Anatomía de un cuento

Acababa de aparcar el coche frente a casa, y mi vecino se detuvo con su bicicleta delante de mí. Que se alegraba de ver que ya me había sacado el carnet, que era muy importante tenerlo, y más una mujer joven como yo, era muy importante, y yo le dije que me había cambiado la vida, porque era verdad. Volvió a contarme que cuando él vino a vivir no había ni la mitad de las casas. Me dijo, otra vez, que la piscina que tenía nuestra casa la había hecho él, se la había encargado el dueño. A mí me gustaba encontrarme con aquel vecino, el señor Manuel, porque siempre tenía alguna anécdota preparada. Mientras charlábamos, salió a la calle, medio desnuda, la vecina de delante. Quería que el señor Manuel le abrochara la camisa, porque ya no tenía fuerzas y era incapaz. El señor Manuel, avergonzado, le dijo que mejor que se la abrochara la chica, que era yo. Me preguntó algunas cosas, mi vecina, mientras la abotonaba. Cuando le dije que era escritora, me dijo que no le gustaba leer.

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