Estar de parte del sol muerto

Conocía a la Ana Blandiana poeta. Ahora se puede decir que conozco a dos Ana Blandiana, y que a veces se parecen y otras veces son dos completas desconocidas. La Ana Blandiana de “Las cuatro estaciones” podría confundirse con una poeta, es cierto, puesto que las imágenes que compone (nieve y mariposas dentro de una capilla, niños naciendo de la tierra, un mundo volviéndose líquido al calor del verano…) están llenas de lírica, de material poetizable. Pero eso es sólo si necesito buscar la correspondencia entre las dos. La Ana Blandiana que yo conocía escribió este poema: Evidentemente no me parezco / a ninguno de esos hilanderos de palabras /que se hacen los trajes y las carreras de ganchillo, / las glorias, los orgullos, / aunque me muevo entre ellos / y ellos miran mis palabras como si fueran jerseis,/ “-¡Qué bien vestida vas!”, me dicen. / “-¡Qué bien te queda el poema!”, / sin saber / que los poemas no son mis vestidos, / sino el esqueleto / extraído con dolor / y colocado encima de la carne como un caparazón, / siguiendo el ejemplo de las tortugas / que así sobreviven / largos e infelices / siglos. Por eso no me extraña nada en absoluto que la prosa de esta gran mujer, valiente y luchadora, se parezca tanto al esqueleto de un poema, que es idéntico en medidas al suyo propio.
Como no podía ser de otro modo, “Las cuatro estaciones” está dividido en cuatro relatos fantásticos. Decir que “La capilla con mariposas” (invierno), “Queridos espantapájaros” (primavera), “La ciudad derretida” (verano) y “Recuerdos de infancia” (otoño) son cuatro relatos fantásticos quiere decir exactamente eso: que son cuatro cuentos maravillosamente escritos y que, además, pertenecen al género fantástico. Una de las muchas virtudes que tiene la Ana Blandiana que trabaja con la prosa es que, a pesar de que las historias tienen grandes dosis de inverosimilitud, fantasía y magia, están descritos con una perfección y un detalle tan minucioso que consigue convencer al lector de que, bueno, quién sabe. La diferencia entre Ana Blandiana y otros muchos autores que también dan vida propia a escenas ficticias es que Blandiana lo hace tan sutilmente que, cuando quieres darte cuenta, ya te lo has creído todo como un niño ingenuo y un poco tontorrón. «El punto de partida de los cuentos de Ana Blandiana es siempre un acontecimiento banal que revela mediante algo inesperado -que se escapa a la lógica- el día a día, indigno para un ser humano, en un régimen totalitario», dice Klaus Hensel a propósito de “Las cuatro estaciones”. Es cierto que todos parten de un hecho sencillo y, a priori, superficial, cotidiano y del todo prescindible; sin embargo, la historia avanza y te va sumergiendo en un mundo extraño y, por qué no, poético, del que es difícil salir. Al acabar de leer los cuatro relatos, no tienes la sensación de haber leído nada del género fantástico, sino más bien que es así como Ana Blandiana percibe su particular mundo, más bien que Ana Blandiana está jugando con las palabras, con el esqueleto, y te ha hecho partícipe.
La conexión entre estación y cuento están fuertemente ligadas. Quizá porque ya, bajo el título y la aclaración de qué estación toca, estás levemente en disposición de crear un clima, pero también juega un papel muy importante cómo recrea Ana Blandiana los espacios. En “La capilla con mariposas” no necesitaría decir que hace frío para darse uno cuenta de que es invierno, ya que hay en todas las escenas, además de nieve (en un interior), una cierta sensación de gelidez que va más allá de la temperatura exterior: es algo que está dentro del personaje que acompaña. Es una pose. De la misma manera que es asfixiante la manera en que el verano, “La ciudad derretida”, es verano para la autora rumana. Las referencias a la primavera y a lo que supone la primavera (¿Qué relación existe entre la primavera y la muerte, si no es ese parentesco profundo que existe entre la vida y la muerte, que la naturaleza nos echa en cara con sus momentos más exaltados como una prueba espléndida de su perfección y equilibrio?) son mucho más claras, puesto que habla de ello de una manera abierta; no tanto en el otoño, en que todo es más sutil y el olor a leña, el frío que empieza a llegar y un cierto miedo y melancolía para con la infancia nos evoca y nos conduce hacia los pasillos que Ana Blandiana ha preparado con sumo cariño para nosotros.
En cualquier caso, conocer a la segunda ha sido todo un descubrimiento, de la mano de los excelentes Periférica, y no es de extrañar que Otilia Valeria Coman (el nombre verdadero) sea una de sus joyas más preciadas. Unas veces Ana Blandiana y otras veces Otilia Valeria Coman, lo cierto es que ambas están de parte del sol muerto… y su esqueleto, como una sombra interior, se convierte en literatura de gran calidad.

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