Vivía en Castro-Urdiales y me levantaba cada día con una angustia sideral. Abría los ojos, me daba cuenta de que no estaba en casa de mis padres, tomaba conciencia de que vivía en Castro-Urdiales, que me acababa de despertar y que ahí estaría, como cada mañana, mi angustia sideral. Trabajaba primero en un bar de carretera, y cada día el jefe me tenía que llevar en coche. Lo que yo quería era ser socorrista. Mis abuelos me habían metido dinero en una cuenta bancaria durante toda mi vida y quería malgastarla de aquel modo, sacarme el carnet de socorrista y trabajar en una piscina, porque el lugar donde había sido más feliz durante mi adolescencia era una piscina. El dinero se acabó, trabajé en un bar pero no funcionaba, no se me daba bien, así que me puse a limpiar anchoas en una fábrica pero tampoco funcionó porque un día no pude ir a trabajar y me dije que no iría más. Lo he contado otras veces, no quiero contarlo aquí porque aquí quiero contar cómo conocí a Tam, todas las cosas que han tenido que pasarme para conocer a Tam. De eso va este texto, aunque de momento no lo parezca.
Después de limpiar anchoas di algunas vueltas de campana. Recuerdo un viaje a Logroño y otro a Granada. Después llamé a mi padre y le dije entre sollozos que viniera a buscarme porque la persona con la que vivía en Castro-Urdiales se había suicidado por mi culpa. Después resultó que no era cierto, cómo iba a serlo. La vez anterior tuve que desplazarme hasta el hospital de Santander para un lavado de estómago pero no me acuerdo de nada, ni de Santander ni del hospital. En aquella época viajé mucho así, medio sonámbula, de urgencia en urgencia, temblando como una hoja. En Granada me subí a un coche. Dentro del coche estaba mi familia y me quedé profundamente dormida todo el trayecto. Por fin, en paz, por fin, dormida desde Granada hasta la casa de mis padres, donde comprendí que nadie se había suicidado por mi culpa. Que sólo había sido el chantaje más brutal que me han hecho nunca. Me voy a ahorrar algunas tardes fingiendo que tenía el control, que había empezado a estudiar, que tenía amigos nuevos. Que un día, después de una cena muy desagradable, volvía en furgoneta muy rápido por unas curvas y pensé: ahora que te habías decidido a dejarlo, te va a matar dentro de esta furgoneta de mierda. No me maté, salí de allí, me metí en casa de mis padres, me metí en una comisaría, me metí en un juzgado. Salí de todas partes medio indemne, todo lo indemne que puede salir una de esos lugares. Me enamoré en la universidad y las cosas no me fueron bien. Dejé la universidad, me abandonaron con una carta. Por entonces trabajaba medio de adminsitrativa en una empresa pequeña. Los socios se separaron, me quedé con el que no tenía dinero, me echó. Sara me dijo que Isa buscaba una correctora. No tenía la carrera de filología terminada, pero Isa me dijo que la prueba era impecable, que tenía un hermano joven que le decía que había que darle una oprotunidad a la gente joven, y yo era joven. Entonces conocí al que probablemente sea la persona que más me ha querido, al que también le debía de parecer joven. No siempre nos fueron bien las cosas, las cosas casi nunca van bien del todo. Me equivoqué, hice daño. Se equivocaron, me echaron a un lado. Me acabé yendo a Coruña y tampoco fue bien, así que volví y aunque no había hecho las cosas bien, me estaba esperando el hombre que más me ha querido.
