La hojarasca, Gabriel García Márquez

Lo primero es la muerte. Estamos acostumbrados a que sea lo último, pero aquí, en Macondo, en un Macondo todavía virgen y vacío de todo significado y de toda soledad, allí, en ese pueblo amado por todos y desconocido por entonces, la muerte es lo primero. El médico se ha ahorcado. Eso podría resultar, en cualquier lugar pequeño y enrarecido como éste, una tragedia. Una verdadera tragedia. El médico ha muerto y, con él, toda esperanza y toda salvación. Pero igual que aquí la muerte es lo primero y no lo último, que el médico se haya ahorcado es un alivio, una bendición, el cumplimiento de muchos rezos y deseos de los habitantes de Macondo. La novela empieza en una habitación oscura, cerrada, ajena y llena de superstición. Ahí están, contemplando el baile de la muerte, el cuello doblado y débil del médico, el coronel, su hija y el hijo de ésta. Probablemente sólo hiciera falta el coronel que, por otra parte, es el personaje más fiel y duro de la historia, el único que no se deja llevar por el odio y el rencor hacia el médico, el único que le ofreció lo que fuera que pedía este señor que apareció en Macondo un día. Probablemente, como digo, fuera, de los tres, el único imprescindible. Pero decidió llevarse a su hija. Isabel seguramente no lo comprendió hasta que decidió obrar del mismo modo: se llevaría a su hijo pequeño para que la acompañara. Desde esos seis ojos, esos tres corazones dudosos, desde esas seis manos temblorosas, podemos asistir a toda la historia de una vida que empieza raramente por la muerte, por el suicidio. Afuera, en las calles de un Macondo nuevo y todavía sin pisar, el resto del pueblo: expectante, chismoso, satisfecho, como si la muerte del médico les perteneciera. Asomados a las ventanas, exhibiendo su alegría, su impaciencia. Y en sus puños, en todos, lo mismo: que nadie entierre a ese hombre malvado, que nadie le dé paz en la eternidad, que vague sin consuelo, que se marche, pero que se quede. En la primera página, con la voz confusa e infantil del niño, cogemos el primer hilo de esta historia maldita y adictiva y, con la ayuda de su madre y de su abuelo, empezamos a recoger el ovillo de Macondo, todo lo que se sabe y no se cuenta, todo lo que se cuenta sin saber. Es probable que yo leyendo me sintiera ahogada y mareada por el aire arenoso y sucio que levanta la hojarasca debido a la edición rancia y llena de polvo que le tomé prestada a una vieja que no conocí ni tendré oportunidad de conocer. Y es igual de probable que me hubiera sentido así de todas formas con un libro nuevo que llevara la misma tensión y el mismo misterio encerrado en un solo hombre temido y repudiado por todos. Un hombre necesario como puede ser un médico. Un hombre insignificante y humano como puede ser un médico, un hombre, ahorcado en su habitación.

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