CUADERNO DE VERANO (III)

Besos de niña todavía

Las encontraba siempre en medio de algo. Como si unos minutos antes de mi llegada decidieran ponerse a vivir para que yo las sorprendiera haciendo alguna cosa tentadora -menos mal que has llegado a tiempo-. Una vez llegué justo el día que mi prima mayor había decidido darse su primer beso con Ricardo. Para mí que por entonces yo ya había dado mi primer beso y contaba, en una tarde, cuántos era capaz de darme con F. Por las noches le decía el número a mi hermana y le pedía que me dijera cuántos, más o menos, podía darse ella con su novio. Para hacerme una idea, supongo, de si me estaba haciendo mayor o todavía daba besos de niña. Aquel año llegué e inmediatamente me llevaron a la calleja -la que estuviera menos transitada para que les vieran los menos posibles- donde habían quedado en reunirse igual número de niños que de niñas. Separados por una línea que venía de tanto atrás y era invisible, ellos nos miraban a nosotras y yo creía que estaba en el lugar equivocado, entre la gente equivocada, sintiendo cosas equivocadas. El beso -¿pero cómo se dice beso en catalán?, se dice, pató, aunque se escribe petò, un patón, un patón, qué nombre más raro, estos catalanes…- finalmente no fue tal y nos volvimos todos a nuestras casas algo desilusionados aunque yo, en el fondo, algo aliviada por no haber tenido que llevar al extremo aquellas primeras extrañezas. Ya a salvo de la mirada de ellos, mis primas pequeñas ridiculizaban a la mayor porque no había sido capaz, no se había atrevido. La mediana repetía una y otra vez su edad como dando a entender que estaba llegando tarde. Y en los ojos de ella había lo mismo que cuando se tapaba los pechos si el bañador se le movía un poco más de lo debido. Nos hacía sentir -siendo yo ya una niña que besaba quince veces en una tarde, pero besos largos, largos de verdad, de unos veinte segundos- con su gesto que las razones por las cuales no había besado a Ricardo, del que no sabía decir ni una cualidad, escapaban a nuestro entendimiento infantil. Mis primas pequeñas me miraban admiradas y me preguntaban si yo le había dado algún beso a F. -conocían a F. por las cartas que yo mandaba, aunque me constaba que había partes que mi prima no compartía con ellas, reservándome, haciéndome exclusiva de ella- y cómo fue y cómo supe yo dar besos la primera vez, si para él también era la primera. Curiosamente, en esos momentos de confesión puramente femenina y algo cursi, no me sentía tan lejana a ellas y creía en una pequeña emoción al recordar los veinte segundos de un beso o cómo le sabía la boca a F. a chicle de fresa ácida. Hasta la hora de la cena, pasábamos el tiempo hablando de Ricardo y de F., sabiendo que su paso por nuestras vidas sería tan efímero, aunque yo hablaba acaloradamente de los besos y mi prima se mostraba tan fría ante los encantos -a nuestros ojos, imperceptibles: aquella boca tan grande, la sonrisa bobalicona y un cuerpo grande, sin armonía- de Ricardo. Cuando mi abuela venía a buscarme y nos preguntaba si lo habíamos pasado bien, yo las miraba esperando de ellas una respuesta positiva. Y todas reían, creyéndose poseedoras del mejor de los secretos. Entonces mi abuela le preguntaba a mi prima mayor: ¿y tú también tienes novio, Ángeles? Y ellas me miraban extrañadas, casi como en una traición, sin entender que no fueran mis únicas confidentes.

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