Los cómplices


Un poeta lo puede soportar todo.

Lo que equivale a decir que un
hombre lo puede soportar todo.
Pero no es verdad: son pocas las
cosas que un hombre puede soportar.
Soportar de verdad.
Un poeta, en cambio, lo puede soportar todo.
Con esta convicción crecimos.
El primer enunciado es cierto,
pero conduce a la ruina, a la locura, a la muerte.

ROBERTO BOLAÑO

Cuando un escritor muere, siempre me pasa lo mismo: que me sorprendo. Como si un poeta no pudiera morir, no tuviera el derecho o simplemente renunciara a él como se rechaza un refresco o un cigarro. Será que me he creído que un poeta lo puede soportar todo, a pesar de que eso conduzca a la ruina, a la locura y, cómo no, a la muerte. Gonzalo Rojas ha muerto y yo, como me pasó con Miguel Delibes o Mario Benedetti, todavía estaba viva. Será que es fácil creerse que un poeta lo puede soportar todo, porque, cuando uno se salva con la palabra ajena, la eternidad se cruza de un lado a otro de la calle como si fuera un gato negro que te mira directamente a los ojos. ¿Qué diferencia hay entre la vida y la muerte en un poeta, en su poema? Leo a Gonzalo Rojas sabiendo que está muerto, y existe, afortunadamente, el mismo vuelo, el mismo refugio. Leo Los cómplices y me parece que la persona que lo ha escrito nunca puede morir, o yo le hago, dentro de mí, que renuncie a ese derecho. Pero Gonzalo Rojas no lo puede soportar todo, y también nos abandona, y también nos deja ese gato mirándonos, y también, entre maullidos, nos pide que le sobrevivamos. Si a cada uno de nosotros nos tocara salvar uno de sus poemas, si muriera con Gonzalo Rojas todo lo suyo y no quedara otra que aprendérselos de memoria para que no se nos acabaran nunca y tuviéramos, como en la película, que transmitirlo de generación en generación, y pasearnos por el bosque recitándolos para que no cayeran en el olvido, entonces no tengo duda: te decía en la carta/que juntar cuatro versos/no era tener el pasaporte a la felicidad/timbrado en el bolsillo,/y otras cosas más o menos serias/como dándote a entender/que desde antiguamente soy tu cómplice/cuando bajas a los arsenales de la noche/y pones toda tu alma/y la respiración/perfectamente controlada,/por mantener en pie tus rebeliones/tus milicias secretas/a costa de ese tiempo perdido/en comerte las uñas, en mantener a raya/tus palpitaciones,/en golpearte el pecho por los malos sueños,/y no sé cuántas cosas más/que, francamente, te gastan la salud/cuando en el fondo/sabes que estoy contigo/aunque no te vea/ni tome desayuno en tu mesa/ni mi cabeza amanezca en tu pecho/como un niño con frío,/y eso no necesita escribirse. No sé qué es lo que se lleva un poeta con su muerte, lo que sé con seguridad es que este poema ya me pertenece, se me ha clavado en la vida y no pienso soltarlo. Me encargo, desde el mismo momento en que Gonzalo Rojas muere, de salvar tu alma y la respiración perfectamente controlada, tus rebeliones, tus milicias secretas, tus malos sueños y no sé cuántas cosas más que, francamente, te gastan la salud… cuando en el fondo sabes que estoy contigo aunque no te vea ni tome desayuno en tu mesa ni mi cabeza amanezca en tu pecho como un niño con frío. Y eso no necesita escribirse.

2 pensamientos en “Los cómplices

  1. Como ya te he dicho en otros sitios lo que te tenía que decir sobre este homenaje, me callo… pero tenía que comentar en esta maravilla, así que… aquí estoy aunque sea para decir nada nuevo…

  2. Dicen que los poetas también mueren pero yo no me lo creo. Y no es cabezonería, que no, es que no puedo creerlo… cómo iban a morir?

    Es que son los hombres, mujeres, quienes mueren, pero los poetas son otra cosa… si fuera a ponerme mística, diosmelibre, diría que el alma de las palabras es quien sobrevive. Pero no lo diré. La sencilla razón es que un poeta, y no un humano, es palabra y las palabras todo lo más se gastan, se cansan, se hastían pero nunca, nunca mueren…

    Gonzalo Rojas, como tantos otros, murió. Gonzalo Rojas poeta sigue aquí…

    Besos, Fusa muá.

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