Algo por lo que danzar

Mujer con sombrero rojo en el Fiordo, Edvard Munch

Todos bailan como si fuera un ritual, como si aún tuvieran algo en lo que creer, por lo que danzar. Han robado a una vieja. Sólo eso y basta para una poca felicidad. Con el sombrero puesto ella piensa: esto no puede hacerle daño a nadie. Porque su madre es la única que no se alegra cuando llegan todos los niños y han robado a alguien de camino a casa. Esto, se dice, llevar un sombrero hermoso en la cabeza, no puede hacerle daño a nadie, se dice, ni siquiera a mi madre. Y desde que lo lleva puesto parece que mida unos centímetros más, de tan erguida. Los demás se prueban la ropa, algunas joyas, se perfuman y, mezclado con el olor de todos, como a podrido, a descuido, a suciedad, mezclado da como para marearse un poco. Pero ella está confusa y preocupada por su madre. Se acuerda de aquella vez en que todos llegaron con un montón de fruta en los bolsillos y todas las madres se sintieron tan orgullosas de sus hijos, que traían comida, que quizá llevaban días sin probar bocado, y llegaban todos ellos con fruta que habían robado de un campo lleno de árboles frutales, todos subidos a sus ramas recogiendo como si fueran trabajadores pero eran ladrones, y todas las madres mordían las piezas de frutas y les caía zumo por las comisuras de los labios y la barbilla y, sin embargo, su madre, se había negado, con tanto hambre como tenía, que ella lo sabía. Prefiero morir que saciarme deshonrosamente, le había dicho. Y ella regaló todo lo que había conseguido, se lo dio a sus amigos, a los que le habían acompañado en la travesura, y todos comían delante de ella y sólo deseaba que vomitar los pedacitos que ya se había comido de camino. En unas horas, todos iban a estar enfermos, encontrándose mal, porque la fruta probablemente tenía algún pesticida para los bichos, para los pájaros, para los ladrones, y nadie había lavado la fruta ni tampoco la habían cortado, de tan hambrientos. Su madre la miró como dándole una lección y ella no alcanzaba a comprender cómo, de dónde le venía aquella sabiduría, aquella intuición para con el bien y el mal, siendo una campesina más. Por eso, con el sombrero puesto, andaba miedosa y, aunque sabía que algo estaba haciendo mal, caminaba erguida, contenta, intentando convencerse para no sentirse culpable, para no ser, de nuevo, una decepción para su madre. Los demás seguían vistiéndose con las ropas de Alfonsina y brincaban como cabrillas salvajes. Todo era una fiesta.
(Ya nunca más necesitará este sombrero porque alguien tan viejo no necesita adornarse. Si sopla un poco de viento, me lo va a echar para detrás, aunque teniendo el pelo tan sucio como lo tengo, casi seguro que va a quedarse aquí en mi cabeza y, cuando me lo vea mamá, no va a saber qué hacer ni qué decir. Y todos me admirarán y contaré que fui la única que no bailé, que no me burlé de la vieja, porque a la vieja yo la conozco pero no voy a decir quién es porque se está escondiendo de todos nosotros, y por eso no nos ha gritado, no nos ha dicho nada y ha llorado aunque ninguno lo sepamos. Pero el sombrero ahora es mío y cuando mamá quiera ir a la iglesia se lo prestaré. Esto es imposible que le haga daño a alguien, ni siquiera a mi madre podría dañarle que lo haya tomado prestado de esa señora: si yo no lo hubiera cogido, lo habría hecho cualquiera.)
De camino a casa todos van corriendo y se encuentran con un campesino que viene cargado de tomates, pero no le hacen caso, a pesar de que él tiembla sabiendo que son los niños de la mina, así les llaman, los niños de la mina, porque viven en las casas abandonadas de la mina abandonada, y nadie les pide que paguen, nadie se atreve, y se lavan con el agua del río que pasa a unos kilómetros, las mujeres van allí y se vienen cargadas con cántaros, y los niños las siguen pero se pierden y les roban, a cualquiera, les roban y así viven. Tiembla porque los niños de la mina vienen riéndose y todas las veces que se han llevado sus tomates venían de esa manera, alegres, danzando, pero esta vez van todos vestidos de otra cosa, de mujer, de antigua, con batas negras, de luto, con joyas valiosísimas que se pondrán sus madres sin saber siquiera adónde podrían ir con ellas. El campesino les sonríe y les deja ir, por primera vez los estaba viendo como niños, tiene miedo, pero les sonríe y piensa que así debe ser. Pero la mayoría ya están planeando con volver, con dejarlo todo en la aldea de casas y volver a por el campesino, a por los tomates, a por lo que, probablemente, sean lo único que vayan a comer esas familias en ese día, ese terrible día. El sol se sigue vengando de Alfonsina mientas camina lentamente hacia la parada del autobús. Ya ninguno se acuerda de ella, ya todos están entregando sus tesoros a sus madres, a sus hermanas. La niña viene unos metros por detrás, despacio, preparándose para su madre. Antes de que llegue, ya algunos de ellos han salido corriendo riendo y saboreando los tomates del campesino.
(Estoy aquí delante de ti y me estás mirando el sombrero y sabes, porque les has visto, que hemos robado a una vieja. Y has escuchado la historia, las risas, la emoción. Has visto como las demás mujeres han recibido como regalo las joyas, la ropa de calidad. Estoy aquí delante y me miras el sombrero y si quisieras podrías darme una bofetada y yo no sabría qué hacer. Pero te quedas inmóvil y me miras y siento una vergüenza infinita. Este sombrero no podía dañarte ni siquiera a ti y me estaba equivocando. Me miras y no me hablas y quizá tenga que quedarme esclava y colgante de tu silencio, del reproche, de la continua decepción. Tenemos tanto hambre.)
Lo que nunca sabrá esa niña es que, por la noche, en el secreto de la noche, su madre se probará el sombrero y se mirará en un pedazo de espejo que recogió un día en la ciudad. Y se gustará, se gustará tanto.

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