Ya vestida de otra cosa

Young Woman in front of the Mirror, Edgar Degas
Le ha pasado todo lo contrario que al resto de sus amigas del pueblo. Lo que hicieron las demás fue marchar a la ciudad cuando eran jóvenes, a trabajar, a enamorarse, a casarse, a tener hijos, y volver después adonde nacieron para morir, para retirarse, para disfrutar de los últimos años que les quedara de vida. Pero ella iba a hacerlo al revés que todas. No porque quisiera ni mucho menos.
-Porque es ley de vida, unos van para arriba y otros para abajo, unos van y otros vienen. A mí ahora me toca ir para abajo y además moverme adonde me digan, qué remedio.
Porque Dolores se ha quedado viuda en una edad que no se sabe si es demasiado joven o ya vieja. A veces piensa en voz alta en su marido que, como dice ella, todavía está caliente del poco tiempo que hace, y dice: a quién se le ocurre. Porque estaba sano y fuerte como un roble. Y seguía fumando de mayor y bebiendo su copita de vino comiendo. Pero después se pegaba unos buenos paseos y siempre tenía muy buen color de cara. Y, de repente, un día, se van a dormir sin decirse buenas noches, como tantas otras veces, y ella se levanta, se va corriendo a la cocina a preparar algo de desayuno y, para cuando quiere darse cuenta, el marido se le ha muerto. Y lo dice así:
-Se me ha muerto.
Con el posesivo que la hace sentirse menos sola. Porque después de tantos años aguantándose el uno al otro, le pertenece toda su vida y toda su muerte. Y si de alguien es ahora, después de tantos años muerta la madre, su suegra, a ver de quién va a ser su marido sino de ella.
-Se me ha muerto, se me ha muerto.
Así que le va a tocar hacer el camino a la inversa. Todas se fueron a la ciudad cuando les quedaba toda la vida por delante y ahora, ahora que ella iba a marcharse, volvían todas, como poniéndose de acuerdo. Y más de la mitad, cogidas todavía del brazo del mismo hombre con el que las conoció. Pero se ha quedado viuda y es joven para morir y vieja para vivir sola. Así que su hija, la pequeña, le ha dicho que se vaya a vivir con ella y, qué remedio, ha aceptado.
-Si por lo menos me dieras un nieto, ah, otro gallo cantaría.
Pero la vida que lleva su hija en la ciudad ella no puede comprenderla, por más que se esfuerce. Y tampoco comprende cómo puede querer a ese tipo tan estirado que tiene por yerno. Ni qué diablos de trabajo es ése, que ni siquiera es capaz de pronunciar el nombre.
-Diversiones de la ciudad, ahí yo no me meto.
Que los fines de semana, que confía Dolores que va a estar más acompañada que los cinco días laborables, a su hija y su marido, aunque no se le puede decir, ya se sabe cómo son los jóvenes, no se le puede decir que sea su marido porque no se han casado, les da por irse por ahí, a las diversiones de la ciudad que tan lejanas y extravagantes suenan en el pueblo donde nació. Y se pregunta cómo pudieron vivir allí todas, las que ahora estaban donde tenían que haber estado siempre, cómo se adaptaron, si eran otros tiempos, o eran otros cuerpos, pero cómo lo hicieron.
-¿Por qué no te montas en el tren, mamá?
Y se lo dice con un cierto aire de superioridad, como habiendo ella superado ya todo ese trámite de admirar todo lo nuevo que tiene la ciudad. Tanta luz cegadora, tanto vértigo y temblor. Pero, para la sorpresa de todos, Dolores decide que sí, que va a montarse en el tren, o en el tranvía, o en el metro, donde quiera ella, donde mejor le vaya. Y, subida ya en el transporte público y sintiendo un poco de náusea y ahogo, descubre a una mujer, en los asientos del final, maquillándose. Tiene un espejo pequeño y un neceser en las piernas que junta, poniendo de puntillas los pies, para que mantenga el bolsito un cierto equilibrio y no se caiga todo. Dolores la observa y siente mucha tristeza de que todo vaya tan rápido y tan como en otra dirección, una lejana y perdida, irreconocible. Porque para ella una mujer debe maquillarse de una manera que no se note. Ponerse guapa pero que nadie descubra su secreto. Cuando una mujer se pinta un poco los ojos, o los labios, o se sonroja las mejillas, debe seguir un ritual, nada del otro mundo, pero sí una cierta intimidad, un lugar para ella sola. Y después salir a la luz, ya vestida de otra cosa, sin que nadie llegue a advertirlo. En cambio, esa muchacha estaba dejando ver a todo el que quisiera su pequeño disfraz. Quedó decepcionada, como si aquello fuera directamente con ella, como si fuera a la misma Dolores a quien la hubieran descubierto maquillándose, dejando desnudo y pudoroso su coqueteo. Bajó del tren en cuanto vio el resultado de la mujer que, orgullosa y altiva, se miraba en el espejo diminuto. Llamó a su hija desde una cabina para decirle que acababa de bajar del tren esperando, quizá, que se sintiera orgullosa de ella, como si ahora fuera ella la hija pequeña que busca la aprobación de un mayor.
-¿Te ha gustado?
La hija adopta a la perfección el papel que le toca: el tierno. Pero Dolores colgó sin contestar, dirigiéndose derecha a su casa, como si algo se quemara, como si ella misma estuviera ardiendo por dentro, queriendo solucionar algo inevitable, un incendio.
-Se me ha muerto, es increíble, se me ha muerto, ¿cuándo ocurrió?
Cuando entró por la puerta, se encerró en el baño sin levantar la vista del suelo. Con un paso ligero pero sin prisa, segura, por primera vez desde que había llegado, de cómo pisaba. Hurgó en los cajones de su hija, buscando las pinturas que la chica del tren había usado. Se maquilló imitándola. Se miró extraña, desconocida. No supo si le gustaba o no, así que salió al salón, para que la vieran, para que dijeran algo, cualquier cosa. Y su hija no tardó:
-Quítate esa máscara, mamá, por Dios. Pareces una puta.

