CUADERNO DE VERANO (IV)

Una casa para siempre

Hay lugares en mi memoria en los que siempre hay un bañador colgando de un hilo que va de pared a pared. Y en esos lugares de mi memoria siempre están los mismos haciendo lo mismo. Y pienso: qué suerte. Me pregunto cómo fue aceptar que no había ducha, allí, en ese lugar de mi memoria, y recuerdo que fue de una manera natural. No hay ducha, pues no hay ducha, a quién podría importarle. Hay una manguera, eso sí. Y siempre voy yo la primera, porque siempre era la más pequeña, para que así, de todo el día darle el sol a la manguera, saliera caliente. Y pienso: qué suerte. Siempre hay un bañador colgado en un alambre, y nunca sé de quién es. Y mientras yo estoy mirando arriba, buscando mi bicicleta, que siempre está en el mismo sitio, y de los lados le cuelgan unas tiras de plástico, pero ya no recuerdo el color de esas tiras. Y después siempre aparece el mismo, que me baja la bicicleta del palo más alto de la parte de atrás de la casa, y yo me voy al otro lado, donde está la moto del tío José, y me doy cuenta de que yo nunca he visto al tío José en ninguna moto. Si tarda mucho, él, en venir a buscar mi bicicleta, porque ellos están dentro de la casa, contando cómo ha sido el viaje, y la niña, qué, con lo pequeña que es, la niña se pasa todo el viaje durmiendo y ni se entera, pues así mejor, sí, así mejor, si tardan mucho porque ese año hay más cosas que contar, yo miro la bicicleta y espero a que se baje sola, pero ningún año eso ha pasado, y las cosas allí siempre son las mismas, así que miro por otra parte, la moto del tío José, todo lo que cuelga del techo, y me pregunto por qué pondrán tan alta mi bicicleta, que dependo siempre de los demás, sobre todo de él, para que me la bajen, lo pienso porque se me olvida que el resto del año allí no hay ninguna niña con el flequillo abierto que duerme todo el viaje en coche y después quiere ir en su bicicleta con flecos en el manillar, así que nadie necesita ese bicicleta, y la quieren arriba, porque en realidad no la quieren. Y antes de que la bicicleta se baje sola, llega él y me la baja, pero viene sin hacer ruido y me pilla, de sorpresa, mirando todo lo demás, lo que no me interesa pero está ahí, al lado de lo que sí me interesa, y después se hace de rogar, porque él siempre se hace de rogar en mi memoria, ahora ya no, ahora él es el impaciente para el amor que yo le tengo reservado, pero entonces se permitía el lujo de hacerme esperar, porque sabe que yo siempre voy a estar con él, y que soy pequeña, y que todavía le necesito para coger la bicicleta: él tenía lo que yo quería, y también lo quiero a él. Pero siempre acaba haciéndolo, siempre baja la bicicleta y yo me monto y él vuelve despacito hacia la casa, donde todavía están contando que, si fuera por mí, ni siquiera pararía a comer en el viaje, que me lo haría todo durmiendo. Pues así mejor. Sí, así mejor. Y pienso, apretando los labios: qué suerte.

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