Un fantasma, madre

En català, al Catorze.cat

Hace un tiempo, madre, entraste en mi casa. Después de unos años de matrimonio, por fin vivía sola. Entraste en mi casa, la viste. Creo que te dio pena comprobar con tus propios ojos —y todo tu cuerpo en tensión, una mueca en la cara— que vivía en un barrio que te parecía peligroso. Andabas con el bolso pegado al cuerpo, madre. Aunque nadie me haría nunca nada malo en aquel barrio. Las cosas malas nunca me han pasado en los barrios malos, madre: eso lo sabes. A ti tampoco. Casi todas las cosas malas que me han pasado —al menos, las más malas— siempre han sido dentro de casa. En el lugar donde no deberían pasarte las cosas malas —al menos, no las más malas—, pero así sucede la mayoría de las veces. Entraste en mi casa, madre, y echaste un vistazo. Supe después que te habías dado cuenta de que había dos toallas colgadas en el toallero. Y que así fue como supiste que tenía un amante. Me acordé al descolgar del toallero una toalla, el otro día. Pensé: esta toalla no vas a verla, madre. No pretendía ocultártela a ti, sino a mí. 

Vivo tan cerca de aquella casa de las dos toallas que me voy cruzando con el barrio que te da miedo prácticamente a diario. Me sumerjo en sus calles y las reconozco. Como cuando ves, de lejos, la silueta de quien fue tu amante, y sabrías reconocer su movimiento entre mil personas que se movieran. Sabes que ese gesto, ese perfil, fueron un día tu paisaje. Ese barrio es, también y por dos veces distintas, paisaje y vida mía. Reconozco las calles, sé cuál es el camino más rápido y también cuál es el camino más bonito. Ahora vuelvo a vivir sola, madre, pero aún no reconozco todas las calles de mi barrio nuevo. No siempre sé cuál es el mejor itinerario. A veces cojo las peores calles: con demasiada gente, demasiado solitarias, demasiado oscuras, demasiado sucias. A veces me equivoco, madre. No siempre puedes verlo. No siempre hay evidencia: no siempre puedes entrar en mi casa, mirar el toallero y saber. Esta vez, no he dejado huella, madre. No lo he hecho por ti. 

No lo viste, pero abrí las ventanas del salón. Es un salón despejado, amplio. Las ventanas no: son unas ventanas pequeñas, de la parte baja de la buhardilla. Por estas ventanas me llega el sol a través de la pared blanca de delante, la fachada del edificio que puedo ver desde el sofá. Las abrí para que entrara el aire, para que arremolinara toda huella y se la llevara, como hojarasca arrinconada en un callejón. Lo hice para que no puedas olisquearme, porque eso es lo que hacen las madres. Abrí también la ventana de la habitación: cambié las sábanas, cambié de lado los almohadones. Me di cuenta de que mi lado era el izquierdo. Es que eso, madre, yo no lo sabía. No sabía que mi cama podía ofrecerme únicamente uno de los lados: pensé que esta vez era una cama ancha, mía, toda mía, madre, pero por lo visto yo tenía asignado un lado. Guardé los tenedores, dispuse las tazas de nuevo. Los vasos, en su sitio. La cafetera, en su sitio. Como una abuelita, metí en una botella el café que había sobrado. Esos restos, madre, tampoco vas a verlos. No vas a ver nada, te lo prometo. No hay ninguna señal. No echarás de menos nada, ni de más. Te va a parecer una buena casa: comprobarás que las sillas son exactamente como las recuerdas. No sabrás: no sabrás quién se sentó en ellas. También, por lo visto, tengo una silla. A mí me toca la que está pegada a la librería. Ésa es mi silla, madre: tú no lo sabías. Es que yo tampoco. Sobre las mesas, los libros han desaparecido. No están. Te los he escondido también.

He observado durante largo rato esta casa, el silencio de esta casa, en las últimas horas. He buscado señales. Dónde estará escondido el fantasma que me susurra. Dónde se habrá escondido, que sigue hablando aunque no pueda verlo. Madre, no me atrevo a comprobar: quizá debajo de la cama. Ve tú, madre. No quiero saber desde dónde me habla, aunque sé perfectamente qué me está diciendo. He tenido que salir a la calle. He tenido que huir de mi propia casa, en busca del mar, callejeando por mi barrio nuevo, probablemente tomando el trayecto peor. El mar es aún neutral. És, todavía, fértil y reparador. Alrededor de mi casa no todos los lugares son, a estas alturas, fértiles y reparadores. He caminado estas y aquellas calles, madre. He utilizado las escaleras o el ascensor. No hay cómo borrar todas las señales, que se expanden más allá de la puerta. En fin, la puerta: también la puerta. He llegado hasta el mar, como te decía, madre. Hasta aquí he llegado caminando, huyendo del fantasma. Por qué no se callará, por qué no me callaré también yo. Y me pregunto, madre, a quién le estoy hablando, si ni siquiera yo le contaría todo esto a mi madre. A quién pretendo engañar. Ojalá pudiera, un poco, durante una noche al menos, engañarme a mí.

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