De cuando no te vi

En català, al Catorze.cat

En mi familia nadie ha pisado la universidad. Fui la primera en pisar una facultad. Digo bien: pisar. Eso es lo que creo que hice aquel año y medio, pisar la universidad. Estar matriculada en Filología Hispánica, pisar la universidad, sumarme a cuatro concentraciones contra el Plan Bolonia y pasar infinitas horas en la cafetería de la calle Tallers, en el Raval. Entonces no conocía a mi psicóloga, pero estoy convencida de que ya podría decirme lo que más veces me ha dicho desde que me conoce: vas muy rápido. Cuando pisé la universidad durante un año y medio iba muy rápido. Venía de ir muy rápido, iba rápido y pasaría algunos años más yendo rápido. Quizá aún voy un pelín por encima de la velocidad permitida por calzada urbana, pero creo que he bajado alguna marcha. Pisé la universidad y fue un visto y no visto, porque lo que yo quería de verdad no creo que fuera pasarme cuatro años estudiando textos, analizando oraciones y leyendo. Lo que yo quería era ser autónoma. Estudiar textos me gustaba, analizar oraciones me gustaba, leer me gustaba: nada me gustaba más que crecer, que correr, que independizarme. Así que en cuanto tuve lo que creía que quería, dejé las clases. Un amigo de entonces comentó que yo era, del grupo, la que tenía más talento, pero que al mismo tiempo sería la que más lo desperdiciaría. Estoy segura de que se refería a lo mismo que mi psicóloga: que mi prisa me alejaría de todo aquello que iba a ofrecerme la universidad. Algo de razón tenía, supongo. Así que me marché. Tuve el primer novio escritor con el que las cosas no funcionaron, empecé a trabajar en una empresa llamando a teléfono frío para vender servicios y di paso a lo que empezaría a ser mi vida de adulta por segunda vez. La primera vez no fue nada bien.

Por razones que no vienen al caso, llevo semanas pensando en aquella persona que pisó la universidad, que tenía prisa, que no me permitió vivir cosas despacio, que no me permitió conocer personas que me gustaría haber conocido. Mi versión más necesitada de ser protegida, vista, cuidada. Mi versión más herida, profundamente herida, una herida abierta hasta hoy. He pensado, últimamente, en todas las cosas que no vi. Hay tres a las que les he dado más vueltas: una escritora, un amor y una amiga. En los tres casos, hubo segunda parte. Como lo de Carmen Martín Gaite ya lo he contado y el amor que me perdí aún me duele, voy a hablar de la amiga a la que no pude tener entonces. Se llama Sonia. La he visto recientemente, por eso sé que podríamos haber sido amigas, aunque en realidad es una trampa. Ni a la escritora, ni al amor ni a la amiga pude verlos a tiempo: tenía prisa. Como mucho, podría haber pisado sus vidas, pero no quedarme. La Gaite me llegó demasiado pronto. El amor, primero demasiado tarde y luego demasiado pronto, o al revés, todavía no lo he averiguado: quizá no importe. Sonia, claramente, llegó demasiado pronto: pero aquí está de nuevo, en mi vida.

Nos reencontramos a propósito de nuestros textos. Nos hemos leído y hemos comentado. Estuvimos charlando sobre los años de universidad, sobre los amigos en común, sobre lo que ella creía que yo era, sobre lo que yo creía que era ella, sobre lo que nosotras creíamos que éramos por aquel entonces. Me di cuenta de que Sonia y yo podríamos haber sido muy buenas amigas, pero es sólo una fantasía: las que pueden ser amigas son las de ahora. Miro con nostalgia aquella época porque creo que ahora podríamos acumular un puñado de años de amistad, un montón de anécdotas y vivencias compartidas. No tenemos nada de eso porque nos perdimos la pista. Yo dejé de pisar la universidad y ella no sólo la pisó. El tiempo, aun así, me la ha devuelto a la vida. Como al amor. Como a la escritora. Quizá Sonia sea lo único de aquella época que pueda recuperar bien. De momento lo que sabemos es que, al mirar atrás, nos parece que podríamos haber hecho más por ser amigas pero que no tuvimos las condiciones necesarias para poder vernos. No nos vimos. Yo, particularmente, no la vi. La recuerdo sin problemas, de modo que algo hubo, pero no la vi del todo. No pude fijar mi mirada en ella hasta convertirla en mi amiga. Cuando leo lo que escribe de la época de la universidad, pienso: ojalá haber sido amigas. Si no la conociera y leyera esos textos, seguramente pensaría: si Sonia hubiera estado en mi facultad, nos habríamos hecho amigas. Pero no es cierto, porque estuvimos juntas y no nos hicimos amigas: a veces la mente hace eso, se busca excusas para creer que todo pudo ser mejor de lo que fue, cuando la realidad es que siempre es lo que estamos dispuestos a que sea.

Después de un buen rato charlando, una mañana, Sonia y yo descubrimos algo inesperado. El chico al que se suponía que nadie miraba nos gustaba a las dos. Supongo que tampoco nos gustaba lo bastante, porque también pisamos aquella atracción, aquel interés, y pasamos de largo. Nos gustó el mismo chico, lo descubrimos el otro día. Nos gustó, concretamente, lo mismo: que nos hacía reír. Nos hacía reír mucho. Sonia y yo pudimos ser incluso enemigas, esa enemistad absurda que hay alrededor de los hombres. Tampoco fuimos enemigas, por suerte. Descubrimos algunas cosas más, secretos bien guardados, porque el tiempo se lo lleva todo: pactos de silencio incluidos. A ambas nos da pena esa sensación de haber dejado escapar una amiga de joventud, esa ilusión. No hay nada que podamos hacer ya al respecto. De modo que sólo queda comprometerse con el ahora, que es lo único que tenemos. No nos vimos, es cierto: pero ya nos hemos visto. Eso es lo único que puedo ofrecer y ofrezco. Una vez fijada la mirada en ti —la escritora, el amor, la amiga—, no apartar la vista. Me comprometo a eso. Al menos a eso.

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