12 pensamientos en “Ya vestida de otra cosa

  1. Qué final, es curioso esto de las relaciones familiares, es como si los personajes se hubieran intercambiado sus roles familiares.
    un abrazo.
    (alfaro)

  2. Me ha encantado esta historias de hoy, Fusa, por muchas cosas, por cómo haces que el amor del que decimos suele ser posesivo se convierta en más posesivo con la muerte.

    Me ha gustado por cómo transmites los sentimientos de Dolores, el hecho de maquillarse debe ser realmente algo íntimo. Me ha gustado el final, inesperado, porque leyéndote recordaba un párrafo del “Rojo y Negro” de Stendhal en el que se refiere a la inutilidad del maquillarse para una chica de quince años. Es absurdo por cuanto sólo por su juventud ya es bella, no precisa más adornos. Pero, obviamente, Dolores no miraba a una quinceañera.

    En resumen, una entrañable Dolores, queriendo subirse a un tren que va tan rápido para ella.

    Besos, Fusa, feliz fin de semana largo.

  3. Alfaro: sólo tenía dos cosas claras del cuento. La primera, el tema del maquillaje. Y la segunda, el final. Lo de los roles vino después, cuando decidí que se fuera a vivir con la hija. A veces eso pasa, que se cambian… y puede ser que el traje nos vaya bien, o todo lo contrario, que nos incomode ser el otro.
    Un abrazo.

    María Jesús: muchísimas gracias, MJ. Me alegra mucho que te gusten los tuencos. Éste venía gestándose en los viajes de tren que hago. Y tengo otro pensado en el tranvía. Los trayectos al trabajo dan para algunas cosas como ésta.
    Un abrazo.

    Galiciamaravillas: me imagino que parece real porque en algún lugar, o tantos lugares, hay Dolores por ahí, y también hay ciudades e hijas y trenes repletas de historias como ésta. Me gusta que un verbo sea estrecho, como si fueran unas caderas.
    Un besazo, Bego. Feliz puente.