En lo que va de texto todavía no he cambiado el padrón, sigo inscrita en casa de mis padres. Quizá era el momento de cambiar eso: por fin tenía una casa, un jardín, una familia, el mejor amor que he vivido jamás, la paz más absoluta de todas las paces, una vida confortable y de pronto, un día, decidimos casarnos. En medio de la compra, con lo poco que me gusta hacer la compra, aquel día en el súper la cosa se animó con una pedida de mano entre bromas. Iba yo con una niña pequeña al lado, la hija del hombre que mejor me ha querido. Le pedimos, las dos, que se casara conmigo. Y se casó conmigo. Por eso cambié el padrón, para tener una casa, un marido y una familia en orden, en el ayuntamiento que nos correspondía a todos. Lo cual me llevó a otro día en que, en un giro loco de la historia, me puse delante de la Guardia Civil a defender unas urnas en las que jamás diposité mi voto. Para votar tuve que ir al pueblo de mis padres, de donde me había desempadronado hacía tan poco. Me casé, me divorcié. Seguí equivocándome por aquí y por allá. Vinieron hombres que no me quisieron bien. Hombres a los que cuidé de más. Hombres a los que quise porque debía salvarlos. Viví en Barcelona, sola. Tuve un piso diminuto en el Raval y un piso enorme, precioso, el mejor piso que he tenido en mi vida, en el Eixample. Hice nuevos amigos y sobre todo amigas nuevas, viajé, comí rico, cené bien acompañada. Alquilamos una casa en el Empordà. Pasé infinitas horas en la playa, sola. En la playa en verano, en la playa en invierno. La cantidad de horas que caminé por aquellos pueblos es imposible de calcular. Aprendí un montón de cosas: que mi disponibilidad era desorbitada, que no podía seguir cuidando del modo en que lo hacía. Que hay que hablar, que hay que pedir. Que no se puede tener miedo de ocupar un espacio. Que las cosas pueden salir mal, pero hay que hacerlas bien, lo mejor que se pueda. Reí tanto, bailé tanto. Bailé, bailé, bailé hasta que me temblaron las piernas, hasta dolerme los pies. La mejor época de mi vida, me parece.
Vuelvo un poco hacia atrás: el padrón me obligó a votar en un pueblo distinto. Eso condicionó aquel uno de octubre. Entonces apareció JMJ en mi vida o, bueno, apareció de otro modo. JMJ me condujo a Marta y, finalmente, mi sí a Marta me metió en un edificio magnífico en el que trabajé, aprendí, me di de bruces con la política institucional y me peleé con todo lo que pude pelearme. Me detengo ahí un momento: en una reunión, una mañana, apareció Pau. Qué tío más gracioso, pensé. Entonces no sabía nada de lo que vendría, pero un tiempo después recogí todas mis cosas y salí de aquel edificio para volver a mi vida: la literatura, los libros, la escritura. Lo cuento rápido: un libro me trajo a Lluís, a quien había conocido con Pau, y Lluís me hizo una propuesta, otra mañana. Mastiqué la propuesta y nos pusimos de acuerdo: estoy hablando, ya, sí, de cuando entré en el Ateneu. Lluís me dijo: ven, voy a presentarte a alguien. Subimos unas escaleras, llamó a una puerta, de detrás de la puerta salió una sonrisa y era la de Tam. Ya estamos frente a Tam. Pasaron las semanas y los meses y una tarde estuve más frente a Tam, ella y yo a solas, y Tam pronunció por primera vez la pregunta que más veces me ha hecho en los últimos meses: es el motivo de que esté escribiendo este texto. Tam, otra tarde, me dijo: pero tú qué quieres. Siempre que le contesto, tiene que volver a preguntarme, porque a veces no atiendo bien a su pregunta y reformula. Pero tú qué quieres. Pero tú qué necesitas. Pero tú qué sientes. Cuando respondo protegiéndome, buscando un refugio; cuando respondo con la cabeza y no con el corazón, cuando le doy explicaciones pero no contesto a su pregunta; cuando le digo a Tam de qué tengo miedo o de qué quiero huir; cuando no contesto la pregunta, ella vuelve a hacérmela. Pero yo qué quiero, qué necesito, qué siento. Cuando por fin respondo, me sonríe como cuando salió de detrás de la puerta de su despacho: ya hemos dado con la respuesta. Ahora, podemos elegir si voy a protegerme, si voy a buscar un refugio, si voy a actuar con la cabeza y no con el corazón, si voy a seguir dando explicaciones, si voy a responder al miedo, si voy a huir: puedo hacer cualquier cosa, pero la voy a hacer sabiendo qué es lo que quiero, lo que necesito, lo que siento. Y a veces pienso que lo que quiero, que lo que querría es, sencillamente, no haber tardado tanto en llegar a la puerta de su despacho.
