profesiones, siempre y cuando la persona que las desempeña tenga curiosidad, pasión y ambición. “Todos aquellos que conscientemente eligen su trabajo y lo realizan con amor e imaginación”, como dice la Premio Nobel. En todos aquellos no sólo están los vocacionales literatos o poetas, sino también los médicos, los pedagogos, los jardineros. Cuando “la curiosidad no se enfría”, ahí, en ese momento, existe la inspiración, que no es ni mucho menos un ente abstracto que se le aparece al escritor y le dicta qué exactamente tiene que transmitir en su poema, cuento o novela. No. También un cirujano tiene musas diminutas en sus manos, en su pulso (además de un título); la misma exactamente que la de una pintora que está en la cocina haciéndole salir unas piernas a una casa. ¿Por la ventana o por la puerta? La inspiración es el veamos, la prueba, la curiosidad, el qué pasaría si. Sin embargo, el poeta siempre acaba perdiendo en este duelo eternamente inacabado. Porque no puede demostrar nada, no sabe cuánto vale, no hay material con el que desempeñar su trabajo, excepto la vida. No se pueden hacer cuentas con sus letras, ni una receta, ni un cheque. No sabe qué precio tiene un poema, aunque hable de riquezas.
“La inspiración, sea lo que sea, nace de un constante ‘no sé’”. Eso dice Wislawa Szymborska en su discurso, sabiendo de sobras que es muy diferente según a qué se le aplica ese no sé. Convengamos que el no sé del descubridor de una nueva fórmula que revoluciona el campo de las ciencias es un no sé objetivamente valioso. Incluso si no entiendes la fórmula, incluso si no sabes qué alcance tienen esos símbolos que la componen. Alguien se encargará de traducírtelo a un lenguaje coloquial para que tú comprendas la magnitud del descubrimiento. ¿Quién puede traducir un poema para que otro entienda su magnitud? Si ya está con las palabras que uno podría entender, si ya es el mismo lenguaje, si ya es alcanzable y, sin embargo, cuán poco sirve. ¿Qué herramienta o arma es un poema para el que no sabe cómo utilizarlo, cómo interpretarlo (cogerlo como se coge un tenedor)? ¿Y si no es herramienta ni arma ni se puede coger como se coge un tenedor, es necesario? ¿Entonces, por qué un Premio Nobel? ¿Por qué la poesía?
La vida, sin embargo, ancha e inabarcable, entendida o desentendida por todos, es la excusa de los poetas. La meten en un embudo y por el lado más estrecho les salen palabras que ellos ofrecen benévolos a los demás. Es un acto de rebeldía, de inconformismo. Son valientes. Y les basta eso, su no sé, su eterna curiosidad, para alzar su canto a pesar de no ser útiles, no tener título, no ser doctores en nada. Por eso, como bien dice Szymborska, “parece que los poetas van a seguir teniendo siempre mucho trabajo”. Afortunadamente.
Pero el poeta no es sólo un incomprendido en los círculos literarios, sino que dentro de ellos también. “Poetas y escritores. / Porque así es como se dice. / Los poetas entonces no son escritores, sino qué”. Wislawa Szymborska habla largo y tendido, en su poesía y fuera de ella, sobre este tema común, este conflicto entre el poeta y el mundo (que así es como tituló a su discurso). No sólo el poeta es un inadaptado social, sino que también lo es literariamente hablando. Incluso dentro del círculo poético, también hay cierto recelo. Precisamente porque todo vale y, a un tiempo, nada vale, la poesía siempre está puesta en duda. Ese no sé que motiva al poeta, renace en el lector cuando la obra sale publicada. La pregunta ¿qué es poesía? no la ha inventado Wislawa Szymborska ni tampoco yo (ni siquiera Bécquer). Si dentro del mundo poético nos preguntamos qué es y nos respondemos que eres tú (¿qué eres tú?), hay que hacerse cargo de lo que podrán responder desde fuera.
“En muchas familias nadie escribe versos. / Pero si lo hacen, es raro que sea sólo una persona”. No, nadie entiende a los poetas. Son extravagantes, desordenados, absurdos, soñadores. Nadie entiende a ésos. Pero cuando sí, cuando por fin alguien logra colarse por ese embudo antes mencionado, cuando alguien deja de medir las cosas por notas, títulos, diplomas… entonces no hay salvación posible. Entonces, cuando la poesía se filtra en una familia, quedan todos irremediablemente infectados, tocados por esa magia, cegados. Cogen la poesía como se coge un tenedor. Y no se extrañan. Pero lo malo, de siempre, son los poetas, que no hay por dónde cogerlos. Que coquetean con la lentitud, la belleza. La nada.

Un pensamiento en “Lo malo son los poetas

  1. He leído tu reseña y pienso en la humildad del poeta en su infravaloración, como el buen escritor que no se lo cree.
    ¿Cómo conocernos? Vernos por dentro sin su ayuda, sin ese explicarnos cómo somos. No, no sería posible.

    Abrazos.

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