    Wara: es que hay una chica que me he encontrado ya dos veces, por la mañana, que se maquilla delante de mí. Los asientos están bastante pegados: ella saca el espejo y se pinta delante de todos. Y yo no puedo evitar pensar en el ritual que seguían las mujeres de antes, con sus tocadores y sus coloretes de polvo. Y me hace sentir un poco incómoda, ahí, presenciando algo tan íntimo. Después, cuando acaba, no puedo evitar mirar el resultado. Y siempre acaba justo para bajar en su parada. A la vuelta, ya al mediodía, me encuentro con una que se peina incansablemente. Tiene el pelo muy largo y muy negro y siempre lo trae mojado. Cuando se sienta, saca el peina y se cepilla. Pero ésta me molesta menos.
    Me alegra mucho que te guste, Wara querida.
    Feliz puente a ti también.
    Un abrazo.

  4. Es que muchos matrimonios son así… o eran no lo sé. “Se me ha muerto” así es como lo sienten y como lo dicen,como si se lo hicieran a ella.
    Y claro cuando se les muere se dan cuenta que no tienen vida, que solo fueron una prolongaciòn de él, que fueron esposas y madres, pero sus vidas donde quedaron?
    Besos

  5. El uso del posesivo para el “se me ha muerto”, la clave del maquillaje en público y en privado y la ternura inicial y la brutalidad final de la hija son hallazgos perfectos.

    Te creo, Fusa, te sigo adonde vayas. Lo tuyo es maravilloso.

    Un abrazo fuerte de domingo.

  6. Genial las dos frases:
    -Se me ha muerto.
    -Quítate esa máscara, mamá, por Dios. Pareces una puta.

    Y bien observado: 'Con el posesivo que la hace sentirse menos sola.'

    Qué observación o comentario se podría dar a la segunda frase? Algo como 'La hija se sintió molesta con su mamá y ambas sabían que Dolores iba a encerrarse en sus reflexiones solitarias de viuda de pueblo' (pero por supuesto mucho mejor formulado). Otros comentarios también son posibles, por supuesto, este es lo que me surgió primero. Suelo anticipar bastante sobre lo que pueda pasar en mi vida o en la de otra persona, lo que da cierto control y menos desencanto.
    Me encantó tu cuento. Va a seguir?

  7. Muy, muy bueno, Fusa. Hay varios aspectos que me recuerdan a aquella película que comenté en las Amapolas, “La madre”. Creo que te gustaría.
    Un gran beso.

  8. Miriam: sí. A mí me dan pena, algunas, pero después, como personaje literario, me atraen infinitamente. Casi todas mis mujeres son de las de antes, de ésas que dices, y las admiro por su entrega y ternura, por su humildad.
    Un abrazo, linda.

    Pájaro de China: muchísimas gracias, Mariel. Me abruma tanta amabilidad por tu parte, siempre me sacudes, no sé qué contestar excepto gracias y más gracias. Celebro que te guste. Y que me sigas. Estaré encantada de tenerte cerca.

    Giovanni: muchas gracias. No tenía pensado que siguiera, pero ahora que lo preguntas me tientas y me pica la curiosidad por saber qué hizo después Dolores, anticiparme yo también. El final así me gustaba, que no se supiera la reacción de la madre, pero como lectora de mi propio cuento quiero saberlo.
    Un abrazo.

    Bel M.: a mí me parece que estoy algo oxidada porque, reuniendo, corrigiendo y acabando Belfondo, había descuidado los tuencos. Los pensaba en el tren y después nada más, no los escribía, quería estar centrada. Y parece que gusta. Lo cual no deja de sorprenderme y gustarme por igual.
    Yo también creo que me gustaría La madre, estoy convencida…
    Un abrazo y gracias.

  9. Es tan normal que si se le ha muerto se sienta extraña y desconocida que ahí es donde veo el verdadero conflicto de Dolores.
    Y también es normal que lo que escribes se origine por un motivo diferente al que encontramos al leerte.
    Lo que no es normal es que lo describas tan bien que hace veamos las escenas tan reales.

    Enhorabuena.

  10. Isabel: muchísimas gracias, costurera. Sigo viendo a esa mujer que se maquilla en el tren, sigo mirándola (y todas lo hacemos, a todas se nos van los ojos, curiosas, a ver cómo se pinta ella, si hacemos algo diferente, o mal), sigo acordándome de este cuento… de esta mujer.
    Un abrazo grande.

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